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Crónicas

Alice Cooper + Black Stone Cherry: Show en mayúsculas

«Que me sigan poniendo castillos, bebés gigantes y decapitaciones frente a mis ojos, que a esto no hace falta que me acostumbre»

8 septiembre 2019

Sant Jordi Club, Barcelona

Texto y fotos: Víctor Vallespir

Muchos encaramos el mes de septiembre con alguna que otra lágrima deslizándose lentamente por nuestras mejillas, con la sal y el agua transformados en un simple recuerdo y con la vista puesta a unos días de aquí, ya lejanos pero tristemente presentes. Sin embargo, quien no se consuela es porque no quiere, el noveno mes del año sirve para reencontrarse con todos aquellos que suelen frecuentar las salas de un país que se prepara para unas semanas de auténtico infarto. ¿Habéis echado un ojo al calendario? No tendremos tiempo para todo.

Y, mira por dónde, la primera cita de la particular temporada que justo empezaba la tendríamos con un señor de 71 años que nos da un repaso a todos y cada uno de nosotros en cuanto a rock n’roll y actitud se refiere. ¿Alguien tiene un mejor plan para una lluviosa tarde de domingo?

Algún día tendrá que haber sucesores (de hecho, creo que ya los hay, pero ni siquiera nos hemos dado cuenta), y Black Stone Cherry tienen números para colarse entre esos pocos elegidos que consiguen hacer olvidar a todo un rastro de artistas que, a falta de cura para la mortalidad, van a ir dejando tras de sí un legado que, faltaría más, seguiremos disfrutando pasen los años que pasen. Estos americanos practican un southern rock de lo más pegadizo y bailable, una combinación de sonidos que tiene como complemento perfecto una actitud soberbia encima del escenario.

Black Stone Cherry

Clase y rabia, energía y sobriedad. Las notas de canciones como la fantástica “Blame It On The Boom Boom” o “Me And Mary Jane” arrancaron a un público que poco a poco, y pasada la lluvia que azotó la ciudad a lo largo de la tarde, iba llenando un Sant Jordi Club que presentaría un aspecto fabuloso durante la velada.

El guitarrista, Ben Wells, es todo un espectáculo encima del escenario, corriendo de un lado para otro y animando al público a seguir el ritmo de unas canciones que clavaron encima del escenario. El batería, John Fred Young, por su parte, tiene que tener un arsenal de baquetas en el bus de gira, y es que de la fuerza con la que golpeaba su caja la mitad iban volando a los camerinos y la otra acababa en las manos de algún suertudo de entre el público. “Like I Roll” y la fantástica “Family Tree” finalizaron un concierto de 40 minutos que nos dejó un muy buen sabor de boca. Valor seguro en directo… y eso que en estas condiciones no suele ser fácil.

Un telón negro se posaría frente a nuestros ojos, había cosas extrañas que se estaban preparando a nuestras espaldas. Gente con las caras pintadas, algunos disfrazados y, en definitiva, todos listos para uno de los espectáculos del año. El griterío cuando sonaron las notas de “Nightmare Castle” desde la PA de la sala fue ensordecedor, pero ese “Feed My Frankenstein”, que sirvió para que el dichoso telón se descolgara y pudiéramos, por fin, disfrutar de la banda de Alice Cooper, sonó a verdadera gloria.

El propio Alice no tardó en acercarse a las primeras filas y brindarnos sus más típicas posturas mientras, entre verso y verso, iba leyendo las letras que tenía en unas pantallas estratégicamente colocadas en el borde del escenario. No bajó el listón, pues ya teníamos la archiconocida “No More Mr. Nice Guy” acariciando nuestros tímpanos con el personal absolutamente enloquecido. “Bed Of Nails” y “Raped And Freezi’n” fueron las siguientes en caer en un inicio verdaderamente demoledor, que sirvió para comprobar la energía de una banda de apoyo que se configura por verdaderos musicazos. La guitarrista Nita Strauss, como no podía ser de otra forma, se llevó la mayor parte de las miradas, pero los también guitarristas Ryan Roxie y Tommy Henriksen no fueron menos, y se colocaban siempre que podían en primera fila para recibir los aplausos de sus seguidores. El movimiento en escena fue una constante durante la actuación de Alice Cooper y los suyos. El escenario, configurado como un castillo, tenía una gran rampa superior por donde los músicos irían desfilando y consiguiendo (o dejando) el protagonismo dependiendo de la sección de cada tema.

“Fallen In Love” y “Muscle Of Love” fueron un pequeño parón en un concierto que despegaría de forma definitiva con un trío de ases que no podía fallar de ninguna manera. “I’m Eighteen”, con Alice empuñando su mítico bastón, “Bilion Dollar Babies” con lluvia de billetes incluida y la sempiterna “Posion” (con un Alice que sufrió un poquito para cantarla) lo pusieron todo a altas revoluciones y terminaron con una primera parte de concierto que llevó el rock n’roll y la intensidad por bandera.

Encarábamos la segunda parte con un escueto solo de Nita Strauss, que empezó en lo alto del castillo y acabó desprendiéndose de una enigmática capucha para cuando el resto de la banda encaraba las notas de “Roses On White Lace”, donde la mujer de Alice Cooper salió vestida de novia, dando rienda a la que sería la parte más teatral del show. “My Stars” fue la última en sonar antes de una sección instrumental que sirvió, seguramente, para que el bueno de Alice tuviera un merecido descanso después de casi una hora de concierto. En otro tipo de espectáculo eso no tendría perdón, pero hablamos de un señor que podría estar perfectamente retirado jugando a las cartas con sus allegados. Es algo perfectamente comprensible. Así pues, la banda nos brindó una entretenida jam que se conformó por piezas de “Devil’s Food” y “Black Widow”, con un solo de batería incluido por parte de Glen Sobel.

La vuelta de Alice al escenario fue de las que marcan época, con una dramática “Steven” que serviría para que secuestrara un bebé para su (¿justo?) sacrificio. Cuando iba a ejecutarlo, una enfermera lo rescató y Alice acabó en la ya clásica guillotina. Nunca nos cansaran estos numeritos. La celebración por la salvación del recién nacido vendría de la mano de “Dead Babies”, donde un bebé gigante hinchable se pondría a bailar encima del escenario. Después llegaría “I Love The Dead” mostrando la cabeza decapitada de un Alice Cooper que resucitó de entre los muertos y nos acabó por brindar unas “Escape” y “Teenage Frankenstein” que darían por finalizado el set principal del concierto.

La banda se retiraría brevemente del escenario entre aplausos y unos oé-oés que reclamaban la presencia, una vez más, de una formación en verdadero estado de gracia. No tardaron mucho, no nos habíamos dado cuenta y ya teníamos a la rockera “Under My Wheels” poniendo a cantar al respetable allí congregado. Como no podía ser de otra forma, las notas de “School’s Out” sirvieron para poner el broche de oro a una actuación que tuvo de todo, incluso confeti y globos que bailaron entre el público y un pequeño homenaje a Pink Floyd de la mano de “Another Brick In The Wall” (bastante bien incorporada a la última canción del setlist, todo hay que decirlo). Alice presentó uno a uno a los miembros de la banda que le acompañan, dejando por último a una Nita Strauss que se llevó una de las ovaciones más ruidosas de la

noche. Vuelta al mítico riff y despliegue final de medios con más confeti por encima de nuestras cabezas.

La banda se marchaba del escenario y la sensación final era de auténtica felicidad, la demostración que la edad es solo un número y que a los clásicos, pase lo que pase, hay que quererles. De acuerdo, la hora y veinte minutos de concierto quizás supieron a poco, pero… ¿de veras no lo disfrutamos como si fuéramos unos críos? Por mi parte, que me sigan poniendo castillos, bebés gigantes y decapitaciones frente a mis ojos, que a esto no hace falta que me acostumbre.

Aquí te dejamos también la crónica de la cita madrileña.

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Esta entrada fue escrita por Víctor Vallespir

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