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Soundgarden: 30 años de “Down on the Upside”; la excelencia de la imperfección

Aunque sea injusto comparar ‘Down on the Upside’ con el resto de la discografía de Soundgarden, es totalmente necesario para desgranar lo que significó este trabajo en su trayectoria. Y aunque, desde mi punto de vista, no sea el mejor disco de los de Seattle, sí es uno de los más interesantes. Cambiar su forma de pensar en lo musical puede hacer que los fans más puristas se mosqueen o que, tal y como sucedió, ellos mismos se acaben tirando los trastos a la cabeza.

Guerra interna por los riffs

Hubo una época en la que, si pensaba en Soundgarden, lo primero que se me venía a la cabeza eran esos riffs aplastantes que ponían el envoltorio perfecto a una de las voces que más me ha obsesionado. Chris Cornell siempre me ha parecido uno de los mejores cantantes que he escuchado en mi vida, y precisamente en este álbum se cubre de gloria, ya que su protagonismo está por encima del resto.

La banda no pasaba por su mejor momento. Los tira y afloja eran constantes, especialmente entre Chris y Kim Thayil: el primero quería desvincularse de la pesadez metalera y enfocar su visión en una evolución más acústica, algo que se vio posteriormente en su carrera en solitario; mientras que Kim prefería mantener la senda marcada en ‘Superunknown’ y ‘Bad Motorfinger’.

Eso lo aprovecharon el resto de miembros, que fueron mucho más participativos en cuanto a la composición. De hecho, Thayil tan solo acabó firmando una de las canciones del disco, “Never the Machine Forever”. El resto fueron escritas de forma individual por Cornell, Ben Shepherd o Matt Cameron.

Esta fricción hace, irónicamente, que el álbum sea muy dinámico. En él quisieron incluir también instrumentos poco comunes que hacían que el molde del grunge se fracturara: mandolina y mandoloncello en “Ty Cobb”, clavinet en “Rhinosaur” o sintetizador moog en “Applebite”.

Psicodelia y folk oscuro

La ruptura con su pasado significó dar una vuelta de tuerca a la composición. La psicodelia y el folk oscuro fueron los estilos que más inundaron el trabajo, pero más de la mitad del disco mantiene el sonido indiscutible de la banda. En su día, Cornell admitió que los Beatles fueron una de las influencias más importantes en el disco, algo que se puede apreciar en temas como “Blow Up the Outside World”. Pero eso no impidió que exploraran con compases asimétricos (7/4 o 5/4) y afinaciones inusuales más típicas del folk experimental que del sonido Seattle.

Fueron dieciséis canciones en las que no buscaron la perfección milimétrica de ‘Superunknown’, sino tener un sonido menos procesado y más imperfecto; de ahí que prescindieran de Michael Beinhorn a la producción y decidieran ser ellos los que tuvieran el control absoluto sobre las diferentes capas de sonido.

Un estudio familiar

Siempre se ha hablado de la rivalidad entre las diferentes bandas de Seattle, pero también han corrido ríos de tinta sobre la hermandad entre muchas de ellas, especialmente entre Soundgarden y Pearl Jam, una unión que viene de lejos con esa fusión que tuvieron con Temple of the Dog, colaboraciones constantes entre Chris y Eddie Vedder, pero también entre el resto de componentes de ambas formaciones. De ahí que se decantaran por ir a grabar al Studio Litho, propiedad de Stone Gossard, guitarrista de Pearl Jam, para encontrar un ambiente más familiar y local.

Así querían sacudirse la enorme presión de componer un disco tan escrupuloso como su antecesor. Soundgarden ha sido, probablemente, una de las bandas que más ha demostrado avanzar hacia la excelencia, desde sus inicios más sucios y ruidosos con ‘Ultramega OK’, hasta este redondo que nos ocupa y que significó un punto y aparte de la banda, que se separaría de forma no definitiva. No se puede obviar el último trabajo, ‘King Animal’ (2012), que, a pesar de ser notable y maduro, no guarda la urgencia de aquellos noventa y tira de oficio, pero no lleva el sello marca de la casa que les acompañaba en sus cuatro primeros redondos.

Testamento final y desastre en Honolulu

Soundgrden en Lolapalooza 1996. Foto: Mariano Muniesa

‘Down on the Upside’ parece guardar un aura de testamento final de su época dorada. Menos de un año después de su publicación, la banda separaría sus caminos hasta su regreso en 2010. Las tensiones internas eran constantes, y los conciertos se convertían en un pequeño infierno que tuvo su colofón en Honolulu. El 9 de febrero de 1977 se convirtió en la despedida pública: el colapso absoluto de una banda extenuada que apenas se hablaba fuera del escenario.

El bolo comenzó con una atmósfera enrarecida, pero todo se precipitó en el último tramo, en el que la amplificación del bajista, Ben Shepherd, comenzó a fallar, algo que le hizo perder la paciencia por completo y, en mitad de “Blow Up the Outside World”, se quitó el bajo lanzándolo por los aires hacia la zona de los técnicos, abandonando el escenario con gestos no demasiado amables hacia el público y el resto de la banda.

Thayil, molesto con la actitud de su compañero, decidió quitarse también la guitarra y marcharse ante la incredulidad de Cameron, que seguía sentado tras su batería.

Cornell tiró de veteranía y, viendo que quedaba parte del bolo por cubrir, se colgó una acústica y tocó un par de temas antes de despedirse de la audiencia de una manera que, vista en perspectiva, sonaba a un adiós definitivo de Soundgarden.

 

Ya en el camerino, la discusión fue subiendo de tono de tal manera que a punto estuvo de llegar a las manos. Al día siguiente, cogieron el vuelo de vuelta a Seattle, y dos meses después anunciaban oficialmente su separación.

‘Down on the Upside’ sufrió, injustamente, comparaciones constantes con el gigante que le precedió. No obstante, el tiempo ha colocado a este álbum en su lugar. No es su mejor disco, pero sí uno de los que mejor explica por qué Soundgarden fue mucho más que “otra banda de Seattle”.

Escucha ‘Down on the Upside’ en Spotify:

Rodrigo Garcinuño

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