¡Qué noche! Sigo vibrando por lo vivido en La Riviera de Madrid, un espacio al que cada día tengo más cariño. Recuerdo la dificultad que existía hace unos años para sacarle un buen sonido a la sala; nunca acababa del todo satisfecho. Sin embargo, en el concierto de Clutch ese mismo espacio mantuvo intacta la perfección sonora para elevar a los dos titanes que gobernaron la velada con dos rituales alejados entre sí, pero, en cierto modo, conectados por el stoner.
Bokassa
Todo estaba preparado para que Bokassa, autodenominados “los reyes del stonerpunk”, desplegaran su loco repertorio, pero las meigas actuaron. No llevaban ni tres acordes de “Freelude” cuando se cortó el sonido, que no tardó en recuperarse. Eso sí, un minuto después volvió a dejar con dos palmos de narices a los noruegos, que vieron cómo sus decibelios desaparecían de nuevo.

Pero la actitud lo es todo, y aprovecharon la situación para que Olav Dowkes mostrara sus armas a la batería desmicrofonada, a la que se unió Jørn Kaarstad para aporrear el cencerro, mientras Lars Erik Andreassen bailaba y animaba al público a dar palmas y ovacionar aquel momento tan surrealista. “Parece que vamos a tener menos tiempo para nuestro show”, señalaba simpático Jørn cuando todo volvió a una normalidad que ya no volvió a quebrarse.
Su repertorio fue una auténtica bomba de relojería, distribuida en bloques de tres o cuatro canciones que no dejaban tiempo para el descanso, salvo el momento que dedicaron a su nuevo sencillo, algo más calmado y melódico de lo habitual: “Doesn’t Matter If You Love Here”. No es de extrañar que en su día el propio Lars Ulrich se los llevara de gira con Metallica alegando que eran su nueva banda favorita.
Clutch

Llegó el momento de Clutch. Parece mentira que estos cuatro tipos, vestidos como padres de familia (a excepción del batería, Jean-Paul Gaster), puedan desarrollar semejante locura y ser capaces de realizar una mezcla nada común de hard rock, stoner, rock y blues. Tienen tanto material bueno que sus repertorios pueden ir por cualquier camino.
Quisieron comenzar poniendo en liza su undécimo trabajo, ‘Psychic Warfare’ (2015), con un mordisco directo a la yugular: “X-Ray Visions” y “Firebirds”. Ya se veía que íbamos a sudar, tanto como Neil Fallon, un predicador que no dirigió más de dos palabras al público.
Pero él no es de mucho hablar, igual que sus primeras espadas, Tim Sult y Dan Maines, que permanecieron inmóviles con la mirada fija sobre los trastes de sus instrumentos, guitarra y bajo respectivamente, como escondiéndose de la multitud para afinar el tiro. Resulta increíble el contraste entre esa actitud y la avalancha de riffs letales que sale de sus dedos.

Se “relajaron” con “Slaughter Beach”, uno de los grandes temas de su último disco, ‘Sunrise on Slaughter Beach’, sostenido por un groove contundente y una voz que se materializa a través de los gestos de un predicador titiritero, manejando a su antojo al público con movimientos sutiles y precisos de las manos. “The Mob Goes Wild” recuperó el punch y “D.C. Sound Attack!”, con ese riff blusero tan característico, remató la jugada.
¡Qué bandaza! Qué voz tan precisa gasta Neil, que en este tema se acompañó de la armónica y el cencerro, pero que también nos dejó momentos icónicos, como el de “The Regulator”, a la guitarra, aportando el toque country que le faltaba a la noche.
La oportunidad estaba ahí para servirla en bandeja con un tema que aún no han publicado, salvo en vídeos pirata que circulan como la pólvora por las redes: “Colorado Fuel and Iron”. Pero, de repente, nos vimos todos cantándolo como si lo conociéramos de toda la vida. Volvían a sus raíces con la pesada “Big News I”, de su segundo disco homónimo, un tema que tiene algo que atrapa, posiblemente ese bajo chamánico sostenido por un mantra repetitivo que enlaza con “Tim Sult vs. The Greys”, último corte de aquel magnífico trabajo.
Los inicios de su carrera quedaron representados por un engendro demoníaco titulado “A Shogun Named Marcus”. No sabes por dónde cogerla, pero te hace sobrevivir al caos que desembocaría en el bloque imprescindible de la descarga con “Earth Rocker”: “If you're gonna do it, do it live on stage, or don't do it at all” (“Si lo vas a hacer, hazlo en directo sobre el escenario o no lo hagas”), dice la canción en la que nosotros fuimos ese coro que le faltaba sobre las tablas.
“(Notes from the Trial of) La Curandera” y “Spacegrass” cerraban, haciéndonos flotar en el ambiente, el tramo principal del bolo. No se movió un alma esperando a que volvieran para poguear con “Electric Worry”, con esa intro a lo Hendrix que surgía de las profundidades y se internaba en nuestras gargantas para gritar junto a él: “Bang, bang, bang, bang, vámonos, vámonos”.

Y por si no hubiéramos cantado suficiente con Fallon, dejaron que el final del show fuera para todos con su visión personal de “Fortunate Son”, de Creedence Clearwater Revival, ejecutada, eso sí, con el ADN inconfundible de los de Maryland.
No sé cuál es el secreto de Clutch, pero saber sonar sucios sin llegar a meterse en el barro, ser precisos sin resultar fríos y enormes sin necesidad de mostrarse ampulosos son misterios que prefiero no conocer para que sigan sorprendiéndome una y otra vez, en estudio o en directo.
Si estás leyendo este artículo y tocan hoy en Bilbao, seguro que ya tienes a mano la tarjeta de crédito para darte un capricho que no olvidarás fácilmente.
El veneno del rock me da la vida. Defensor de las bandas que se dejan la piel en la carretera, amante de los vinilos y las Stratocaster. Si escuchas una descarga de decibelios, lo más probable es que yo ande a escasos centímetros de los amplis, si no estás, deja que te lo cuente.

