Mitad de semana en Madrid. Qué buen día para rescatar a aquel joven al que le daba igual salir un miércoles y pasarlo en un bar de Salamanca, Granada, Barcelona o cualquier ciudad universitaria, cuando todavía corrían las pesetas. Lo más probable es que, vista la media de los que estábamos en el Movistar Arena de Madrid, seas de los que ha vivido esa época de “yo hasta que no me echen, no me voy a casa”, mientras en alguno de aquellos garitos sonaba a todo trapo “Killin’ in the Name”, “Alive”, “Bullet With Butterfly Wings” o “Break Stuff”. Todos coreábamos aquellos estribillos que no han dejado de formar parte desde entonces de nuestro imaginario musical. Eso sí, este señor que escribe no está ya para bajarse a hacer pogos, pero los disfrutó como el que más desde la grada con las tres actuaciones que fueron creciendo de forma exponencial.
A las siete ponían el foco a arder DeathbyRomy, banda californiana con dos trabajos de estudio que, sin ser cien por cien el estilo de lo que faltaba por llegar, consiguió calentar el ambiente a base de actitud y temas que recuerdan a aquellos tiempos en los que Marilyn Manson se metía en el traje de metal industrial.

Los que, de verdad, comenzaron a romper cajas torácicas con el bajo y el bombo fueron los sempiternos P.O.D.. De hecho, su acercamiento a la capital comenzaba con “Boom”, una de las claves de su carrera, que no pasó desapercibida ante un público que no solo comenzaba a llenar la pista, comenzaba a entender que estaban allí para hacer los primeros circle pits, le gustase o no a los que andaban por allí.

Sandoval se había puesto el 10 a la espalda (no es metafórico) y, a base de regates, movió a la defensa local como el delantero que siempre ha demostrado ser, apoyado por una línea de centrocampistas que sabían cuándo darle el balón para rematar. Eso sí, el partido fue de menos a más, al menos en lo que al sonido se refiere. Las primeras bolas de graves acabaron por convertirse en una potencia indestructible, un muro que pasaba por temas de su último trabajo, ‘Veritas’ (2024) como “Drop”, “I Got That” o “I Won’t Bow Down”, o te colaban una de los Beatles (“Don’t Let Me Down”) para demostrar que el lirismo melódico también entra dentro de su repertorio.
Pero su mayor apoyo fue el majestuoso ‘Satellite” (2002), del que extrajeron aquella que da nombre al trabajo, la canción de apertura o temas como “Youth of the Nation” o el impresionante final de show: “Alive”, que venía precedida de su alter ego hecho canción: “Afraid to Die”.

Aunque poco habladores, sí tuvieron su momento de gloria en las pausas de hidratación para cantar junto al respetable eso de “oe oe oe oe pod pod”, que les trajo recuerdos de la última vez que pasaron por Madrid, hace ya más de dos décadas. Una hora que se pasó volando y que repetiría con los ojos cerrados.
Limp Bizkit
Limp Bizkit estaba programado para las 21.15. Te puedes imaginar la cara de sorpresa de todos cuando, a las 20.55, aparece la cuenta atrás en la pantalla principal: diez minutos para el show. Pero ya sabemos de la socarronería de los de Jacksonville, y cuando el cronómetro paró en 00:00:00 apareció un tipo tumbado con todo al aire. Primer punto para los de Fred Durst sin ni siquiera saltar al campo. La nueva cuenta atrás sí concluyó a la hora fijada, y allí saltaron los cinco personajes de la noche a recibir el baño de masas.

Respondieron con el primer cañón recuperando un tema que habían tenido guardado en el cajón durante más de una década: “Stuck”, en la que no se mostraron como aquellos cachorros de Florida que recordamos, para eso estaban los que posaban en las primeras filas, cincuentones de pantalón ancho y gorra roja hacia atrás que acabaron sin camiseta recibiendo una cantidad ingente de litros de cerveza que volaban por los aires en cada canción.

La pose de dejadez de Durst contrastaba con la que ofrecía Wes Borland, esta vez vestido de un negro impoluto, un guerrero espartano con barba de lentejuelas gigantes doradas. Pesadilla expresionista que ponía el contrapunto a la sombra flotante de Sam Rivers, a quien, obviamente, dedicaron el concierto tras la interpretación desnuda de esa cover increíble de los Who, “Behind Blue Eyes”, que rozaba el final del concierto.
Pero no nos adelantemos. Hablábamos de la puesta en escena de unos músicos soldándose en cada acorde, con John Otto a la batería dominando desde atrás la escena y complementándose con Richie Buxton que tenía la difícil misión de hacernos olvidar el drama de Rivers, y lo consiguió con un flow tremendo. No quitéis el ojo a este tipo, que me parece de lo mejorcito que he visto en mucho tiempo.
¿Qué decir de DJ Lethal? Viviendo de scratches y pinchadas antológicas, entre las que se encontraba el “Aserejé” de las Ketchup o “True” de Spandau Ballet, por no hablar del taconeo flamenco que nos voló la cabeza a todos. Así trabaja él, creando necesidades.
Por no hablar de las intros pre-canción, con Wes salpicando en forma de liturgia temas de Ministry o Metallica antes de que el karaoke nos recordara que también en un concierto épico podemos acompañar cantando a todo pulmón las letras, nos las sepamos o no.
Suena el segundo tema, “Just Like This”- Qué momento podía ser mejor para que los pogos comenzasen a multiplicarse sobre la pista. En ese momento conté seis, pero la noche acabó con más de diez.

Había veces que podías ver el suelo del pabellón de lo gigantes que eran esos círculos que se convertirían en tipos reventándose a codazos, tanto que cuando llegó “Break Stuff” pensé que, si esto seguía así, debían estar las ambulancias temiendo no ser suficientes. Afortunadamente, el éxtasis de las masas no hizo sangre.
Calmaron el ambiente con “Faith”, ese corte de George Michael que cae en mitad de concierto para recordarnos que la música es música, si no te gusta, te jodes. De hecho, exhiben su eficacia pop, sin sacrificar pegada, con temas como “My Way” o “Re-Arranged”. Que no se diga…
Les encanta hacer ese test de comportamiento de las masas, por eso, entre medias te cuelan “Rolling (Air Raid Vehicle)” para volver a las raíces de los medios tiempos densos y bailables que hacen del nu metal ese experimento tan especial.
“Nookie”, “Boiler”, “Take a Look Around”… no faltó nada, ni siquiera ese momento de comunión con dos avispados fans que cantaron junto a Durst “Full Nelson” y que tuvieron su punto, por qué no decirlo.
Pero si de colaboraciones se trata, dejaron para el final lo que siempre se ha llamado bis, no ese esperpento preparado de dejar el escenario y volver cuando te piden otra, sino de tocar una de las canciones que ya han sonado y elevarla a otro nivel. Para eso invitaron a DeathbyRomy a cantar de nuevo “Break Stuff”. Qué mejor manera que encender las luces para que también nosotros pudiéramos interpretar al unísono un tema que, a quien más a quien menos, le ha marcado un poco.
Hay algo perversamente atractivo en ser testigo de cómo el nu metal, un género que los más puristas del rock han querido siempre enterrar bajo toneladas de desprecio, se ha convertido en ese lenguaje intergeneracional que ahora es capaz de llenar un recinto como el Movistar Arena, posiblemente, por sonar más modernos, por hacer de ese estigma su propia estación de repostaje o por saber adaptar su lenguaje a los tiempos que corren.
Un brindis por Limp Bizkit. Fueron muchísimo más de lo que me esperaba.
El veneno del rock me da la vida. Defensor de las bandas que se dejan la piel en la carretera, amante de los vinilos y las Stratocaster. Si escuchas una descarga de decibelios, lo más probable es que yo ande a escasos centímetros de los amplis, si no estás, deja que te lo cuente.

