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Crónica de Van Morrison en Noches del Botánico (Madrid): El rugido del león de Belfast

El león de Belfast rugió en Madrid. Ese podría ser el titular, pero lo vivido en la jornada del martes 30 de junio de 2026, la primera de las dos fechas anunciadas que tiene el musico irlandés en el ciclo Noches del Botánico en Madrid, mostró a un felino que caza, que protege a la manada, que guía, vigila, que conduce al respetable por la sabana, que ruge como un titán y que exhibe melena, músculo y su corona como el inmortal rey de la selva y de la música que es.

El concierto estaba programado para las 20:30, pero ya sabemos que es un artista de esos diferentes, único, inimitable, ingobernable, con un aura, un talento y un magnetismo que no se adquiere, se lleva en el ADN. Una voz por los altavoces anunciaba: “Van Morrison”, y fiel a su sello indeleble, ingresaba lentamente por un lateral del escenario con traje azul eléctrico, chaqueta cerrada, pañuelo al cuello, sombrero de color claro y gafas de sol de espejo que reflejaban un auditorio llenándose bajo el sol abrasador de la ciudad.

“Deep Blue Sea”, de su reciente álbum ‘Somebody Tried to Sell Me a Bridge’, llega sin tiempo de concesiones y aterriza directamente en el centro neurálgico del alma de todos los presentes. El mencionado último trabajo discográfico del irlandés es una oda al blues más de autor y eso reivindicó en todo el concierto. Desde que instaló su cuerpo ante la multitud, sus raíces se fusionaron con las maderas del escenario, y desde allí exhibió toda su naturaleza sobrehumana de multiinstrumentista, de frontman eterno, de compositor sabio, de leyenda, de mito.

Se apoya en directo en una banda a la cual le da un protagonismo más que merecido en algunos pasajes, ya que es verdaderamente un dream team con batería, bajo, sección de vientos con clarinete, saxo y trompeta, guitarra, piano, órgano Hammond y dos coristas de apoyo en la voz. Aquí quiero hacer un punto y aparte. El estado de las cuerdas vocales de Morrison es increíble. No escatima, se entrega al completo y despliega toda su magia mediante su gola.

El océano de abanicos del recinto solo se detenía cuando el respetable aplaudía, bailaba y se dejaba poseer con el show, el cuál contó con un sonido impecable en todo momento. Se rubricaba nota a nota cómo la formula era perfecta: un cantante en plena forma junto a unos músicos estelares y el sol que no disminuía, se resistía a marcharse como si no quisiera que la luna disfrutara del concierto a pesar de ser la hermana mayor del blues. Es más, el calor que desprendían los cuerpos se iba fusionando con la intensidad del directo. La temperatura subía y subía, tanto arriba como abajo del stage. Era un oasis sonoro cada interpretación en el medio de la sabana madrileña, y el león, es más que el rey. Es el emperador.

Seguramente, fue uno de los espectáculos más bluseros en la trayectoria del cantante irlandés que haya presentado en nuestro país. Así lo evidenciaban las ejecuciones de “Snatch It Back and Hold It”, “Kidney Stew Blues” y “Madame Butterfly Blues”. A través de sus texturas, ejecuta saxofón, armónica y vuelve a lucir su voz al frente para lograr que las canciones sean suyas, las expande, les da nueva vida, las reinterpreta y las lleva a un terreno muy amplio integrado por los colores del rhythm and blues, el soul más libre, el jazz más visceral, el blues más diabólico y sanguinario y alguna dosis de rock and roll sobre el final del directo.

El concierto transita por canciones como “Down to Joy”, “Back to Writing Love Songs”, “The Only Love I Ever Need Is Yours” y “When the Rains Came” de su disco ‘Remembering Now’ de 2025. Fue homenajeando ilustres como el saxofonista Eddie “Cleanhead” Vinson, Junior Wells, el pianista Ray Charles, la cantante Marie Adams y el compositor Dave Lewis, entre otros.

El león proseguía rugiendo brillantemente mientras el calor no huía ni disminuía, y sus movimientos eran en un metro cuadrado, como si bailara un chotis al ritmo del blues y bajo el
sol que le daba de frente durante toda la actuación. Rodeado por los teclados, un atril con una luz tenue, sus instrumentos de vientos, alguna guitarra, parado sobre una alfombra, se limitaba a girar e intercambiar algunas palabras con sus compañeros de ruta. Como reconfirmando las canciones que llevarían a cabo.

Se pudo ver cómo durante el concierto le indicaba a uno de sus asistentes que iba a modificar algo del setlist previsto para la jornada. Se entiende que, al ser irlandés, proviene de una tierra donde el rugby es el deporte nacional, y ya sabemos cómo es la pelota ovalada: caprichosa, bella e imprevisible. A veces pica a favor y otras no. Pues en este caso, hizo que el público abrazara la victoria final junto a Van Morrison.

A la hora exacta del comienzo del concierto, se desprendió del pañuelo de su cuello. Presentaba a los artistas que lo acompañaban, y en sus gafas se reflejaban las estatuas del Jardín Botánico, que se contoneaban al ritmo del incendiario blues que continuaba desplegando.

La sabiduría transformada en persona que carga el intérprete se evidencia en cómo afrontaba canciones como “I Believe to My Soul” y “Night Time Is the Right Time” entre otras. El sonido, quizás un poco bajo para un auditorio tan imponente y colosal, no fue en absoluto impedimento para que los latidos del público se sincronizaran con la banda.

Siento ser reiterativo, pero la ecualización fue de matrícula de honor. Era como estar en un club de jazz imponente e histórico al aire libre, con sangre irlandesa y bajo el sol de Madrid.

Cuando la vida te pone en la encrucijada de ir a ver a una leyenda de la música, cierras los ojos, pones las manos juntas en señal de agradecimiento y las elevas hasta donde humanamente puedas para alabar a los dioses de la música. Pues eso lo vi en un emocionado seguidor que estaba a mi lado en el recinto.

No era un día de los que más clásicos de su dilatada y exitosa carrera afrontaría el oriundo de Belfast, pero el tramo que incluyó “Real Real Gone”, “Ain't Gonna Moan No More”, “Enlightenment” y el enlace de “Goin' Down Geneva” con “Brand New Cadillac” dejaba en evidencia que un artista es libre, virtuoso y dueño de su obra.

Agradecía a Madrid, al público y llegaba el momento de Big Band pleno con los solos correspondientes de sus músicos y las coristas sacando toda la energía de sus pulmones. El calor seguía, pero la agrupación sabia transformarlo en fuego sagrado.

El león cuida a sus cachorros, protege la manada y proporciona alimentos. Ese sería el resumen de los dos últimos tracks de la primera jornada que lideraría Van Morrison. El pasaje más rítmico, bailable con ese espíritu indomable de rock and roll que siempre ha tenido el frontman en su sangre llegaba con “Moondance”, pieza del álbum homónimo de 1970, tras la cual, con la banda aun tocando, saldría por unos pequeñísimos instantes bajo una voz en off que gritaba su nombre.

El cierre con su himno “Gloria” de su primigenia etapa artística con la banda Them, la cual lo catapulto al estrellato e impulsó su carrera en solitario, fue de esos recuerdos que todo espectador se va a llevar para siempre en su interior y lo abrazará en su corazón.

Aún con la canción siendo interpretada por la banda, la cual se alargaría en versión instrumental por varios minutos haciendo un juego de coros con el público por parte de las coristas, Van Morrison se retiraba, por el mismo lateral desde donde ingresó, de forma pausada, ovacionado, con su chaqueta aun cerrada, con sus gafas de sol espejo y con su sombrero tras una hora y media de antología sonora. El león lucia melena, se retiraba triunfal y su manada quedaba satisfecha.

Van Morrison ofreció en Noches del Botánico su penúltimo rugido cargado de blues en Madrid.

Mauro Nicolás Gamboa

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