La segunda jornada del Resurrection Fest, marcada por un cartel capaz de unir el heavy más clásico, el thrash, el metalcore y el rock más personal, trajo un día destacado por un incesante ir y venir entre escenarios, un público cada vez más numeroso y la sensación de que la intensidad aumentaba con cada actuación, siendo el día con más afluencia de personas de todo el festival.
Burning Witches
Las suizas fueron las encargadas de abrir la actividad en el Ritual Stage con una puesta en escena sencilla, pero efectiva para su audiencia. Burning Witches desplegó un repertorio plagado de velocidad, melodía y un inconfundible aroma a heavy metal tradicional, apoyándose en un sonido que permitió apreciar el impecable trabajo de las guitarras gemelas, una de las grandes señas de identidad de la banda. Laura Guldemond dominó el escenario desde el primer momento, alternando una actitud desafiante con continuas llamadas al público. Su capacidad para mantener la intensidad durante todo el concierto encontró el respaldo perfecto en una banda muy compenetrada, que enlazó cada tema prácticamente sin pausas.

Los asistentes respondieron rápidamente a la descarga de riffs y solos, levantando los primeros puños de la jornada. Sin necesidad de recurrir a grandes artificios, Burning Witches consiguió uno de esos conciertos que cumplen exactamente con su objetivo: calentar motores entre sus seguidores y dejar al resto del público con ganas de mucho más.
Angelus Apatrida
Si Burning Witches despertó a sus oyentes, Angelus Apatrida se encargó de disparar definitivamente las pulsaciones, a pesar del sol que castigaba los cogotes de los asistentes. Los albaceteños volvieron a demostrar por qué son una de las bandas españolas con mayor reconocimiento internacional, ofreciendo una actuación tan contundente como arrolladora. Desde el primer acorde comenzaron a formarse los primeros circle pits frente al escenario, mientras centenares de asistentes respondían a cada riff con una energía que fue creciendo a medida que avanzaba el concierto. Guillermo Izquierdo ejerció de maestro de ceremonias con absoluta naturalidad, animando constantemente al público y agradeciendo el apoyo que el Resurrection Fest siempre ha mostrado hacia la banda.

El grupo sonó demoledor. La precisión de las guitarras, la contundencia de la batería y un bajo atronador construyeron un auténtico muro de sonido que convirtió cada canción en un golpe directo al mentón. La velocidad nunca comprometió la ejecución, uno de los aspectos que distingue a Angelus Apatrida dentro del thrash metal contemporáneo. Lejos de limitarse a descargar canciones una tras otra, la banda mantuvo una conexión permanente con los asistentes, que respondieron cantando estribillos, levantando los puños y protagonizando algunos de los momentos más intensos de la tarde. Fue otra actuación que confirmó el excelente estado de forma del cuarteto manchego y su capacidad para competir de tú a tú con cualquier gran cabeza de cartel internacional del género.
Ciclonautas
El inicio del concierto de Ciclonautas ofreció un pequeño respiro entre tanta intensidad. El trío llevó al Resurrection Fest su característico sonido, donde el rock más pesado se mezcla con pasajes de gran carga melódica y una marcada personalidad. Lejos de buscar la velocidad de otras propuestas del cartel, la banda apostó por construir una atmósfera densa y envolvente, apoyándose en la fuerza de sus riffs y en la expresividad de su interpretación.
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Aunque nuestra visita al escenario fue breve debido a la coincidencia con el resto del programa, resultó suficiente para comprobar que Ciclonautas mantiene una identidad propia dentro del circuito estatal y una conexión muy especial con un público que recibió con entusiasmo los primeros compases de su actuación.
Iron Maiden
Si había un nombre que justificaba por sí solo el viaje a Viveiro para miles de aficionados, ese era el de Iron Maiden. La banda británica regresaba al Resurrection Fest con la gira “Run For Your Lives”, concebida como un homenaje a sus nueve primeros álbumes de estudio, una etapa fundamental no solo para su trayectoria, sino para la historia del heavy metal. Desde mucho antes de la hora prevista, el Main Stage era ya un mar de camisetas negras esperando un concierto que se intuía especial. Como ya es tradición, la espera estuvo acompañada por "Doctor Doctor" de UFO sonando por la megafonía. Miles de personas la corearon como si formara parte del propio repertorio, conscientes de que el inicio era inminente. Tras ella llegó la instrumental "The Ides of March", utilizada como introducción mientras la banda tomaba posiciones sobre el escenario y la tensión alcanzaba su punto máximo.

El primer golpe llegó con "Murders in the Rue Morgue". Lejos de apostar por un arranque basado únicamente en himnos populares, el grupo abrió recuperando material de 'Killers', una decisión que fue recibida con entusiasmo por los seguidores más veteranos. Sin apenas detenerse enlazaron "Wrathchild" y "Killers", completando un inicio tan inesperado como demoledor, donde Steve Harris volvió a demostrar que el característico galope de su bajo sigue siendo el corazón de Iron Maiden. Bruce Dickinson apareció completamente dueño del escenario, alternando carreras constantes de un lado a otro con una interpretación vocal que continúa sorprendiendo después de décadas de carrera. A su alrededor, Dave Murray, Adrian Smith y Janick Gers mantuvieron el equilibrio perfecto entre precisión y espectáculo, mientras la base rítmica sostuvo cada uno de los cambios de intensidad con una solidez incontestable.
Con el público ya completamente entregado llegó "Phantom of the Opera", una de las composiciones más ambiciosas de los primeros años de la banda. Sus múltiples cambios de ritmo, los largos desarrollos instrumentales y la precisión con la que fue interpretada recordaron por qué sigue siendo una de las piezas más admiradas por los seguidores de Maiden. El recorrido continuó con "The Number of the Beast", cuya introducción desató una de las primeras grandes explosiones de la noche. El recinto entero respondió cantando cada estrofa. Sin abandonar esa primera etapa dorada apareció después "Infinite Dreams", recuperada para esta gira y recibida con una mezcla de sorpresa y emoción por quienes llevaban años esperando volver a escucharla en directo.

La intensidad continuó creciendo con "Powerslave" y "2 Minutes to Midnight", dos canciones que representan a la perfección la evolución que experimentó Iron Maiden durante la década de los ochenta. Si la primera permitió disfrutar de toda la riqueza instrumental del grupo, la segunda devolvió el protagonismo al público, que convirtió cada estribillo en un inmenso coro colectivo. Uno de los momentos más especiales del concierto llegó con "Rime of the Ancient Mariner". Con sus más de trece minutos de duración, la adaptación del poema de Samuel Taylor Coleridge volvió a demostrar la enorme capacidad narrativa de Iron Maiden. Lejos de perder intensidad, la composición mantuvo completamente concentrado al público gracias a una interpretación impecable y a un desarrollo que continúa siendo uno de los grandes hitos del heavy metal progresivo.
La recta final del repertorio principal estuvo reservada para algunos de los momentos más celebrados de la noche. "Run to the Hills" volvió a convertir el Resurrection Fest en un gigantesco coro, mientras "Seventh Son of a Seventh Son" mostró la faceta más épica y compleja de la banda. Poco después llegó "The Trooper", recibida con una ovación atronadora desde sus primeros acordes, antes de que "Hallowed Be Thy Name" emocionara a varias generaciones de seguidores que acompañaron cada verso con absoluta devoción. El cierre del bloque principal correspondió, como no podía ser de otra manera, a "Iron Maiden", con el público coreando el nombre de la banda una y otra vez mientras el escenario alcanzaba uno de sus momentos de mayor espectacularidad.
Tras abandonar brevemente el escenario, la voz de Winston Churchill sonó a través de "Churchill's Speech", introduciendo unos bises que mantuvieron intacta la intensidad del concierto. "Aces High" abrió el tramo definitivo con toda la velocidad que caracteriza al clásico de 'Powerslave', antes de dar paso a uno de los instantes más emotivos de toda la noche.

Las primeras notas de "Fear of the Dark" bastaron para que miles de asistentes comenzaran a cantar incluso antes de que Bruce pronunciara la primera palabra. Fue uno de esos momentos que trascienden el propio concierto y explican por qué Iron Maiden continúa ocupando un lugar privilegiado dentro de la historia del rock. Durante varios minutos apenas hizo falta la voz del cantante; el público asumió el protagonismo convirtiendo el Resurrection Fest en un inmenso coro al aire libre.
El desenlace llegó con "Wasted Years", una despedida perfecta para una gira construida precisamente sobre el legado de toda una época. Con el estribillo resonando todavía entre los asistentes y la banda despidiéndose del público de Viveiro, Iron Maiden cerró una actuación memorable, de esas que permanecen en la memoria durante mucho tiempo y que justifican por sí solas la grandeza de un festival como el Resurrection Fest.
Caliban
Después de la apoteósica actuación de Iron Maiden, el Resurrection Fest afrontaba uno de esos momentos en los que cualquier banda podría haber quedado eclipsada. Sin embargo, Caliban convirtió ese aparente inconveniente en una oportunidad para demostrar por qué sigue siendo una de las formaciones más respetadas del metalcore europeo. Los alemanes asumieron el reto con absoluta determinación y ofrecieron un concierto de una intensidad arrolladora, devolviendo al festival la agresividad más contemporánea tras el viaje por la historia del heavy metal que acababan de protagonizar los británicos.

Desde los primeros compases quedó claro que no habría espacio para el descanso. La contundencia de las guitarras, la precisión de la base rítmica y el constante contraste entre las voces melódicas y los registros guturales encontraron una respuesta inmediata entre los asistentes. Los primeros circle pits reaparecieron con rapidez y el público volvió a lanzarse a un intercambio continuo de empujones, saltos y cánticos, recuperando la intensidad física que caracteriza a los conciertos de metalcore. Caliban mantuvo un ritmo constante durante toda la actuación, enlazando las canciones prácticamente sin interrupciones y priorizando la fuerza del directo sobre cualquier tipo de artificio escénico. Esa ausencia de pausas permitió que el concierto se desarrollara como una descarga continua de energía, en la que cada breakdown era recibido con una nueva explosión de movimiento frente al escenario.
La banda mostró una compenetración absoluta, sosteniendo un sonido compacto que permitió apreciar cada uno de los matices de unas composiciones donde conviven la melodía y la agresividad. Tras una actuación marcada por la contundencia, Caliban abandonó el escenario dejando la sensación de haber cumplido con creces el difícil papel de actuar inmediatamente después del gran cabeza de cartel de la jornada.
Anthrax
La madrugada quedó reservada para uno de los grandes nombres de la historia del thrash metal. Anthrax regresaba a Viveiro dispuesto a demostrar que, más de cuatro décadas después de su formación, continúa siendo una referencia imprescindible dentro del llamado Big Four. Lejos de ofrecer un concierto basado únicamente en la nostalgia, los neoyorquinos desplegaron una actuación vibrante, enérgica y cargada de esa actitud desenfadada que siempre los ha diferenciado del resto de gigantes del género.
Desde su aparición sobre el escenario quedó claro que la experiencia sigue siendo uno de sus principales argumentos. Scott Ian volvió a ejercer como auténtico motor de la banda, dominando el escenario con su característica presencia mientras repartía riffs que continúan sonando igual de afilados que hace décadas. A su lado, Charlie Benante sostuvo el concierto con una pegada demoledora, mientras Frank Bello aportó toda la solidez desde el bajo y Jonathan Donais completó el engranaje con una impecable labor a la guitarra. Joey Belladonna volvió a conquistar al público gracias a una voz que mantiene intacta buena parte de su potencial. Entre canción y canción no faltaron los gestos de complicidad, las sonrisas y las continuas invitaciones a participar, creando un ambiente festivo que terminó por contagiar a toda la explanada.

El repertorio recorrió buena parte de la trayectoria de Anthrax, alternando clásicos imprescindibles con temas que mantienen intacta la velocidad y la agresividad que definieron el sonido del grupo desde sus comienzos. Cada riff encontraba una respuesta inmediata entre el público, que volvió a convertir la parte delantera del escenario en un enorme pit donde no dejaron de sucederse circle pits, wall of death espontáneos y constantes muestras de compañerismo, una de las señas de identidad del Resurrection Fest.
Lejos de limitarse a ejecutar las canciones con precisión, Anthrax transmitió la sensación de seguir disfrutando cada minuto sobre las tablas. Esa energía terminó por reflejarse también en el público, que respondió con una intensidad inagotable pese a las muchas horas de música acumuladas durante la jornada. El concierto avanzó sin perder fuerza, enlazando uno de los finales más celebrados del día y confirmando que el thrash metal sigue ocupando un lugar privilegiado dentro del festival gallego. Cuando la banda se despidió entre una larga ovación, la sensación era la de haber asistido a otro de esos conciertos que justifican el prestigio internacional del Resurrection Fest. Anthrax no solo ofreció una lección de veteranía, sino que recordó que la contundencia, la velocidad y la diversión pueden convivir perfectamente sobre un mismo escenario.

En suma, la segunda jornada del Resurrection Fest 2026 terminó dejando la impresión de haber recorrido buena parte de la historia del metal en apenas unas horas. Desde el heavy metal tradicional de Burning Witches hasta el thrash metal de Angelus Apatrida y Anthrax, pasando por la personalidad de Ciclonautas, la contundencia del metalcore de Caliban y el acontecimiento que supuso la actuación de Iron Maiden, el festival volvió a demostrar la amplitud de un cartel capaz de reunir generaciones, estilos y públicos muy diferentes bajo un mismo denominador común.
Con miles de asistentes abandonando el recinto entrada ya la madrugada, el Resurrection Fest volvió a confirmar que su verdadera fortaleza reside precisamente en esa combinación de leyendas consagradas y bandas que mantienen viva la evolución del género, construyendo una programación donde cada concierto encuentra su espacio y donde la pasión del público termina convirtiendo cada jornada en una experiencia irrepetible. Si quieres revivir cómo fue el primer día del festival con Sabaton, Testament, A Day To Remember o Thrown, puedes hacerlo a través de esta crónica.

