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Crónica de Resurrection Fest 2026 (miércoles) con Sabaton, Testament, A Day To Remember o Thrown: Toma de contacto y primer estallido

Sabaton. Foto: Jose Antonio Fernández

El miércoles del Resurrection Fest conserva algo de toma de contacto. Durante las primeras horas, todavía se puede caminar entre escenarios sin demasiadas dificultades, localizar las novedades del recinto y reencontrarse con quienes, año tras año, convierten Viveiro en una cita casi familiar. Esa relativa tranquilidad suele durar poco.

La jornada inaugural de 2026 reunió maneras muy diferentes de entender la música pesada. Hubo espacio para la escena asturiana, el rock japonés con cabezas de lobo, uno de esos fenómenos rodeados de misterio que internet convierte rápidamente en acontecimiento, y las distintas ramificaciones del metalcore actual. Cuando cayó la noche, llegaron los platos fuertes: A Day To Remember transformaron el Main en una fiesta generacional, Sabaton pusieron en marcha su maquinaria bélica y Testament esperaron al fondo de la madrugada para cerrar el día a golpe de thrash.

No todo funcionó igual de bien. Algunas bandas demostraron que una imagen poderosa no basta cuando falta conexión, mientras otras, con menos recursos, encontraron la manera de hacerse con el público desde la actitud, el oficio o la cercanía. Ese contraste terminó definiendo una primera jornada en la que el artificio y las canciones no siempre caminaron de la mano.

Aneuma: Un peldaño más

Aneuma. Foto: Hughes Vanhoucke

Nuestra primera parada fue el Ritual, donde Aneuma regresaban al festival después de su anterior paso por el Chaos. El cambio de escenario ya decía bastante sobre el crecimiento de la banda asturiana, que llegaba a Viveiro con más experiencia y sin necesidad de presentarse como una simple apuesta de proximidad.

Los estandartes que adornaban el escenario acompañaban bien a ese death metal melódico que mira hacia la escuela de Gotemburgo, pero también al metalcore y al heavy más tradicional. Laura Alfonso volvió a concentrar buena parte de la atención, mientras Jane parecía plenamente integrada al bajo. Borja y Abel se buscaron con frecuencia, compartiendo gestos y transmitiendo la buena sintonía de una formación cómoda sobre las tablas. La colaboración de Hynphernia, de Death & Legacy, añadió músculo a uno de los pasajes más contundentes.

Aneuma. Foto: Hughes Vanhoucke

El sonido les hizo trabajar más de la cuenta y no siempre permitió apreciar con nitidez las guitarras. Aun así, fueron encontrando su sitio. La respuesta, algo tímida al comienzo, terminó creciendo hasta provocar circle pits y un wall of death. Aneuma habían ascendido de escenario y supieron defender ese paso adelante.

Man With A Mission: Lobos a plena luz

De Asturias saltamos a Japón. Man With A Mission aparecieron en el Main con sus conocidas cabezas de lobo y una mezcla de rock alternativo, metal, electrónica, rap y melodías estrechamente vinculadas a la cultura popular japonesa.

Las máscaras siguen siendo el primer golpe de efecto, especialmente a plena luz del día, aunque el grupo no depende únicamente de ellas. Su música está construida para entrar con facilidad, alternando guitarras, bases electrónicas y estribillos accesibles que aligeraron durante un rato el tono del miércoles.

Man With a Mission. Foto: Hughes Vanhoucke

El repertorio respondió a su formato habitual de festival, combinando las canciones que han dado proyección internacional al grupo con material de su etapa más reciente. No hubo grandes sorpresas, pero sí un concierto ágil y bien medido, más entretenido que trascendente, que conectó especialmente con quienes ya conocían su particular universo.

Curiosamente, ni Man With A Mission ni President permitieron el acceso de la prensa gráfica al foso. Una decisión difícil de entender en dos proyectos que hacen de la imagen una parte esencial de su discurso.

President: El culto no prendió

President llegaban precedidos por el misterio, la viralidad y una estética perfectamente calculada.

El escenario era minimalista: un gran crucifijo de neón al fondo y, en primer término, un púlpito flanqueado por dos banderas en blanco y negro, una especie de refrito monocromo de la simbología estadounidense y europea.

Todo invitaba a pensar en una ceremonia. El problema fue que nunca llegó a producirse. El vocalista insistió en animar a los asistentes, pero la reacción apenas pasó de las tres primeras filas. La organización consideró que podía ser una buena ocasión para subir a los Resu-Kids al escenario, una decisión curiosa dentro de una actuación que pretendía envolverse en solemnidad, liturgia y cierto aire de sociedad secreta. El resultado fue más desconcertante que emocionante.

President. Foto: Hughes Vanhoucke

A la media hora, el cantante desapareció y dejó paso a una grabación. En otro concierto, el recurso habría podido servir como transición dramática; aquí cortó el poco ritmo que se había conseguido acumular. Con un catálogo todavía limitado, la actuación repasó prácticamente todo el material disponible, sin que apareciese esa canción capaz de romper la distancia con la mayor parte del recinto.

President tienen imagen, símbolos y una narrativa reconocible. Todo está pensado para alimentar el misterio. Pero cuando el público no entra en el juego, el misterio corre el riesgo de parecer simplemente vacío. En Viveiro hubo crucifijo, púlpito y liturgia, pero muy poca comunión.

Cardiac: Sin liturgia pero con público

El cambio al Desert no pudo resultar más evidente. Cardiac no necesitaban cruces de neón ni grandes explicaciones. El grupo hispano-suizo salió a mezclar hardcore, metal, rock y groove en castellano, con Drix Riks ejerciendo de agitador desde el primer momento.

La banda combinó riffs contundentes con una ejecución bastante más elaborada de lo que su aparente desorden escénico podía sugerir. Drix manejó al público con naturalidad, provocando respuestas, juegos de voces y un “hey, ho” de inevitable ascendencia ramoniana. El Desert terminó entregándose al wall of death y a una actuación que fue creciendo sin necesidad de forzar el gesto.

Cardiac. Foto: Hughes Vanhoucke

Hasta hubo tiempo para una pedida de mano, con el vocalista convertido en improvisado maestro de ceremonias. Una escena espontánea y bastante más efectiva que la ceremonia programada que acabábamos de abandonar.

Cardiac pusieron el escenario patas arriba desde la cercanía y el oficio. Frente a tantas propuestas que necesitan justificar primero su concepto, ellos se limitaron a tocar y a hacer partícipe a la gente.

Thrown: Golpear y salir

Thrown no parecían interesados en dar demasiados rodeos. El cuarteto sueco, en su primera visita a España, llevó al Main una versión seca y concentrada del metalcore actual: canciones breves, riffs pesados, breakdowns y una producción pensada para golpear desde el primer segundo.

Thrown. Foto: Hughes Vanhoucke

El repertorio estuvo lógicamente condicionado por una discografía todavía corta y se concentró en las composiciones que han impulsado su rápido crecimiento. Eso proporcionó al concierto una gran cohesión, pero también dejó al descubierto su principal limitación: demasiados temas persiguiendo un impacto similar y poco margen para variar la dinámica.

La actuación avanzó prácticamente sin pausas. Cada canción empujaba a la siguiente con la intención de mantener la presión y el público respondió desde lo físico. La precisión y la ausencia de tiempos muertos evitaron que la descarga cayera del todo en la monotonía.

Thrown funcionan mejor como ráfaga que como viaje. En un festival también hace falta quien llegue, golpee y se marche sin pedir disculpas.

A Day To Remember: El revival se hizo fiesta

Y con la caída del sol, el miércoles cambió de cara. Una veintena de agraciados ocupaban el fondo del escenario cuando A Day To Remember iniciaron el concierto entre confeti y pirotecnia. La imagen dejaba clara la intención: aquello no iba a ser una actuación de transición antes de Sabaton, sino una celebración con personalidad propia.

A Day To Remember. Foto: Hughes Vanhoucke

La banda conoce perfectamente el mecanismo: estribillos de pop punk, guitarras de metalcore, breakdowns, saltos y llamadas constantes a la participación convirtieron el Main en un enorme ejercicio de memoria colectiva. Jeremy McKinnon condujo el espectáculo sin necesidad de explicar demasiado; buena parte de quienes estaban delante había crecido con aquellas canciones y sabía cuándo cantar, cuándo saltar y cuándo abrir el pit.

La selección miró más al conjunto de su carrera que a la presentación de su último trabajo. Sus canciones más reconocibles llevaron el peso del concierto, mientras el material reciente quedó integrado como parte de un repertorio pensado para un gran festival.

A Day To Remember. Foto: Hughes Vanhoucke

El componente revival era evidente, pero no se sintió como una reunión obligada con el pasado. Había entusiasmo real y una conexión que alcanzaba mucho más allá de las primeras filas. Confeti, fuego y seguidores acompañando desde el escenario completaron una estampa que podía haber resultado excesivamente calculada, pero que funcionó porque el público estaba dispuesto a participar.

A Day To Remember no prepararon el terreno para nadie. Durante su hora larga, el festival fue suyo.

Sabaton: El tanque y los himnos

Noche cerrada en Viveiro. Un gran tanque ocupaba el centro del escenario, coronado por la batería. A ambos lados se levantaban las plataformas reservadas para los coros y, entre los músicos y el público, se alineaba una colección de artefactos preparados para lanzar fuego, humo, confeti, petardos y prácticamente cualquier efecto que pudiera acompañar una batalla. La pantalla del fondo se encargaba de ambientar visualmente cada canción.

Hemos visto producciones más vistosas de Sabaton en giras anteriores. Eso no significa que el montaje de Viveiro fuese pequeño. Simplemente, cuando una banda ha levantado castillos, desplegado puentes y convertidos pabellones enteros en escenarios bélicos, hasta un tanque puede parecer una versión algo contenida de sí misma.

Sabaton. Foto: Jose Antonio Fernández

“Ghost Division” puso en marcha la maquinaria, seguida por “The Red Baron”, “The Last Stand” y “Great War”. No se trataba de presentar un disco de principio a fin, sino de utilizar los himnos más asentados de su repertorio como columna vertebral, incorporando entre ellos el material más reciente.

Joakim Brodén se mostró fuerte vocalmente, comunicativo y dispuesto a detenerse siempre que encontraba una oportunidad para bromear, contar una historia o pedir una nueva respuesta al público. Sus compañeros tampoco permanecieron al margen y recorrieron el escenario buscando continuamente la complicidad de las primeras filas.

Tras “Stormtroopers”, la entrega ya era absoluta. Joakim pidió que se encendieran las linternas de los teléfonos móviles mientras los coros iban ocupando las plataformas laterales. Cuando comenzó “Christmas Truce”, miles de luces iluminaban el recinto y la grandilocuencia habitual del grupo dio paso a uno de los momentos más ceremoniales del concierto.

Sabaton. Foto: Jose Antonio Fernández

La fórmula de Sabaton está calculada al milímetro. Se sabe cuándo llegará el fuego, cuándo se pedirá al público que cante y cuándo Joakim interrumpirá el ritmo para dirigirse a la audiencia. Esa previsibilidad puede jugar en su contra, especialmente para quien los haya visto varias veces. Sin embargo, sería injusto reducir lo ocurrido a una sucesión de trucos escénicos. La gente se sabía las letras. No respondía por obediencia ni porque una pantalla indicase cuándo levantar los brazos. Cantaba aquellas canciones como himnos propios. Ahí sigue estando la verdadera fuerza de Sabaton: debajo del tanque, la pólvora y la parafernalia hay una comunidad que ha hecho suyo el relato.

Por muchas veces que los hayas visto, siguen impresionando.

Sabaton. Foto: Jose Antonio Fernández

Testament: la última descarga

El final de Sabaton coincidía exactamente con el comienzo de Testament. No había forma de abandonar el Main, cruzar el recinto y llegar al Ritual antes del primer acorde. Cuando alcanzamos el escenario, la descarga ya estaba en marcha. El contraste era casi cómico. Del tanque, las pantallas gigantes y los lanzallamas pasamos a una banda que necesita muy poco más que amplificadores, riffs y músicos con suficiente autoridad para sostenerlos.

A esas horas, el público era bastante menos numeroso, pero también más específico. Quienes seguían allí no habían llegado por curiosidad ni para ver qué ocurría después. Querían thrash, y Testament se lo dieron sin demasiados adornos.

Testament. Foto: Jose Antonio Fernández

Chuck Billy conservaba la voz y la presencia necesarias para dominar el Ritual, Eric Peterson y Alex Skolnick formaban una pareja de guitarras tan contundente como precisa, mientras Chris Dovas imprimía a la base una velocidad que ha rejuvenecido los clásicos.

El repertorio recorrió distintas etapas de la banda sin convertirse en un simple ejercicio de nostalgia. El material reciente encontró espacio junto a las canciones que el público esperaba escuchar a aquellas horas, confirmando que Testament todavía tienen algo que decir más allá de administrar su legado.

Después de una jornada en la que la imagen había tenido tanto peso, devolvieron la atención a las canciones y a la ejecución. Sin discursos interminables, sin decorados y sin necesidad de representar otra cosa que no fueran ellos mismos.

El cuerpo pedía retirada, pero todavía quedaban riffs, solos y un puñado de irreductibles dispuestos a recibirlos. No era el cierre más multitudinario del miércoles, pero sí uno de los más honestos.

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