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Crónica del Resurrection Fest 2026 (viernes), con Limp Bizkit, Trivium, The Rasmus o Borknagar: Diversidad y contundencia

Limp Bizkit

La tercera jornada del Resurrection Fest amaneció con la sensación de que el festival había alcanzado ya su ápice, pero aún quedaban las mejores partes. Tras el espectacular despliegue protagonizado el día anterior por Iron Maiden, el cartel proponía un recorrido completamente diferente, combinando nuevas promesas, nombres históricos del rock alternativo, referentes del metal moderno y uno de los regresos más esperados del nu metal. El recinto volvía a llenarse desde primeras horas de la tarde, con un ambiente inmejorable en el que convivían familias, grupos de amigos llegados de toda Europa y miles de seguidores que recorrían sin descanso los diferentes escenarios del festival con sus gorras rojas.

Not Yet

Las primeras horas del día dejaron espacio para descubrir a Not Yet, banda local, original de Viveiro, que ha encontrado en el Resurrection Fest el escaparate perfecto para presentar su propuesta ante un público especialmente receptivo a las nuevas incorporaciones del panorama metalero. Lejos de acusar la responsabilidad de abrir una jornada de semejante nivel, el grupo afrontó su actuación con decisión y una actitud que terminó conquistando a los numerosos asistentes que ya comenzaban a ocupar el recinto.

Not Yet

Su concierto destacó por una entrega constante y por una notable cercanía con el público. Desde el escenario transmitieron la ilusión propia de quien sabe que está viviendo una oportunidad importante, mientras los asistentes respondían con atención y una participación creciente a medida que avanzaba el repertorio. Aunque buena parte del público acudía todavía con el festival arrancando, Not Yet consiguió reunir a un vasto grupo de seguidores frente al escenario, que respondió con aplausos y movimiento durante toda la actuación.

The Rasmus

La presencia de The Rasmus suponía uno de los grandes contrastes del cartel de esta edición. Acostumbrados a compartir escenario con propuestas mucho más extremas, los finlandeses demostraron que su mezcla de rock alternativo, melodías pegadizas y una marcada personalidad son un acierto vayan donde vayan. Frente a la agresividad que caracteriza buena parte del festival, la banda apostó por un concierto construido sobre la cercanía y un repertorio capaz de conectar con varias generaciones de seguidores.

Lauri Ylönen asumió el protagonismo desde el primer momento gracias a una interpretación carismática y una comunicación constante con el público. Su presencia escénica continúa siendo uno de los grandes activos del grupo. El recinto respondió con entusiasmo, especialmente entre quienes crecieron escuchando a la banda durante los primeros años de la década de 2000.

The Rasmus

Lejos de limitarse a vivir de la nostalgia, The Rasmus ofreció un concierto entretenido, bien ejecutado y perfectamente integrado dentro de la programación del festival. Su propuesta aportó un necesario cambio de ritmo antes de que la jornada regresara a terrenos más extremos. La actuación dejó una sensación muy positiva entre un público que respondió con calidez de principio a fin.

Trivium

A medida que avanzaba la tarde, el Resurrection Fest comenzó a endurecer definitivamente su propuesta con la llegada de Trivium. Los estadounidenses regresaban a Viveiro convertidos en una de las referencias indiscutibles del metal moderno, capaces de reunir en un mismo repertorio la contundencia del metalcore de sus primeros años, la técnica del thrash y una faceta melódica que les ha permitido ampliar su público sin renunciar a su identidad.

Trivium

Desde el primer momento, Matt Heafy dejó claro que la banda atravesaba un excelente estado de forma. Su presencia escénica, alternando las voces limpias con los registros más agresivos, marcó el ritmo de una actuación donde la precisión instrumental volvió a convertirse en una de las grandes protagonistas. A su alrededor, el resto del grupo ejecutó un concierto prácticamente impecable.

Frente al escenario, la respuesta del público no se hizo esperar. Los primeros compases bastaron para desencadenar una sucesión constante de circle pits, mientras centenares de asistentes acompañaban cada canción coreando los estribillos. La banda supo mantener esa conexión durante todo el concierto, alternando momentos de enorme intensidad con breves pausas en las que Heafy agradeció el recibimiento del público internacional.

Trivium

El sonido, especialmente contundente, permitió apreciar la complejidad de unas composiciones donde conviven cambios de ritmo, melodías muy trabajadas y una ejecución técnica sobresaliente. Sin necesidad de recurrir a grandes artificios escénicos, Trivium construyó una actuación basada en la propia fuerza de sus canciones y en una interpretación impecable. Cuando abandonaron el escenario, el público respondió con una larga ovación que confirmó que la banda estaba ocupando un lugar privilegiado dentro del cartel del Resurrection.

Gaerea

Si Trivium representó la precisión y la potencia del metal moderno, Gaerea llevó al Resurrection Fest hacia un terreno mucho más oscuro e introspectivo. Los portugueses, una de las grandes revelaciones del metal europeo en los últimos años, transformaron por completo la atmósfera del escenario gracias a una propuesta donde la música, la puesta en escena y la interpretación forman un conjunto inseparable.

Con sus ya características máscaras y una iluminación tenue que reforzaba el carácter ceremonial del concierto, la banda construyó una experiencia completamente distinta a la del resto de actuaciones del día. Lejos de buscar una interacción constante con el público, Gaerea dejó que fueran las propias canciones las encargadas de establecer ese vínculo, creando una tensión creciente que envolvió a los asistentes desde el primer minuto. La interpretación destacó por un instrumental inmersivo y por una intensidad emocional que fue creciendo progresivamente. Los largos desarrollos, las explosiones de velocidad y los pasajes más atmosféricos convivieron con absoluta naturalidad.

Gaerea

Cuando Gaerea puso punto final a su actuación, quedó la sensación de haber presenciado uno de los conciertos más personales y atmosféricos de toda la edición. Un contraste perfecto antes de que la noche se encaminara hacia uno de los momentos más multitudinarios del festival con la inminente llegada de Limp Bizkit.

Limp Bizkit

Pocas actuaciones habían despertado tanta expectación en esta edición del Resurrection Fest como la de Limp Bizkit. Horas antes de la apertura del concierto, el Main Stage ya presentaba una imagen imponente. Miles de personas se agolpaban frente a las vallas mientras seguían llegando asistentes desde todos los rincones del recinto, conscientes de que estaban a punto de asistir a uno de los conciertos más multitudinarios del festival. El show de la banda de Jacksonville suponía mucho más que la presencia de otro cabeza de cartel: era el reencuentro con uno de los grupos que definieron el sonido de finales de los noventa y principios de los dos mil, una formación que convirtió el nu metal en un fenómeno de masas y cuya influencia sigue presente en numerosas bandas actuales.

Limp Bizkit

La salida de Fred Durst fue recibida con una ovación atronadora que marcó el tono de toda la actuación. El vocalista, con la capacidad de convertir un concierto en una conversación permanente con el público, buscó desde los primeros minutos la complicidad de los asistentes, alternando bromas, gestos y continuas llamadas a la participación que encontraron respuesta inmediata en una explanada completamente entregada. Incluso cuando, tras ser llamada al escenario por el cantante, una chica se puso tan nerviosa que vomitó. Aun así, no hubo prácticamente un solo momento en el que el público dejara de cantar, saltar o acompañar cada intervención del cantante.

A su lado, Wes Borland volvió a acaparar buena parte de las miradas gracias a una nueva caracterización, tan llamativa como inquietante, reafirmando esa personalidad artística que lo ha convertido en una figura única dentro del metal contemporáneo. Su presencia escénica sigue siendo tan importante como su aportación musical. Cada riff conservó la contundencia y el groove que hicieron de Limp Bizkit una banda inconfundible, mientras Sam Rivers, John Otto y DJ Lethal completaban una maquinaria perfectamente engrasada que sonó compacta durante toda la actuación.

Limp Bizkit

La respuesta del público fue exactamente la esperada. Los circle pits comenzaron a abrirse desde los primeros compases y no dejaron de multiplicarse a lo largo del concierto. Desde las primeras filas hasta la parte más alejada del recinto, miles de personas acompañaban cada canción con una energía que parecía inagotable pese a las muchas horas de festival acumuladas. La actuación consiguió reunir a seguidores de varias generaciones, desde quienes descubrieron a la banda en plena explosión del nu metal hasta jóvenes asistentes que vivían por primera vez uno de sus directos.

Uno de los grandes aciertos del concierto fue comprobar que Limp Bizkit no necesita reinventarse para seguir funcionando sobre un escenario. Lejos de intentar adaptarse a las tendencias actuales, la banda reivindicó el sonido y la actitud que la convirtieron en un fenómeno internacional. Groove, rap, metal y una puesta en escena desenfadada volvieron a combinarse con absoluta naturalidad en un espectáculo donde la diversión tuvo tanto, si no más, protagonismo que la propia música. A medida que avanzaba la actuación, el ambiente no hizo más que crecer, llegando a su fin casi de sopetón y dejando sin asimilar lo sucedido a unos cuantos.

Borknagar

Cambiar la multitud del escenario principal por la atmósfera mucho más íntima que proponía Borknagar supuso un contraste absoluto, pero también uno de los grandes aciertos de la jornada. Los noruegos ofrecieron un concierto radicalmente distinto al de Limp Bizkit, apostando por un sonido donde el black metal, el progresivo y las influencias folk conviven con una naturalidad que pocas bandas han conseguido desarrollar durante una trayectoria tan extensa.

Desde el primer momento quedó claro que el protagonismo recaía completamente sobre la música. Sin grandes artificios escénicos, Borknagar construyó una actuación basada en una interpretación extremadamente cuidada. Las melodías envolventes, los cambios de ritmo y la alternancia entre voces limpias y registros más agresivos generaron una atmósfera hipnótica que atrapó rápidamente a quienes decidieron acercarse hasta el escenario.

Borknagar

El público respondió con una actitud muy diferente a la vivida apenas unos minutos antes frente a Limp Bizkit. Aquí predominaban la contemplación, el respeto y la atención permanente hacia unas canciones que exigían una escucha mucho más pausada. Esa diferencia de ambientes terminó convirtiéndose en uno de los aspectos más interesantes de la noche, demostrando la enorme diversidad que caracteriza al Resurrection Fest y la facilidad con la que un mismo asistente puede pasar de una fiesta multitudinaria a un concierto casi introspectivo en cuestión de minutos.

Asimismo, la tercera jornada del Resurrection Fest volvió a demostrar que la identidad del festival reside precisamente en su diversidad. Del empuje de Not Yet al rock alternativo de The Rasmus; de la contundencia técnica de Trivium a la oscuridad envolvente de Gaerea; del carácter multitudinario de Limp Bizkit a la profundidad compositiva de Borknagar, el viernes ofreció un recorrido por distintas formas de entender la música sin perder en ningún momento la coherencia de un cartel pensado para todos los públicos del metal. Ya puedes disfrutar de la crónica de la jornada anterior, protagonizada por Iron Maiden, o de la de la primera jornada, encabezada por Sabaton.

Antônia Nicoloso

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