Crónicas

PiL (Public Image Limited) en Bilbao: La revolución permanente

«No está del todo claro quién había ganado más de la experiencia vivida aquella noche, si un artista cuyos recitales se convierten en una válvula de escape ante reveses de la vida o un público que asistía a la clase magistral de una figura fundamental para entender la historia del rock. La revolución permanente lleva su nombre.»

22 octubre 2023

Kafe Antzokia, Bilbao

Texto y fotos: Alfredo Villaescusa

Hay que ver lo extendido que está el bulo aquel que decía que los Sex Pistols en realidad fueron un producto comercial como Backstreet Boys o cualquier otra banda engendrada en los despachos de una discográfica. Una pura falacia que repetía la prensa sensacionalista de la época y que algunos todavía replican, ignorantes de que Johnny Rotten, Steve Jones, Paul Cook, Glen Matlock y Sid Vicious en realidad no eran nada más que unos jóvenes de clase obrera que tuvieron la fortuna de inventar algo nuevo.

Punta de lanza de todo aquello, junto con los descomunales riffs de Steve Jones, teníamos la garganta de John Lydon, un tipo que patentó una determinada forma de cantar copiada hasta la saciedad y sin la cual no existiría la mayoría de grupos de punk. Recuerdo que la primera vez que escuché Sex Pistols lo que más me sorprendió fue que la fina y elegante lengua de Shakespeare pudiera sonar tan brusca, como un esputo de los apestados del sistema. Olvídate del inglés del colegio.

Si Lydon trastocó por completo el panorama a finales de los setenta declarando a los cuatro vientos que la reina Isabel II no era un ser humano, no menos transgresor se antojaba la puesta en marcha de Public Image Limited, una suerte de colectivo que aspiraba a lograr la libertad creativa plena y de paso sentó las bases del género post punk para la avalancha indie que vendría décadas después.

Aunque para algunos la esencia de los PiL verdaderos estuviera en la primera formación con los genios Jah Wobble al bajo y Keith Levene a la guitarra, que consiguió un sonido a las seis cuerdas como nunca se había visto, lo cierto es que a día de hoy conservan intacta la capacidad de sorprender. Tal vez por ello consiguieron abarrotar el Kafe Antzokia bilbaíno y generar una expectación digna de las grandes ocasiones.

Su último bolo por estas latitudes había sido en un BBK Live en el que su propuesta con tintes bailables sedujo a muchos que se encontraban en el recinto por casualidad. Debe ser de los pocos combos que existen que pueden apelar lo mismo a borrachos o peña con ganas de fiesta que a melómanos de pro.

Con el recinto vallado, separando las escaleras del respetable, como hacía la tira que no veíamos, John Lydon pronunció desde su púlpito un sermón inapelable desde el inicio con la apocalíptica “Penge”, que también abría su último trabajo, ‘End of World’. Mostró del mismo modo que su fama de provocador, por la que le tiraron un móvil a la cara en el histórico concierto de Sex Pistols en el Azkena de 2008, no era postureo, pues dio la bienvenida a la concurrencia con las palabras: “No creo en el País Vasco”. O eso nos pareció, por lo menos.

La colosal “Albatross” reveló la grandeza de todo un mesías del punk, donde simuló hasta volar. Hay algunos que le considerarán insoportable, tanto por sus opiniones políticas o su peculiar manera de cantar. Pero lo que nadie puede poner en duda es que este señor se deja la piel, el alma y lo que haga falta en sus shows. Y eso que su amada esposa durante casi cinco décadas, Nora, había fallecido hace pocos meses. A ver quién exhibiría una fortaleza semejante en tales circunstancias.

Preguntó si había niños en la sala antes de “Being Stupid” y una de las cimas de la velada se alcanzó con “(This Is Not A) Love Song”, una burla al negocio discográfico en la que desplegó el impresionante catálogo de histrionismos que le caracterizan. Hablamos de las erres con las que taladra cada estrofa, la cara de mala leche o esos curiosos movimientos a los que llamarlos bailes quizá sería decir demasiado. Un ser inimitable en su máximo esplendor.

Que saliera a las tablas con un chaquetón enorme a lo Talking Heads era lo de menos en una velada tan inspirada, con una banda también sobresaliente a la que sería una injusticia considerar de mero acompañamiento. Las guitarras de Lu Edmonds valían mucho más que eso, por no mencionar ese arco de violín que sacaba de vez en cuando que le daba un aire The Velvet Underground total.

El homenaje a la madre muerta de “Death Disco”, que incluía un fragmento de “El lago de los cisnes” de Tchaikovsky, resultó una experiencia sensorial tanto para John como para la muchedumbre. Al igual que Dylan y otras mentes inquietas, los temas aquí no se tratan de una entidad muerta intocable, sino de algo vivo y en constante evolución. No vamos a decir que cambia tanto las piezas como el bardo de Minnesota, pero si se comparaban con las versiones originales, había a veces una distancia abismal.

Tal era el caso de la vanguardista “Flowers of Romance”, puro minimalismo que en la actualidad todavía puede sacudir conciencias. Y en la novedad “Car Chase” John Lydon fue más John Lydon que nunca, con un chorro de voz impresionante, incluso podría afirmarse que ha ganado con los años, pues no escatimó en falsetes y gorgoritos operísticos de vez en cuando.

Este tipo estaba compuesto por contrastes, la dignidad eclesiástica cuando interpretaba se la quitaba de golpe sonándose la nariz como un macarra, esto es, apretando una fosa nasal y dejando el regalito en el suelo. Los escupitajos también eran una constante, había hasta un cubo en medio del escenario destinado a los esputos.

“The Body” no fue tan pachanga como la original, se lució de lo lindo el guitarrista con esos punteos hard rockeros que explican por qué una temporada el virtuoso Steve Vai estuvo colaborando con este proyecto. Y “Warrior”, BSO de “Esclavos de Nueva York” retumbó como un auténtico himno. Si este cántico de guerra ya nos llamaba en estudio, en directo se tornó sublime con los gorgoritos operísticos de Lydon.

Nada mejor que mandar todo a cascarla con “Shoom”, otro corte apocalíptico donde abunda la palabra “Fuck” que se transforma en un salmo antisistema con ecos electrónicos. Para las raves más comprometidas. Y como si fuera un pastor evangelista, John condujo a los fieles en una sentida oración que decía simplemente “Fuck Off”. Fin de la eucaristía.

Regresó John con un mero “Hello” que no fue acogido con la dignidad requerida, por lo que repitió el gesto y entonces quedaba claro que se arrancaría con el temón antipostureo “Public Image Limited”. Por muy tolerantes que nos digan que somos ahora, aún hay miles de personas juzgadas por su físico o discriminadas por algún rasgo en particular. Deberían ponerlo en colegios para desarrollar empatía.

La colaboración que sacó en su día Lydon con Leftfield en “Open Up” era un tremendo llenapistas que lo mismo encajaba en discotecas de pastilleros que en sesiones góticas, pero en esta ocasión le dieron un tratamiento más en clave post punk y no tan electrónico. Algo había de profético en esa frase que pedía que Hollywood ardiera, pues años más tarde se quejó de que Sex Pistols fueran propiedad del “jodido Mickey Mouse”.

Y para terminar no podría faltar “Rise”, que incluye el lema vital “la ira es energía” que le sirvió para titular sus memorias y que la peña por supuesto repitió. Parece mentira que bajo un envoltorio tan amable se incluya una denuncia del criminal régimen del apartheid.

No está del todo claro quién había ganado más de la experiencia vivida aquella noche, si un artista cuyos recitales se convierten en una válvula de escape ante reveses de la vida o un público que asistía a la clase magistral de una figura fundamental para entender la historia del rock. La revolución permanente lleva su nombre.

Alfredo Villaescusa
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