Para los artistas de verdad pasar una temporada sin pisar los escenarios supone un trauma brutal, casi como privar a alguien de oxígeno o de su sustento vital. Pero en este país de envidiosos y gente podrida hasta la médula a veces no queda otra que tomarse un descanso, desconectar por una temporada y regresar con fuerza, con la cabeza bien alta para demostrar lo que uno vale, renacer de entre los muertos y certificar que el funeral todavía ni siquiera se divisa en el horizonte.
Cuando saltó el famoso escándalo de la SGAE Ramoncín optó por abandonar los escenarios hasta que no se aclarara su situación procesal. En 2016 fue absuelto por la Audiencia Nacional de los delitos de apropiación indebida y falsedad documental. Una vez que pudo colgar el merecido cartel de inocente a su espalda, estuvo en condiciones de recuperar la relación que había perdido con muchos lugares de la península, como su querido País Vasco, tan importante en su trayectoria.
Todavía recordamos aquella épica actuación en la sala Stage en 2024, donde incluso lució el característico rombo pintado de la primera época. La limitación de tiempo supuso un importante hándicap entonces, pero pudo sacarse la astilla con ganas en 2025 en el Kafe Antzokia, y así llegamos a una nueva visita a la capital vizcaína con una fecha con entradas agotadas y otra a punto de hacerlo, pues pocas entradas faltaron para el lleno total.
Acudimos al segundo concierto del sábado, que por lo que hemos leído fue el más largo de los dos, con una duración colosal si la comparamos con cualquier bolo hoy en día. Un respetable mayoritariamente femenino recibió al pionero del punk patrio, por lo que de vez en cuando se colaba algún grito del estilo de “¡Ese culito!”, como si aquello fuera en realidad un club de boys en vez de una actuación de rock.
Ramoncín
Antes de nada, hay que señalar que Ramoncín lució una envidiable forma física a sus 70 palos, uno de esos casos prodigiosos similar al de Bruce Springsteen, Mick Jagger y tantas otras leyendas que desafían a la propia naturaleza cada vez que se suben a las tablas. Y encima en esta ocasión el veterano artista estaba acompañado de una auténtica bandaza que presume ser de lo mejorcito del género en este país, un servidor desde luego no discutirá ese argumento, porque sí que era una pasada contemplar las habilidades de los distintos componentes.
El comienzo pudo poner piel de gallina a cualquiera con un emocionante “Ángel de cuero” en el que se coló hasta algún guiño al “Jungleland” de Springsteen, si no me equivoco. La cosa se elevó con “Sangre y lágrimas”, muy deudora también del Boss, pero otra de las piezas donde verdaderamente podía lucirse a nivel vocal el televisivo frontman.
Lo bueno que tiene el Kafe Antzokia es que no suele haber separación entre artistas y público, a excepción del típico grillao de turno, por lo que Don Ramón y su banda buscaron en todo momento el contacto con los fieles acercándose o bajando directamente las escaleras. Supongo que para que este aspecto no se fuera de madre, había un equipo de seguridad que pidió retirar los objetos de los escalones superiores. Es de vergüenza el mercadillo de ropa que se monta en invierno que dificulta la labor de los fotógrafos, que a veces también deben aguantar a espectadores ignorantes incapaces de entender el oficio.
Las gargantas se elevaron hasta la estratosfera con el himno “Putney Bridge”, con letra adaptada para la ocasión que decía que “si vuelven los fachas” es que evidentemente algo andaba mal no, fatal. La parroquia se deshizo en elogios hacia el músico, aparte de los ya mencionados de las féminas sobre su físico, y se escuchó por ahí un “¡Rock and Roll, caguen Dios!”, antes de que le lanzaran una camiseta del Athletic que amagó con quedarse.
Cualquiera que haya asistido a un concierto del madrileño sabe que nunca renunciará al compromiso simplemente por quedar bien. Por eso desde el inicio alertó de que a los malos se les descubre enseguida por estar en contra de la sanidad pública y otros servicios básicos. Más tarde recordó la vigencia en la actualidad de canciones compuestas hace varias décadas como “La chica de la puerta 16”, añadiendo al final que casualmente el 016 es el teléfono de atención a las víctimas de la violencia contra la mujer en España.
La suburbial “Chuli” fue uno de los grandes momentos de la velada, al igual que el blues endurecido de “¡Hola, muñeca!”, que Ramón cantó con mucha chulería desde las escaleras, al tiempo que reivindicaba su derecho a cantar ese tipo de temas mientras Mick Jagger siguiera haciendo lo propio a los 82 años con “(I Can’t Get No) Satisfaction”. Claro que sí.
Definió las canciones como “pequeñas gotas de magia” y evocó fiestas pretéritas en el Retiro con champán a las tres de la mañana como si fuera el Greasy Lake de Springsteen. Contagiado de ese espíritu nostálgico, abordó “Reina de la noche” y mantuvo el subidón con “Canciones desnudas”, que puso a las señoras a gritar como locas antes de colar una breve alusión al “Day Tripper” de The Beatles. Otro guiño para melómanos.
“Como un susurro” sirvió al frontman para recorrerse el segundo piso y parte del Antzoki antes de regresar a las tablas. A un servidor siempre le tiraron más los temas rockeros o de los tres primeros discos, por lo que hubo algún tramo que pasamos como las vacas al mirar el tren, aunque lo cierto es que resultó un repertorio bastante equilibrado en el que hubo de todo. Eso sí, supone un regalo seguir escuchando hoy en día “Rock & Roll Duduá” y “La cita” es otra de las que más suele encender los ánimos.
Se sentó la banda en las escaleras para arrancarse con “El cuchillo y la herida”, de aire crepuscular, y presumió de vocabulario callejero al asegurar que entraban ganas de “arrimar la tiza” o “picar el billete”. Emuló de nuevo a Springsteen en “The River” con “Quemando puentes”, otro instante para que se encogiera el corazón.
En “Al límite” colaron una presentación de la banda tan tediosa como la de la vez anterior en el Antzoki, por lo que nos hizo desconectar un poco, pero volvimos al mundo de los vivos con la fundamental “Hormigón, mujeres y alcohol”, que cantó a medias en castellano y euskera, presumiendo de un dominio bastante notable de la lengua de Aresti. Dos horas y media como un señor, ¿cuántos grupos son capaces de ofrecer lo mismo en la actualidad?
El personal quedó tan satisfecho que no dudó en pedir bises, a pesar de lo mucho que se había estirado la velada, pero Ramoncín no era de los que deja colgada a la peña, así que regresó contra todo pronóstico con el rock n’ roll macarra de “Felisín el vacilón”. Broche de oro.
Seguimos echando en falta temazos de su primera época como “Flores negras”, “Barriobajero” o “Soy un chaval”, pero eso no quita para valorar el colosal repertorio que se marcó este dandi de terciopelo junto a su solvente banda, un recital maratoniano que le acercaba en otro aspecto más hacia su ídolo el Boss. Independientemente de los gustos de cada cual, poca gente existe en este país capaz de semejante gesta. De enmarcar.
El punk me salvó la vida y el hard rock siempre ocupó un lugar especial en el corazón, al igual que el rock gótico, pero nunca me he cerrado a otros géneros. Cual buscador de oro en el lejano Oeste, agito mi peculiar colador para quedarme con aquello que particularmente llame la atención o sobresalga del resto de propuestas, pues creo con firmeza en la vieja máxima de que de todo se puede aprender, o sacar algo de provecho, como decían los antiguos.
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