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Crónicas

Iggy Pop en Jazzaldia (San Sebastián): Medio siglo de suciedad y transgresión

«Un broche de oro a medio siglo de suciedad y transgresión, un espíritu de locomotora desbocada que no se amilana ni aunque haya que tocar en un teatro o auditorio.»

23 julio 2022

Auditorio Kursaal, San Sebastián

Texto y fotos: Alfredo Villaescusa

Un servidor adora por convicción todas esas cosas que no son lo que parecen. Es evidente que cada uno posee unos esquemas mentales determinados y esos se ponen en funcionamiento casi mecánicamente al conocer gente o incluso al ir a ciertos sitios. Pero hay ocasiones en las que se producen fallos del sistema, igual que si fueran espejismos en un desierto, y lo que imaginábamos horrible se torna maravilloso y de una belleza sin parangón. Los sentidos a veces también nos engañan y nos inducen a pensamientos equivocados cargados de prejuicios.

Lo de ver a Iggy Pop en el selecto auditorio del Kursaal de Donosti era claramente uno de esos casos en los que cualquier rockero se preguntaría qué diantres hace un artista tan salvaje en tan encorsetado recinto. Vayamos por partes. Como algunos ya sabrán, hubo bastante baile de fechas en esta última visita de la Iguana de Detroit y lo que iba a ser una actuación en el festival Azkena vitoriano acabó como parte de la programación del Jazzaldia, esa cita anual con el jazz en San Sebastián en la que cada vez son más habituales los nombres ajenos a este género.

Dicen que uno de los aspectos más impactantes de los shows de Pop en los inicios de su carrera era que nadie sabía lo que podía suceder en un concierto suyo. Lo mismo se embadurnaba salsa de cacahuete en el torso desnudo que se lanzaba al público en un momento dado, tratando de reproducir las mismas impresiones que le causó Jim Morrison de The Doors la primera vez que lo vio en directo.

Para empezar, el espectáculo no se inició a la manera habitual, sino que antes se puso por la pantalla un breve filme de quince minutos que narraba la historia de un fan que consiguió conocer a su ídolo, Iggy Pop. A pesar de que quizás no eran horas para aquel acto promocional, lo cierto es que la obra poseía un indiscutible atractivo para cualquier melómano. Algunos asistentes no lo entendieron así, por lo que optaron por chillar como monos y evidenciar su total falta de educación y respeto. Eso unido a las habituales y molestas cotorras generó un ambiente estruendoso en el que se tornaba una auténtica proeza distinguir una frase del mentado filme en versión original.

Menos mal que todo enmudeció cuando Iggy Pop salió a escena para demostrar que a sus setenta y cinco palos todavía es capaz de marcarse conciertazos antológicos. Como a los foteros no nos permitieron entrar hasta el segundo tema, suponemos que seguiría la tónica recurrente de la gira e iniciaría el recital con la pieza instrumental “Rune” en la que cobra protagonismo la guitarrista Sarah Lipstate.

“Loves Missing”, de su último álbum ‘Free’, ya puso al personal de pie, y así se quedaría la mayor parte del tiempo, con las butacas como una suerte de molesto accesorio decorativo. A Iggy a estas alturas de su vida le cuesta más ejecutar salvajismos de antaño como encaramarse a monitores y demás, pero la voz no ha perdido ni un ápice de fuerza. Resonó con grandilocuencia en las piezas casi recitadas de su material más reciente mientras que otorgó la dignidad necesaria a esos himnos que todos queríamos escuchar.

En este sentido, brillaron las celebérrimas “Lust for Life” o “The Passenger”, que muchos recordarán por ‘Trainspotting’, aquella película que nos cambió la vida a mediados de los noventa cuya banda sonora debería ser inmortalizada en formol. Impresionante se tornó del mismo modo el “T.V. Eye” de The Stooges, una brutalidad absoluta tanto como lo sería a comienzos de los setenta.

No puedo evitar referirme al significado del título de esta canción que hace referencia a las miraditas que echa una chica cuando le interesa alguien sexualmente. Y esto llama la atención en una época en la que cierto ministerio gubernamental quiere prohibir las “miradas lascivas” en el trabajo con un afán represor más conectado con el ideario falangista que con cualquier atisbo de igualdad.

Otro aspecto que nos chocó antes de ir al concierto fue saber que en el grupo de Iggy habría sección de vientos, pero ahí también nos equivocamos, pues ese aporte fue de lo mejor de la velada, realzaron todos los temas, elevando incluso “Death Trip”, que en estudio se antoja mucho más plana, y legando una verdadera obra maestra en el caso de “Gimme Danger”, que lució atmósfera spaghetti-western en una impecable coalición de talentos. Solo faltó Clint Eastwood con el poncho mascando tabaco.

Incluso la novedad “James Bond” superó la versión de estudio, al igual que el clásico de su etapa berlinesa “Sister Midnight”. El repertorio anduvo muy equilibrado, con pocos cortes cercanos al jazz experimental que tal vez justificaban su inclusión en Jazzaldia, y con muchas miradas hacia ese pasado glorioso inventor del punk que no se debería olvidar.

Escribí este tema hace 50 años, cuando era pobre y sucio”, nos contó Iggy antes del inmenso in crescendo “I’m Sick of You”, aunque luego añadió: “Bueno, todavía soy sucio”. El espectacular frontman se paseó como si tuviera puesta una camisa de fuerza y en un momento dado hasta se cayó al suelo, pero enseguida le ayudaron a levantarse. A pesar de esa cojera que ya no puede camuflar de ninguna manera, hay que alabar la entrega de un artista que prefiere romper la pana sobre el escenario en vez de entregarse a una apacible jubilación. Gracias infinitas por llegar a viejo y no morir de sobredosis.

El comienzo reconocible desde el primer segundo de “I Wanna Be Your Dog” elevó los ánimos hasta la estratosfera y volvió a relegar a las butacas a su función decorativa. Uno de esos instantes álgidos por los que merecía la pena el show y que además contó con un reseñable final con Iggy pegándose golpes en el pecho como Tarzán y amagando con lanzarse al público como en sus tiempos mozos. Nostalgia del desfase.

Regresó para los bises con “Page” de ‘Free’, entonando con voz de crooner, otro de esos pequeños caprichos que hay que conceder a un señor que durante toda su trayectoria siempre ha hecho lo que le ha dado la real gana, así que sin problema, un peaje minúsculo para todo lo que nos había regalado Iggy Pop.

Los hijos olvidados del mundo aullarían al unísono al escuchar la bomba sónica de “Search and Destroy”, con esa letra inmortal que sin duda marcó el pistoletazo de salida del punk al afirmar que tenía “el corazón cargado de napalm” y que sobrecoge todavía a día de hoy, que no se desplome ningún ofendidito, por favor.

Un broche de oro a medio siglo de suciedad y transgresión, un espíritu de locomotora desbocada que no se amilana ni aunque haya que tocar en un teatro o auditorio. El carácter anárquico del intérprete quedó reflejado en el gesto de lanzar el micro al suelo antes de pirarse y dejar a los demás oficiando a toda pastilla, incluidos los vientos. Eterno Iggy.

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Esta entrada fue escrita por Alfredo Villaescusa

1 comentario

  • Juandie dice:

    Extenso resumen hacia el pedazo de concierto que ofreció un ilustre como IGGY y sus buenos músicos en la rockera ciudad de San Sebastian presentando su nueva placa de estudio.

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