Crónicas

Bunbury

«La actitud definitiva»

2 diciembre 2017

Palacio de los deportes, Santander

Texto y fotos: Alfredo Villaescusa

En ocasiones conviene ponerse un poco elitista. Mandar a paseo aquella máxima punk de que cualquiera puede subirse a un escenario y petarlo. En una hipotética selección natural de artistas únicamente quedarían unos pocos y el resto se podrían ir a freír churros, dedicarse a coleccionar sellos o cualquier otra edificante actividad. En tiempos en que miles de estrellas arrastran su leyenda con más pena que gloria, deberíamos torcer el morro ante aquellos que cobran entradas a precio de oro y luego ofrecen un espectáculo que ni de lejos se acerca a lo que uno ha pagado. Podríamos dar nombres hasta aburrir, pero preferimos centrarnos en los que, como Bunbury, están por encima del resto de los mortales.

Por mucho que pertenezca al club de los odiados junto a Loquillo o Ramoncín, sus directos siguen siendo de sentar cátedra, el argumento definitivo para cerrar bocas, aunque ya nos decía el aragonés que “con ignorantes no se conversa”. Y no hablemos ya si se trata de un tipo que vive un momento de inspiración boyante con un lanzamiento como ‘Expectativas’ que puede contarse entre lo mejor del año y probablemente de su trayectoria en solitario.

Había por tanto expectación mayúscula ante el inicio de la nueva gira del ex Héroes del Silencio en el Palacio de los Deportes de Santander, una cita que congregó en torno a 3.000 personas, con presencia mayoritariamente femenina, algunas con sombrero y otras muy petardas, como el trío de cacatúas que se nos colocó delante que decidieron celebrar su noche de chicas en un concierto del maño. Nunca nos cansaremos de denunciar a estos infraseres que pagan para pasarse todo el rato de cháchara o mirando el móvil, repugnantes costumbres contemporáneas.

Con un leve retraso de unos diez minutos, tras una intro instrumental de “Supongo”, Bunbury desplegaba todo su inconmensurable arsenal de poses excesivas de guay con “La ceremonia de la confusión” y rememoraba el descaro del glam a lo Gary Glitter con “La actitud correcta”, de escucha obligada para cualquiera que pretenda subirse a las tablas. No tardaron en arreciar los gritos de “¡Enrique! ¡Enrique!” que se prolongarían casi sin descanso durante el resto del recital y demostrarían que el respetable comía de su mano, tan dóciles como fierecillas domadas y prestos a las órdenes de su amo y señor.

La necesaria en tiempos de crispación “Cuna de Caín” retumbó con la dignidad requerida y las primeras miradas hacia atrás serían “Los inmortales” y “El anzuelo”, esta última de su álbum de trotamundos ‘El viaje a ninguna parte’. Relajó espíritus con ese exquisito soul a lo Sam Cooke de “Parecemos tontos”, aunque lleno de fuerza, incrementado además por esos característicos movimientos del aragonés errante deudores de Raphael. Era buen momento para reparar en el espectacular juego de luces que llevaba para esta gira, con múltiples efectos y una especie círculos en el fondo que se asemejaban a vinilos.

Y siempre pensamos en Joaquín Sabina al escuchar “Porque las cosas cambian”, una pieza de las que se han convertido en fijas en sus bolos más recientes y que refleja como pocas esa peculiar comunión existente entre Bunbury y su devoto público, al que cedió el final de la estrofa de “porque vuestra amistad me sostiene de cumbia madre”. A continuación, el maño se puso digno y habló de que en la gira anterior de ‘El libro de las mutaciones’ ya se había abierto una puerta de entrada hacia otras épocas, en alusión a los cortes de Héroes del Silencio que interpretaba en directo por primera vez en su trayectoria en solitario. Y que no había intención de dar ningún portazo al respecto, vaya, porque sorprendió con una versión contemporánea de “Tesoro” de ‘El espíritu del vino’, con una marcada presencia del saxofón que quedaba un tanto rara y que nos hizo añorar el ambiente a lo Echo & The Bunnymen de la original. Pero bueno, este tema sonaría bien hasta con txalaparta y su emocionante letra no cambiaba un ápice. Una joyaza.

La declaración de amor incondicional de “El rescate” chirría cuando lo que se lleva por ahí es la insensibilidad total y que te la sude todo. Y entre tanto postureo sobrecoge asimismo un alegato artístico tan sincero del calibre del de “El hombre delgado que no flaqueará jamás”, que también sufrió una cierta transformación con riffs a lo The White Stripes y un leve toque tecno pop. No llega a los extremos de Bob Dylan de hacer sus clásicos completamente irreconocibles, pero estos lavados de cara cambian de un plumazo el rollo de la canción y en ocasiones hasta la mejoran. O por lo menos te dejan dándole vueltas al asunto.

La constatada realidad de que no existen demasiadas almas que merezcan la pena brilla en “Hay muy poca gente”, a la que aplica un leve tratamiento funky y el saxo de nuevo saltando a la palestra casi como si fuera Doctor Deseo. Pelos de punta cuando anunciaba que tocaría el primer tema que “publicó en vinilo” y se arrancaba con la inesperada “Héroe de Leyenda”, perteneciente a esa época en la que bebían The Cure por los cuatro costados y que tampoco solía ser muy habitual en los directos de Héroes del Silencio. Y aquí nos sucedió lo mismo que con “Tesoro”, quizás es que seamos demasiado ortodoxos respecto al sonido post punk que mantuvieron hasta ‘Senderos de traición’, donde esté esa atmósfera evocadora, que se quiten los nuevos arreglos, pese a que resultara muy interesante el aire setentero que imprimió al himno. Que rescate tamañas reliquias ya es un logro en sí mismo, aunque las toque con flauta travesera.

Gestos grandilocuentes recibieron a “Despierta” antes de que a Enrique le volviera a apetecer hablar para lanzar una pulla a los periodistas que le preguntan cosas que nada tienen que ver con la música y que le importan “un pimiento”, ese paralelismo entre “Cuna de Caín” y la situación en Cataluña tiene pinta de convertirse ya en un clásico. “Creo que lo que quieren saber es mi opinión en general”, dijo antes de lanzar la piedra con la corrosiva “En bandeja de plata”, que contó con un interludio de luces futuristas para quedarse anonadado. Un despliegue alucinante.

La baladita convencional de “Más alto que nosotros solo el cielo” nunca nos convenció demasiado, pero el desaguisado se solucionó rápidamente con “Mar Adentro”, con acústicas y sí respetando esta vez el espíritu de la original. “De todo el mundo” poseía cierto aire de despedida, pero Bunbury no se podría marchar sin saldar su deuda pendiente con la ciudad tras la cancelación por faringitis de su concurso en el Santander Music Festival de 2016. Y la mayoría podrían darse por resarcidos con una interpretación sublime de “Maldito duende” que fue uno de los momentazos de la noche con el maño acercándose a la muchedumbre, arropado entre fieles, sintiendo sus manos y dándose golpes en el pecho, como en los primeros tiempos de Héroes. Y no podemos dejar de mencionar esa aproximación oscurilla a caballo entre el gothic rock y Depeche Mode que otorgaba al clásico una rudeza desconocida. Inmenso.

Después de semejante muestra de poderío, cualquier cosa que nos sirvieran posteriormente sabría a poco, pero aguantamos el tipo en los bises con “El extranjero”, con el carismático vocalista calado con sombrero a lo Bogart y un acordeón insuflando poso bohemio. El descarado tributo a la música mexicana de “Infinito” siguió poniendo al respetable convencional a tono y los efluvios psicodélicos en el comienzo de “Que tengas suertecita” dotaron de otra dimensión a esta pieza imprescindible en sus directos, así como su intervalo de percusión y los flamígeros solos del final.

El sombrero se transformaba en artículo imprescindible también para la cabaretera “Sí”, que soportó una mutación inicial en un agradable jazz de garito antes de recuperar el ímpetu original y recrearse en el estribillo. Alguno se tomó las estrofas al pie de la letra y en lo de “Tal vez no existas…”, gritó a pleno pulmón: “¡Sí! ¡Sí que existes!”. Toda una prueba constatada de la existencia de un dios.

No nos podríamos marchar todavía de allí sin embarcarnos en el viaje sideral de “Lady Blue”, cuyas ondas de buen rollo debieron esparcirse por el respetable porque algunas parejas se besaron apasionadamente antes de retomar la faceta eléctrica y recrearse en los solos. El griterío de las masas obligó a Enrique a regresar de nuevo y decir su ya famoso “Una más y no jodemos más”. Aquí lo suyo hubiera sido rescatar algo del inmortal repertorio de Héroes, pero descolocó un tanto con la balada romántica convencional de “La constante”. Muchos todavía no nos movimos del sitio incapaces de creer que el sueño reventara de manera tan abrupta. Pero era una realidad.

A pesar de esta pequeña mácula, eso no quita para poder afirmar que el catálogo de canciones escogidas para esta gira sea de lo mejor que se le ha podido escuchar en solitario en tiempo. Asistencia obligada incluso para cualquier fan aperturista de su antigua banda. Su actitud no es que sea la correcta, es la definitiva. No le falta ni ese no sé qué. Eso es lo único que importa.

 

SET LIST

Supongo (Intro instrumental)

La ceremonia de la confusión

La actitud correcta

Cuna de Caín

Los inmortales

El anzuelo

Parecemos tontos

Porque las cosas cambian

Tesoro

El rescate

El hombre delgado que no flaqueará jamás

Hay muy poca gente

Héroe de leyenda

Despierta

En bandeja de plata

Más alto que nosotros sólo el cielo

Mar adentro

De todo el mundo

Maldito duende

Bises:

El extranjero

Infinito

Que tengas suertecita

Lady Blue

La constante

Alfredo Villaescusa

Alfredo Villaescusa

Eclecticismo en vena. No hay nadie que no dispare el viernes por la noche, ni hay quien esquive los disparos.
Alfredo Villaescusa
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