La necesidad de hacer piña en los momentos difíciles quizás sea uno de los impulsos más frecuentes en el ser humano. Nunca gustaron los llaneros ni los lobos solitarios, sino aquellos que hacen gala de su capacidad de adaptación sin aspavientos y no se sienten realizados si no están rodeados de su peña de turno. Y aunque gozar de semejante punto de apoyo no parezca una mala idea a largo plazo, lo cierto es que resulta una posibilidad muy tentadora cuando uno vive en un país con un presidente que suele mantener edificantes conversaciones con un perro muerto.
El universo de los argentinos Bestia Bebé es sin duda más sencillo y creíble que el del pirado de la motosierra al que aludíamos en el párrafo anterior. Colegas, barrio, fútbol, coches o amor, asuntos que a menudo se abordan al encontrarse con un conocido en cualquier garito, son los que sirven de inspiración para sus canciones a estos ya veteranos procedentes de Boedo. Curiosamente, coincidiendo con su actual periplo peninsular, había visto la luz su último disco ‘Yendo rápido a ningún lugar’, toda una obra de madurez sin desvivirse en la nostalgia.
Los grupos argentinos, o sudamericanos en general, al tocar por estos lares arrastran casi siempre una cantidad notable de compatriotas, a los que sin duda uno distingue por un desmedido entusiasmo que a los de estas latitudes nos parece de otra dimensión. Sin embargo, en el concierto de Tom Quintans y compañía en el bilbaíno Crazy Horse, la mezcla entre rioplatenses y locales estuvo bastante proporcionada, pero el desmadre colectivo se produjo de igual manera.
Bestia Bebé
Haber explorado previamente el terreno implica una gran diferencia para una banda que se sube a un escenario. Y por lo que nos comentaron, Bestia Bebé ya habían estado anteriormente en la capital vizcaína, en concreto, en el desaparecido garito Shake. Esta labor divulgativa de su música evidentemente facilitaría que se congregara una multitud bastante respetable en una jornada complicada con otras atractivas propuestas no muy lejos de allí.
“Planes perfectos” puso el foco de atención de primeras en su material más reciente, al igual que “Chaleco antibalas”. Se notaba que muchos ya habían estado empollando el temario, pues las gargantas no tardaron en elevarse. Un detalle que llamaba la atención es que su sonido era más potente que en estudio, sonaban a banda de bar, tipos acostumbrados a tocar en establecimientos hosteleros con bebidas o líquidos alzándose cada dos por tres.
“Sabés!” animó a la concurrencia, quizás por su semejanza a Carolina Durante, por algo también me comentaron que deben ser muy amigos de la banda. “Cara de piedra” incidió en su faceta más accesible antes de que decretaran que “El rock and roll pasó de moda”, una especie de canto nostálgico ante la pujanza de otros estilos entre la juventud, aparte de muestra del talento para la ironía y el humor que poseen estos señores. Que no haga aspavientos ningún talibán, pues se trata de una pieza profundamente rockera, para más inri.
“Fiesta en el barrio” y “Vamos a destruir” se debieron de interpretar literalmente, pues los pogos empezaron a brotar por las primeras filas y luego se propagaron a otras partes del recinto. Las cotorras también se asustaron, por lo que aprovecharon para refugiarse en la parte de atrás y así convertir en una tarea titánica conseguir escuchar lo que dijera la banda, aunque tampoco es que fuera un grupo de los de hablar mucho.
“Algo que siempre te quise decir” volvió a provocar convulsiones entre la parroquia, con las gargantas a tope y la mayoría saltando. No desperdiciaron el subidón, sino que lo mantuvieron con “Gustavo Costas”, que fijo que se transforma en poco tiempo en un personaje recurrente en su imaginario particular. Desde luego aquí nadie podría quejarse de que no había personal exprimiendo a tope el recital. Proteger la cámara de fotos de pisotones se antojó una tarea digna de las pruebas de Hércules.
“Si me voy no significa que te quiera menos”, el pegadizo single de su último disco, debía sonar esa noche sí o sí, y ya enfilaron la recta final con “Wagen del pueblo”. Que el repertorio escogido era del agrado de los asistentes lo certificamos cuando una chica gritó “¡Esta me gusta!” al reconocer las notas de “El atrevido”, otro de los temas resultones de su recién estrenado álbum. Me atrevería a decir que no serán pocos los cortes que se quedarán una buena temporada en el cancionero de directo.
“El descontrol” puso la guinda a una actuación impecable, con pogos en plan hermandad como picos reseñables. No imaginábamos ni de lejos que su propuesta gozara de semejante aceptación por estos lares, aunque tampoco debería extrañar, dadas las similitudes con sus hermanos espirituales de Carolina Durante.
El refugio de colegas en el que guarecerse ante inclemencias sentimentales poseía unos cimientos muy sólidos, por lo que no iba a venirse abajo con una simple ventolera. No inventan la rueda del indie ni la del rock n’ roll, pero no son una mala compañía en el camino a la madurez, ese tramo en la vida en el que los sábados a la noche devienen en un significado muy diferente al de la juventud.
El punk me salvó la vida y el hard rock siempre ocupó un lugar especial en el corazón, al igual que el rock gótico, pero nunca me he cerrado a otros géneros. Cual buscador de oro en el lejano Oeste, agito mi peculiar colador para quedarme con aquello que particularmente llame la atención o sobresalga del resto de propuestas, pues creo con firmeza en la vieja máxima de que de todo se puede aprender, o sacar algo de provecho, como decían los antiguos.
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