Los estilos a menudo evolucionan o se transforman a lo largo de las décadas. No cabe duda de que siempre debería existir un componente de ortodoxia para evitar que se pierda el norte, pero no tiene demasiado sentido aferrarse a unos preceptos determinados como si se tratara de una ley inmutable o de las tablas de Moisés. Al final lo que consigue que una escena esté viva es aquella capacidad para adaptarse al ambiente que preconizaba la famosa teoría de la evolución de Charles Darwin.
De un tiempo a esta parte hemos contemplado a varios artistas que podrían englobarse dentro de la todavía difusa etiqueta de “nuevo punk”, que sigue llevando por bandera tanto la provocación como la rabia congénita del movimiento original del 77. Lo que evidentemente se diferencia de esto último es una apertura de miras total que lleva a abrazar géneros antagónicos que quizás choque bastante a los de cierta edad, entre los que se incluye un servidor.
La desbordante pujanza de este estilo entre la juventud se pudo comprobar en las dos noches seguidas con entradas agotadas que tocó Hofe en el bilbaíno Kafe Antzokia. En la segunda estuvo además acompañado por el combo gallego Grande Amore, que logró la titánica labor de conseguir que un respetable se involucrara con su propuesta sin apenas conocer la banda, ahí es nada.
Grande Amore

Supongo que no seríamos el único que acudió el segundo día para ver también a los gallegos Grande Amore, que en su anterior visita a la capital vizcaína se cascaron un conciertazo tremendo a las puertas de los juzgados en el calentamiento previo al Bilbao BBK Live. El siempre añorado Jorge Ilegal insistió en reivindicar el tecno punk con “Juventud Egolatría” y seguramente no habría tardado en colaborar con ellos, al igual que su paisano Nacho Vegas, si la parca no se lo hubiera llevado por delante el pasado año.
Partiendo de la base de que no existen demasiados grupos patrios en coordenadas similares, todavía cobraba mayor valor escuchar un himno de la envergadura de “Ontes fun moi malo”, que sería puro punk del 77 si no fuera por las bases electrónicas. No estaba con ellos la teclista María Grep, pero no les costó traspasar la a veces infranqueable barrera entre artistas y público, y cuando preguntaron cuántos les habían visto anteriormente, muchos levantaron la mano.

Su recital fue de menos a más, con peña que se sabía las canciones y generando la conexión necesaria para fraguar una velada antológica. No faltó la ya mentada colaboración con Nacho Vegas en estudio “Ti máis eu” ni su himno “Esta pena que a veces teño”, donde el vocalista Nuno Pico acabó llevado en volandas por la parroquia, como mandaba la tradición.
Y como guiño a los rockeros de pura cepa, ahí cayó un temazo tan incendiario como el “Kick Out The Jams” de MC5, casi nada. El nuevo punk tiene que ser esto sí o sí.
Hofe

Encuadrar a Hofe dentro de la etiqueta de punk seguramente sea más polémico porque en este proyecto encabezado por Igotz Méndez lo mismo cabe la electrónica que la cumbia o la bachata, así sin anestesia, aparte del autotune, claro. Pero que el rock se encuentra en su ADN uno lo descubre en ciertas referencias que cuela en sus canciones, en su glorificación del barrio y de todo lo suburbial o en esa actitud de comerse el mundo cada vez que se sube a un escenario. Dicho ímpetu arrollador no resulta tan frecuente.
Ya de entrada, la intro fue el “Bitter Sweet Symphony” de The Verve, si no me equivoco, y con el callejero single “R.A.” las gargantas se desataron como pocas veces hemos visto con un artista de nuevo cuño. Los guiños de los que hablábamos en el anterior párrafo aparecieron en el mismo título de “Ian Curtis”, cantante de Joy Division, para los iletrados, o en “2 Esku 2 Laban”, donde se cuela el influyente Eduardo Benavente de Parálisis Permanente. A sus pies.

El concepto que imperaba en las tablas no estaba demasiado alejado del de La Élite, con un compi a la percusión y batería electrónica y una bajista que también le daba a las programaciones, samplers y demás. ¿Sin guitarras? Pues bueno, sí, pero lo cierto es que meten tanta tralla en el escenario que en pocas ocasiones se echan en falta.
Igotz consideró a Bilbao su “segunda casa” antes de que irrumpieran los gritos de “ari, ari, joven lehendakari” y presentó a Xabi Bilbao, vocalista de TOC, para el tema que ambos cantan en estudio, “Bi miru gu”. Se puso más pop con su último single “Tan Petit” y volvió a desbordar el recinto desatando pogos con “El Xokas” o su recordada colaboración con La Élite de “Vampireando”.

El personal a punto estuvo de invadir el escenario, rasgo fundamental para distinguir un bolazo de un concierto más al uso en el Antzoki, y hasta hubo un punto surrealista cuando Igotz devolvió al final una zapatilla a alguien que seguramente lo dio todo en algún pogo. Acostumbra a despedirse con una cumbia sonando por altavoces, pero ese tipo de ritmos a un servidor ya se le escapan de las manos, así que fue un buen momento para poner pies en polvorosa.
A pesar de este último detalle, lo cierto es que nos moló mucho más de lo que imaginábamos, Igotz sigue siendo un frontman descomunal, capaz de hacer que la peña coma de su mano en cuestión de segundos, y si alguien lo duda, que vaya a un concierto suyo. Estos son los adalides del nuevo punk, aceptémoslos con los brazos abiertos y superemos los prejuicios producto de la edad, la educación recibida o vaya usted a saber qué. El futuro les pertenece.
El punk me salvó la vida y el hard rock siempre ocupó un lugar especial en el corazón, al igual que el rock gótico, pero nunca me he cerrado a otros géneros. Cual buscador de oro en el lejano Oeste, agito mi peculiar colador para quedarme con aquello que particularmente llame la atención o sobresalga del resto de propuestas, pues creo con firmeza en la vieja máxima de que de todo se puede aprender, o sacar algo de provecho, como decían los antiguos.
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