A Antonio Postius no le ha temblado el pulso a la hora de compaginar su destreza a las baquetas con empuñar una guitarra y ponerse frente al micrófono. El batería de proyectos como Mourn, Gyoza, Madee o Montesco, entre otros, ha dado un paso adelante con la publicación de su primer álbum de larga duración, que toma el testigo de su EP 'Dejando entrar el dolor' (2025). El resultado es 'Todo dicho', un disco intimista y profundamente personal que marca un nuevo hito en su trayectoria. "El ladrón", "Al fin" y "Mi lugar" fueron algunos de los temas que fueron introduciendo a sus oyentes en esta nueva etapa, de la que hablamos a continuación.
Tras años como batería en bandas referentes, pasas al frente como cantante y guitarrista. ¿En qué momento sentiste que las baquetas ya no eran suficientes para contar lo que necesitabas sacar de dentro?
“Pues la verdad, hace varios años atrás ya. Desde los 16 años, he grabado voces de coros y efectos narrativos o dramáticos en algunos discos de RedBears, Gyoza y Barg. Y a pesar de que la batería fue mi hiperfoco más temprano y que, con perspectiva, veo que fue la decisión correcta para llegar hasta aquí, cantar y hacer mis propias letras era algo que sabía que quería hacer en algún momento. Eso sí, que fuese en solitario, a los 19 me hubiese reído solo de pensarlo”.
En una industria dominada por el algoritmo, ¿cómo se sostiene esa fidelidad a uno mismo sin sucumbir a la prisa por encajar?
“Primero, tienes que tener muy claro cuál es tu límite personal para "vender", digamos. Cuál es tu límite de que tu música llegue a la gente y que no te dé "asco" por lo complaciente y "lo que funciona y a la gente le gusta". Yo tengo varias líneas rojas muy claras, y la principal es: “¿Me gusta? ¿Suena como a mí me gusta sonar?”. A simple vista puede parecer una pregunta muy obvia, pero muchísimos músicos aparcan todos sus gustos y previos valores para llegar a los mayores números posibles. Yo no. Si lo que he creado ni me acaba de gustar ni suena acorde a lo que a mí me apasiona, queda totalmente fuera de la mesa. Si el precio a pagar es no vivir de mis canciones, ya tengo la batería, que sí me da de vivir a día de hoy”.
Defines este trabajo como una vía de escape hacia lo positivo a través de exponer emociones negativas. ¿El título del disco implica que has cerrado un ciclo de catarsis o que has llegado a una calma personal tras soltarlo todo?
“Las dos opciones. Este disco trata diferentes vivencias de los últimos tres años en especial, junto con algunos asuntos de los que ya empezaba a abrirme con los dos EPs anteriores. Es decir, este disco es una catarsis total, unas aguas que ahora están más calmadas”.
Siempre has defendido la música como un diario transparente, llegando a incluir audios de WhatsApp reales. ¿Genera vértigo saber que el público está escuchando pasajes tan explícitos y personales de tu vida al darle al play?
“Es una mezcla de sensaciones. Por un lado, cuando iba a salir "Dejando Entrar El Dolor", que es donde empiezo a ser realmente explícito sobre mis vivencias, las últimas horas antes de sacarlo sí que tuve un poco de "panic attack" previo, al ser la primera vez que cosas tan privadas (sin hacer realmente público nada ni a nadie) iban a sonar para siempre. Ya que esa nota de voz es totalmente real y la persona a la que se la envío es, sin duda, real. Pero ahora creo que he encontrado un buen punto medio entre "abrir las puertas de mi casa" y respetar el anonimato de las personas con las que tengo esas vivencias”.
En "El ladrón" abordas la ansiedad que causa el silencio como castigo tras un conflicto. ¿Qué tan liberador ha sido transformar esa frustración en un tema y qué feedback has recibido de quienes se han sentido reflejados?
“Para mí, ha sido, de la mejor manera que sé, dejar claro lo que es, a mis ojos, una mala praxis que sucede cada día por parte de mucha gente, y jamás dejaré que vuelvan a repetir conmigo. Por suerte o por desgracia, nadie me ha hecho saber personalmente que la letra de "El ladrón" le diese donde duele o se sintiese atacado por ella. Si así ha sido, no me lo han hecho saber de momento”.
"Al fin" trata sobre quitarse la mochila, volar y despedirse de quien no supo estar en tus momentos más oscuros. ¿Ha sido la canción más dura de componer y cantar?
“No fue la más dura de componer. Pero sí que cada vez que la revivo tocándola, me doy cuenta de que tiene un peso muy personal y liberador. Es una apertura en cuanto a mi manera de ser y mis traumas más antiguos (el niño, lo mucho que llego a llorar, dejé al niño descansar, etc.). Pero el estribillo es, en esencia: "Ese niño ya es adulto y ya ha decidido hasta dónde sí y hasta dónde no". Es un tema fuerte para mí, pero no el más duro en comparación con otros del disco”.
En el primer adelanto, "Mi lugar", hablas de perdonarse a uno mismo por los errores del pasado y aceptar la propia vulnerabilidad. ¿Consideras que este aprendizaje sobre el perdón es el verdadero pilar sobre el que se edifica el disco?
“Desde luego. Este disco es, en esencia: “No cambiaría todo lo que ha pasado, porque, aunque me joda, es lo que me ha llevado a donde estoy hoy. Pero ha sido como tenía que ser. Perdono a otros y, como dice "Al fin": "Perdono y continúo, no puedo dejarme frenar”.
Volviste a trabajar con Lluís Cots (ex-Madee) y Víctor Valiente (Sidonie, Standstill), quienes, según dijiste, saben "bajar a tierra tus desórdenes y locuras". ¿Cuál fue la idea más descabellada que tuvisteis que encauzar durante la producción?
“Hasta ahora, uno de los "baches" con los que me topo en el estudio es que yo tengo una idea de canción en la cabeza, pero, para que salga un buen disco, hay que concretar, saber aprovechar el tiempo y decidir qué entra y qué se queda en la puerta. Yo tengo una devoción por lo épico y dramático. Eso conlleva grabaciones densas y tiempo. Es ahí donde entran Víctor y Lluís a hacerme ver la realidad: que hay un horario, tempos, que las cosas tienen que reposar y, sobre todo, que no puedo pretender grabar 12.000 pistas en cada canción (risas). Con ellos, he aprendido a apreciar muchísimo más el minimalismo necesario en ciertos momentos. Si entraseis al estudio un día, oiríais cosas como: "Antonio… ya tenemos golpes de Goliat, no hace falta grabar golpes de bombo con maza aparte…" o "¿Tirar un Mesa Boogie al suelo para crear sonido de caos al final? ¡Pero qué dices!". Si por mí fuese”.
El disco cuenta con una Intro y un Interludio que vertebran sus ocho cortes. ¿Cómo diseñaste el orden y el ritmo narrativo para que la escucha completa se sienta como una experiencia con principio y fin?
“Una vez todo listo, le dediqué casi dos días a escuchar una y otra vez para ver con qué me pedía seguir al terminar el tema anterior. No quiero que se distraiga la gente durante la escucha o que le acabe sonando como ruido pasivo de fondo. Pero ahí juego con, por ejemplo, lo abajo que acaba "Intro" y, de pronto, el break de toms con que empieza "Dime" o "Mi lugar" y, de pronto, la batería y quintas de guitarra a todo trapo de "El ladrón". Y, sobre todo, que el oyente no deje de sentir que sigue en el mismo "libro". Me aseguré de eso con "Interludio", que es una ampliación o "reprise" de "Intro", pero mucho más nítido y melancólico. Literalmente, el ruido de fondo de viento representa el sentirse como en la calle de noche y sin tener adónde ir (esa calle fría es mi cabeza)”.
Reafirmas que nunca dejarás de ser batería y mantienes esa faceta con proyectos como Barg. ¿Cómo conviven en tu día a día el Antonio Postius introspectivo y reflexivo de 'Todo dicho' con el músico explosivo que canaliza energía detrás de los parches?
“La verdad es que conviven a la perfección. El seguir siendo batería mantiene mi esencia deportiva, de máximo estímulo y más impulsiva. El resto del tiempo, tengo el espacio para vivir, reír, llorar o como se presente el día, y coger una guitarra y dejarme comer por mi propia narrativa”.
Recientemente has hablado de adicciones. ¿Este debut ha sido tu terapia para superarlas o sigues luchando?
“Gracias a mí y a mi alrededor, conseguí dejarlo definitivamente atrás. Tuve más recaídas de las que me gustaría haber tenido… Pero, sin duda alguna, dar el gran paso a la sobriedad y, junto con ella, empezar a ver de verdad todos los cambios que había que hacer para empezar a vivir al completo fue, si no la mejor, una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida”.
¿En qué capítulo de tu vida como persona y músico te encuentras ahora?
“Ahora mismo, objetivamente, ya he alcanzado lo que quería desde los diez años: vivir de la batería. Ese es para mí el éxito palpable y realista a día de hoy. Pero, con la salida de ‘Todo dicho’, acabo de formalizar esta nueva faceta. Y la voy a explotar hasta que el cuerpo me lo permita”.
¿En este disco te has inspirado en Dave Grohl con el debut de Foo Fighters y tocas todos los instrumentos?
“Dave Grohl siempre vendrá a la mente de cualquier batería de rock que pase del sillín de batería al micrófono. Pero la verdad es que he pensado en muchísimas otras figuras e ídolos, dado que, en lo sonoro y emocional, han sido para mí la máxima influencia. Hasta hoy, he grabado todas las voces y la mayoría de las baterías. Pero tiene pinta de que para el siguiente disco me habré ocupado de bastante más”.
¿Dónde te sientes más cómodo? ¿Haciendo ruido y sudando con bandas o grupos o en tu faceta más introspectiva?
“Ahora no puedo vivir sin ni una ni otra. Necesito tanto levantarme e irme directo a tocar y dar buenas hostias a la batería (porque no toco especialmente suave), como coger la guitarra para siempre, digerir las cosas positivas y negativas que me pasan y tener algo que sea mío al cien por cien, y que no tenga que cortar porque los otros miembros no lo vean o estén en desacuerdo. Obviamente, necesito de otros músicos y productores, etc. Sin ellos, no habría nada de lo que hago. Pero me trae exagerada paz saber que tengo algo con lo que no tengo que ponerme de acuerdo o batallar la visión estilística, etc”.
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