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Crónica de Roskilde Festival, con The Cure, David Byrne, Wolf Alice o Napalm Death en Dinamarca: Una magia indescriptible

The Cure. Foto: Steffen Joergense

Ya os lo sabéis. Primer fin de semana de julio, significa que Juanlu Herranz estará visitando el festival de Roskilde, uno de los más veteranos y longevos del continente europeo. Y puntualmente os trae las vivencias de cuatro días de música, arte y activismo, que en pleno 2026 suena a utopía irrealizable. Pero se cumplió con creces en el recinto que se convierte en la cuarta ciudad de Dinamarca por una semana.

Roskilde es el mejor festival que conozco, y no conozco pocos. Es el único en el que el cabeza de cartel es el propio evento. Da igual que sea menos afín a tus gustos en una edición, porque termina el festival y ya estás pensando en volver. La magia de Roskilde no se puede explicar, se tiene que vivir. Como esas inexplicables remontadas del Madrid en el Bernabéu, que escapan a toda lógica.

Foto: Juanlu Herranz

En un año en el que solo nos ha faltado que nos nevara (ha habido sol abrasador, lluvia impenitente y viento huracanado), mi amor por el festival ha salido más fortalecido que nunca. El mítico escenario Orange ha crecido en tamaño con una enorme inversión, de cara a poder albergar producciones de artistas masivos que en los últimos años habían dejado de estar presentes en los carteles. Veremos el año que viene en qué se traduce eso. De momento, este año he visto grupos de mi vida, grupos a los que no había visto nunca en directo y grupos a los que mejor no vuelvo a ver en adelante.

Un festival como se entendía a finales de los años 90, donde aprendías y no ibas con una ruta prefijada de antemano, porque no existía la posibilidad de escuchar toda la música del mundo a través de un clic. Me hago mayor, pero mi amor por la música en directo sigue sin decaer.

Miércoles 1 de julio

Como habíamos llegado pronto el día anterior, ya habíamos realizado todos los trámites de acreditación, colocación de la tienda en el camping y noche de aclimatación en Copenhague, así que llegamos pasado el mediodía y pudimos estar a la una en el recinto para un tour que preparó la organización para enseñarnos varias de las instalaciones artísticas de esta edición, una manera de ver de primera mano, que no es sólo música lo que late en el recinto.

En lo musical, arrancó a las cinco de la tarde en el escenario EOS de la mano de Iceage, grupo local con ya larga trayectoria dentro del post-punk moderno y que venían con nuevo disco editado apenas hacía un mes. Público muy metido en la actuación y un carismático cantante, Elias Bender Rønnenfelt, que se lanzó en varias ocasiones al público.

Dando un cambio de rumbo, estrenamos uno de los dos nuevos escenarios de este año, el Lagune (en paralelo al EOS a poca distancia a la derecha de este) para descubrir a una familia dedicada al soul más tradicional Annie and the Caldwells. No se si quedarme con la matriarca o con la más activa de las hijas, pero el chorro de voz y de sentimiento que ofrecieron durante su actuación van a hacer que siga sus pasos, ya que apenas tienen un disco editado el año pasado, ‘Can’t Lose My (Soul)’, pero parece que lleven media vida en el negocio.

Wolf Alice. Foto: Christian Hjorth

La primera toma de contacto con el nuevo Orange (se nota bastante el aumento de tamaño del mismo) vino de la mano de Wolf Alice. Son unos habituales en los escenarios de nuestro país, pero debutaban en el festival danés. Ellie Rowsell lleva casi todo el peso escénico del grupo, pero todos suenan perfectos. Su último disco ‘The Clearing’, no me parece el más entonado, y apostaron por darle el mayor protagonismo, algo totalmente entendible, pero cuando más disfruté fue cuando sonaron temas ya clásicos como “Formidable Cool”, “Yuk Foo” o el cierre con “Don’t Delete The Kisses”.

No abandonamos las guitarras para ver a los estadounidenses The Sophs en el otro escenario nuevo de este año, Fauna. Muy buenas sensaciones para otros debutantes (y es que en Roskilde siempre buscan nuevos valores que luego suelen acabar despuntado) que apenas tocaron media hora, pero mejor corto, conciso e intenso en un estilo de rock alternativo como el suyo, que ponerse a divagar.

Y tras ellos el plato fuerte del día, The Cure. Lo de Robert Smith es paranormal. Su voz suena mejor que hace medio siglo y la encarnación actual de la banda es la que mejor sonido los he visto sacar desde la primera vez allá por comienzos de siglo (llegué tarde a convertirme a su religión). El concierto fue portentoso en el sonido y con un repertorio al que es difícil ponerle pegas, más allá que se olvidaron por completo de su último disco, que me encantó. Pero vamos, por ser quisquilloso. “Plainsong”, “Pictures Of You”, “Fascination Street” o “Never Enough” en la primera parte sólo pueden ponerte en perfecta situación para entrar en su mundo y dejarte abrazar por unas melodías que son atemporales. “Just Like Heaven”, “A Forest” o “Disintegration” nos guiaron hacia el falso final de actuación. Debo destacar el trabajo a la guitarra de Reeves Gabrels y del fiel escudero de Robert, Simon Gallup a las cuatro cuerdas, con una presencia escénica majestuosa.

El bis de más de media hora, un “greatest hits” en toda regla, arrancando con la hermosa “Lullaby” y cerrando con la inevitable “Boys Don’t Cry”. Por en medio, “Friday I’m In Love” (aunque fuera miércoles), “Close To Me” o la bailonga “Why Can’t I Be You”. Cabezas de cartel indiscutibles y que conectan con varias generaciones porque la presencia de jóvenes fue casi tan nutrida como de señor mayores, como un servidor.

El día aún no había terminado y nos iba a ofrecer un maravilloso concierto de Monolord en el Lagune, llevando el espíritu de Black Sabbath cuando llegaba la medianoche. Incorporación de última hora, sustituyendo a Primitive Man, los suecos ofrecieron los riffs más pesados de todo el festival presentado su reciente ‘Neverending’ a un público pequeño, pero entregado.

Y como colofón algo de fiesta sin miramientos en el Arena (primera visita a ese escenario, casi a las dos de la mañana) de la mano del DJ japonés, ¥ØU$UK€ ¥UK1MAT$U, que nos dejó con el modo perfecto para regresar a la tienda mientras comenzaba a amanecer.

Jueves 2 de julio

Ley de Roskilde: si un día hace mucho calor, al siguiente va a caer un diluvio. Y, casi dicho y hecho. El sol nos sacó de la tienda "pronto", por lo que aprovechamos para ir temprano al recinto y asistir a un nuevo tour preparado para los medios. En esta ocasión pudimos ver los entresijos del nuevo escenario Orange y charlar con el comisario de la exposición de grafitis que congrega a ciento treinta artistas de todo el mundo. Realmente asombroso verlos por el recinto y poder conocer algo de la historia de algunos de ellos. Y, a partir de aquí, diluvio durante cuatro horas, lo que condicionó un poco las rutas previstas, pero, aun así, me dejé caer por el Fauna para ver a Dean Johnson, un artista country que, acompañado por dos músicos, creó el clima perfecto para abstraernos de lo que ocurría fuera de la carpa.

Alargamos la hora de la comida para evitar la pulmonía y arranqué con Napalm Death en el EOS. Es raro ver un concierto de los británicos sin Shane Embury al bajo; motivos de salud le han alejado de esta gira, pero está muy bien sustituido por Adam Clarkson. Dicho esto, el auténtico jefe sobre el escenario es Barney Greenway, tanto en lo visual como en lo interpelativo. En una hora, cerca de veinte trallazos que dejan un testimonio de resistencia de estos pioneros del grindcore. "Contagion" y "Throes of Joy in the Jaws of Defeatism" suenan con una rabia tremendamente actual, porque son modernas, pero clásicos como "Scum", "You Suffer" o su revisión de "Nazi Punks Fuck Off" de Dead Kennedys resultan igual de vigentes. Muy grandes.

Napalm Death. Foto: Peter Troest

Di una pequeña pasada por el Orange para ver a Little Simz, porque me gusta lo que hace y me estaba gustando el concierto que estaba ofreciendo (buena banda de acompañamiento con instrumentos para acompañar a una rapera, algo poco habitual), pero me moví al Laguna para ver a una de las artistas que más ganas tenía de ver en esta edición, Ecca Vandal. La australiana presentaba su reciente segundo trabajo, con el que ha empezado a despuntar. Y, acompañada por un batería y bases pregrabadas, montó un señor show, mezclando indie, rap y rock, algo que en principio debería resultar un pastiche, pero que en sus manos funciona.

Tras ella, turno para la mitad final de Ethel Cain en el Arena. Otra artista que ha crecido exponencialmente en los dos últimos años y que fue capaz de llenar un escenario con una propuesta artística, en principio, más íntima, pero en la que, recreando un bosque y de la mano de temas como "Gibson Girl", "Crush" y un apoteósico cierre con "Thoroughfare", se llevó una de las mayores ovaciones del festival.

Y, a continuación, la polémica del festival. Mientras en el Orange tocaban Gorillaz, aposté por ir al Laguna a ver a Uncle Acid & The Deadbeats. Primero, porque no me gusta casi nada Damon Albarn y, segundo, para disfrutar de algo de rock cañero. Y lo que estaba siendo un grandioso concierto, con una banda enchufada, se paró de golpe sin entender los motivos, por decisión de la organización. Una vez pasaron los minutos, parece que, por los problemas que arrastrábamos debido al fuerte viento, se estaba colando el sonido en el Orange y, claro, mandaron parar la actuación. Desde entonces corrió la polémica por internet entre unos y otros y acabó afectando a los horarios de la siguiente jornada.

Con la bajona (y sin tener en ese momento toda la información), y mientras iba de camino al Arena, me quedé a escuchar los últimos temas de la actuación de Gorillaz, donde están algunos de los mayores hits de la banda como “Stylo”, “Feel Good Inc” o “Clint Eastwood”. No me emocionó, pero no puedo decir que sonara mal.

Como decía, me dirigí al Arena para ver a Kneecap, la combativa banda irlandesa que hace dos ediciones tocó en el escenario más pequeño del festival, Gloria, para poco más de mil personas y que, en esta edición, reventó el segundo escenario en importancia del festival. La fuerza visual de su propuesta y su compromiso con la causa palestina estuvieron presentes en un concierto enérgico y vitalista. Los pogos se sucedieron sin pausa entre el público más joven y las letras de "Fenian" se corearon al unísono.

Las fuerzas empezaban a escasear, pero cogimos algo de resuello en la zona para cerrar el día en el Arena de la mano del dúo alemán Brutalismus 3000. Lo que en principio parece un show de electrónica al uso muta en una performance con actuación vocal en directo, en la que también jugaron con la nostalgia, pinchando el mítico "Born Slippy .NUXX" de Underworld. Otro gran cierre a la altura de una jornada muy completa.

Viernes 3 de julio

El viento volvió a ser protagonista de esta jornada, como comentábamos, y hubo cambios en los horarios que nos hicieron tener que replantear los movimientos en la parte central del día. Ya hablaremos de eso cuando llegue el momento. La jornada, en lo musical, comenzó a las tres de la tarde en el Fauna de la mano de Folk Bitch Trio, otro grupo australiano al que seguir la pista, con una mirada acústica, pero firme. Uno de los descubrimientos que no conocía antes del festival.

Mucho más fiesteros y gamberros sonaron Getdown Services en el Laguna, como si de unos Sleaford Mods rockeros y vitaminados se trataran, con reminiscencias a LCD Soundsystem o Daft Punk, pero también a AC/DC. Muy locos ellos dos, montando el show de manera continua. Entre bailes y actitud, seguro que ganaron cientos de seguidores con su actuación.

A continuación, hubo que correr para ver un ratito a Maruja en el Fauna, una de las bandas más interesantes surgidas de Inglaterra en los últimos años y que fusiona jazz con rock y actitud contestataria. Los había visto en Madrid recientemente y los dejé a mitad para ir al Arena a reencontrarme con una artista que me encanta y que aún no ha pisado suelo español, Sierra Ferrell, auténtica estrella del country moderno y que ya me enamoró aquí en 2022. Fue una hora que transitó por la delicadeza, por la pasión y por la maravilla sonora que crearon los cinco compañeros de correrías de Sierra Ferrell. Si tengo que quedarme con un solo momento (reconozco que me pasé levitando toda la actuación), sería con "American Dreaming", donde toda la carpa, al unísono, le realizó los coros en uno de esos momentos de comunión con el público que tanto se crean en el festival. Señores promotores españoles, pongan remedio a una situación inexplicable lo antes posible. Queremos a Sierra Ferrell en España ya.

Aún con las emociones a flor de piel, nos acercamos al Orange para cambiar totalmente de "diva" y pasar a una de las pujantes estrellas del pop, la norteamericana Addison Rae. Posiblemente, la mayor producción escénica de esta edición, pero es cierto que al servicio de una música bastante vacua, y lo digo yo, que he visto a casi todas las divas del estilo. Parece querer ser una especie de Britney Spears actual, pero el show resultó tremendamente hipersexualizado y sin ningún rubor a la hora de usar playback. Efectivo en lo visual, limitado en lo musical. Y eso que reconozco que "Diet Pepsi" o "Fame Is a Gun" las escucho en mi casa sin rubor alguno.

David Byrne. Foto: Steffen Joergensen

Y lo que tenía que ser la concatenación de mis dos conciertos preferidos de la jornada se convirtió en casi dos mitades. Para evitar los problemas del día anterior, la organización movió de escenario y horario a Los Thuthanaka, que se solapaban con Jennie (cabeza del día y estrella del K-pop), por lo que ya sabía que iba a tener que sacrificar una pieza de caza mayor. Ante la posibilidad de ver a David Byrne en Madrid una semana después, tomé la decisión de ver la primera mitad de su concierto aquí (cuarenta minutos) y salir corriendo a ver a los marcianos que se llevaron el número uno del año de la revista Pitchfork el año pasado. En cuanto al exlíder de Talking Heads, poco que decir. La mejor puesta en escena del festival, todos los músicos vestidos de azul y con movilidad absoluta (hasta los percusionistas), y con unas pantallas inmersivas alucinantes. No cabía un alfiler en el Arena, y con razón. Me dio tiempo a ver maravillas como "Heaven", "Houses in Motion" o "This Must Be the Place (Naive Melody)" antes de salir corriendo al Fauna.

Por lo menos no me arrepiento de la elección, porque el concierto de Los Thuthanaka fue la marcianada que esperaba, pero en positivo. Gran duelo de teclados y guitarra para recrear piezas de la cultura aymara y pasarlas por un filtro psicodélico moderno, creando auténticos momentos de trance (bien acompañados por las proyecciones). De esos conciertos que sabes que es difícil disfrutar más que estando en este festival.

Como consecuencia de estos movimientos pude ver a Jennie en el Orange. El K-pop no es lo mío, y tampoco estoy muy puesto en la banda de la que es componente, Blackpink, pero le reconozco un gran diseño de producción y que, al contrario que Addison Rae, llevaba una tremenda banda instrumental, que no actúa escondida y que le da algo de empaque a los temas. Bailarines y bailarinas lo dieron todo, y el público pareció disfrutar (era su primera visita a Dinamarca). Sí fui capaz de reconocer una versión de "Drácula" de Tame Impala, y se ve que presentó su único disco en solitario, 'Ruby', casi al completo. Me resultó una actuación agradable, para estar algo fuera de mi zona de confort.

Más disfrute en el EOS de la cantante y productora francesa Oklou. Su disco debut, 'Choke Enough', fue de los que más disfruté en 2025. Un synthpop muy elegante que defendió con un gran magnetismo y carisma sobre las tablas. El escenario se le quedó pequeño porque había gente por todos lados. Tiene pinta de que puede regresar en un par de años con un salto grande de escenario si continúa con esa progresión.

Las fuerzas empezaban a escasear, por lo que la mejor decisión era ir al Gloria (aún no lo había pisado), el escenario que parece más una sala de club que algo que esperas vivir en un festival, para retomar algo de resuello con Poison Ruïn. Sí, ya sé que parece un contrasentido ir a ver a una banda muy de nicho y cañera (en Madrid han tocado en el Wurlitzer Ballroom), pero la energía que crearon los de Philadelphia me pareció gloriosa. Y me sirvió para hacer una posterior y última incursión al Orange para ver cerrar el día a los locales Aphaca. Lo que me dejó sorprendido es que había más gente que para ver a Jennie, y estamos hablando de un concierto que comenzó a la una de la madrugada, tarde para muchos de los festivaleros que ya se habían marchado a esas horas a las tiendas o a sus casas. El caso es que en el último año han pegado un subidón, que quizás les pueda hacer comparables con Arde Bogotá en España. Su disco 'Vild Ungdom', editado en febrero, alcanzó el número uno en su país y es evidente que el público está con ellos. A pesar de venir tantos años aquí, de danés no entiendo casi nada, así que lo que puedo aportar es que no se les quedó pequeño un escenario tan gigante y que, preguntados tras la actuación varios asistentes locales para tratar de entender las razones de su éxito, han logrado conectar con la juventud de entre dieciocho y treinta años, la que llena Roskilde, en realidad.

Sábado 4 de julio

 Último día, últimas fuerzas, pero, abandonadas la lluvia y el viento, ya solo podíamos entregarnos sin descanso a disfrutar de las últimas horas en el recinto. Con las gafas de sol bien colocadas, disfrutamos de un concierto de las glorias danesas TV-2 en el Orange. Llevaban más de veinte años sin actuar en el festival, a pesar de haberlo hecho en infinidad de ocasiones con anterioridad. Público entregado y españoles que estábamos ahí tomando unas cervezas al sol con música agradable de fondo.

Y, tras ellos, llegó la auténtica revelación del festival. Hay veces que no entiendes por qué encaja todo y se crea una energía capaz de mover el mundo. Eso pasó durante la actuación de los peruanos Los Mirlos en el EOS. Todos los que portábamos banderas de la comunidad hispanoamericana nos reunimos allí y disfrutamos de la cumbia psicodélica amazónica. Temas como "Eres Mentirosa", "Un traguito de Ayahuasca", "La danza de los mirlos" o "Cariñito" ya forman parte de mis tesoros más preciados en estas ediciones. Hasta los daneses se unieron a nuestras congas para contagiarse de un "buenrollismo" real y nada impostado. Que no suene a boutade; en mi opinión, el concierto del festival.

The Callous Daoboys. Foto: Christian Hjorth

Y cambio de rumbo brusco para ir al Fauna a ver a The Callous Daoboys, para disfrutar de una actuación en la que me pareció ver a los primeros Deftones mezclados con The Dillinger Escape Plan. Muy centrado su repertorio en su último disco, 'I Don't Want to See You in Heaven', Carson Pace y sus muchachos tuvieron a bien cerrar con una fabulosa versión de "New Millennium Cyanide Christ" de Meshuggah. Reconozco que no había seguido su carrera, pero me atrevo a decir que están en su punto más álgido, con muchas posibilidades de despegar y saltar de categoría, porque en directo son demoledores.

Y no menos impactantes resultaron en el Laguna Igorrr, el proyecto bajo el que se esconde el músico francés Gautier Serre. Claro que su voz gutural, mezclada con la de la mezzosoprano Gerda Iguchi, es de esas rarezas que encajan a la perfección. Si le sumas un doble bombo arrollador, es imposible no mover el cuello durante toda su actuación. Otro de mis descubrimientos personales de esta edición para profundizar más en su propuesta.

La última incursión en el Orange fue para ver a la inglesa Lily Allen, que está girando presentando al completo su disco 'West End Girl', donde se abre en canal y narra toda la crudeza del divorcio con el actor David Harbour (Stranger Things). Una actuación que parece más destinada a las tablas de un teatro para tener esa cercanía con la que una amiga te cuenta su historia. El caso es que logra la empatía del gran público gracias a una puesta en escena cuidada. Quizás un rato demasiado agrio tras los pasos que habíamos dado en la jornada.

Y, ya encarando la recta final, Panda Bear & Sonic Boom en el EOS llevaron el minimalismo a la máxima expresión, dejando que la música fuera la única protagonista. Los componentes de Animal Collective y Spacemen 3, respectivamente, crearon una experiencia psicodélica en la que presentaron temas de un nuevo disco que no podrá oírse en plataformas para priorizar que sea en directo como conectes con las canciones, como hicimos nosotros en esta ocasión. Disfruté mucho.

Penúltimo paso del festival, Sorry en el Fauna. Los ingleses ofrecieron todo lo bueno que el indie rock de calidad puede ofrecer. Melodías, estribillos brillantes y contagiosa felicidad. 'Cosplay' es su cuarto disco y Asha Lorenz tiene un dominio del escenario prodigioso.

Y la campanada final, parecida a la del día anterior: un grupo danés que ha crecido en el último año, esta vez cerrando el Arena, que lleva por nombre Zar Paulo. Es cierto que se nos quedan igualmente lejanos los conceptos que manejan al no controlar el idioma, pero en directo resultan un torbellino, con su cantante, Emil Vammen, que no para quieto en ningún momento. Nos dejaron muy buenas sensaciones para despedirnos del recinto.

Y, mientras volvíamos a la tienda de campaña por última vez, me vino el título de la crónica de este año. Como decía el fallecido mito del madridismo Juanito: "Novanta minuti en el Bernabéu son molto longo", apelando a que lo imposible podía ocurrir por la magia del recinto. Un año más, sin el mejor cartel de su historia ni del año en Europa, Roskilde sale victorioso por muchos cuerpos de ventaja con respecto a sus competidores. Ojalá la búsqueda de la utopía dure muchos años más y que yo esté aquí para tratar de alcanzarla. Hasta 2027.

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