Hay bandas que sobreviven al paso del tiempo. ZZ Top decidió desafiar incluso a la ausencia. Cuando Dusty Hill falleció en 2021, muchos pensaron que también desaparecía una parte irremplazable de la esencia del trío tejano. Sin embargo, el propio bajista había dejado escrito el siguiente capítulo de la historia al señalar a Elwood Francis, técnico de la banda durante más de tres décadas, como la persona encargada de ocupar su lugar. No heredó únicamente un bajo; heredó la responsabilidad de custodiar uno de los legados más reconocibles del blues rock.
La gira, además, llegaba marcada por un nuevo contratiempo. Frank Beard no pudo viajar por motivos de salud y su puesto tras la batería recayó en Mike Monahan. Con dos de sus tres integrantes originales ausentes, los corrillos entre el público dejaban escapar una pregunta inevitable mientras las luces seguían apagadas: ¿seguía siendo aquello ZZ Top?
Las dudas desaparecieron incluso antes de que sonara el primer riff. Elwood Francis apareció empuñando un descomunal bajo de 17 cuerdas, un instrumento tan extravagante como la propia historia de ZZ Top. Lo que en manos de cualquier otro habría parecido un simple reclamo visual, él lo convirtió en una auténtica declaración de intenciones. Con aquella desproporcionada pieza abrió "Got Me Under Pressure", demostrando que no era un capricho estético, sino un instrumento perfectamente funcional.
Nada sobre el escenario evocaba el Texas de postal. Un gigantesco mural de grafitis y una hilera de pequeños amplificadores sustituyeron al desierto, mientras Billy y Francis irrumpían como dos viejos forajidos del blues rock: chaquetas bordadas, sombreros vaqueros, gafas oscuras y unas barbas que hace tiempo dejaron de ser un rasgo físico para convertirse en un símbolo. Sus movimientos, medidos al milímetro, parecían desafiar el paso del tiempo; un paso adelante, otro atrás, una mirada cómplice y el mismo ritual de siempre.
El repertorio fue un recorrido por los grandes clásicos de la banda. "Waitin' for the Bus" enlazó con "Jesus Just Left Chicago", mientras "Gimme All Your Lovin'", "I'm Bad, I'm Nationwide", "Sharp Dressed Man" o "Legs" demostraron que aquellos éxitos de los ochenta continúan funcionando con la misma naturalidad que el primer día. Ni siquiera la coincidencia con la final del Mundial entre España y Argentina impidió que el Poble Espanyol de Barcelona colgara el cartel de "no hay entradas".
El público acudió fiel a la cita con ZZ Top, aunque la conexión entre banda y audiencia tardó en aparecer. Un sonido irregular, con una mezcla que por momentos restó claridad al conjunto, unido a la escasa interacción de Billy Gibbons con los asistentes, hizo que el concierto avanzara con cierta distancia durante buena parte de la noche. Solo en la recta final, cuando sonaron "Sharp Dressed Man", "Legs" y la imprescindible "La Grange", el recinto terminó entregándose por completo y esa comunión, hasta entonces esquiva, acabó por hacerse realidad.
Puede que la voz de Billy Gibbons ya no conserve el brillo de otras décadas y que la formación no sea exactamente la misma que conquistó el mundo. Sin embargo, hay algo que permanece intacto: ese inconfundible sonido áspero y polvoriento que nació de la mezcla entre el blues, el rock y las carreteras del sur de Texas. Porque, más allá de los cambios y del paso del tiempo, mientras siga sonando un riff de ZZ Top, siempre habrá un pedazo del viejo sur de Estados Unidos sobre el escenario.
Decidí vivir dentro de una canción. Lo reconozco: la música me atrapó. Como músico en movimiento constante, alterno entre el escenario y el público: tocando con mi banda o tomando nota de cada detalle para transformarlo en crónicas y reseñas.
Me interesan los músicos con voz propia: mensaje, personalidad y convicción, incluso contra las modas. Por eso presto atención a los detalles y a los matices que hacen de cada momento algo irrepetible. De eso se trata: de vivir instantes únicos.
En directo, ninguna canción se repite: cada noche es distinta por el lugar, el público y el momento. Veo la vida como un setlist donde las dinámicas se ordenan para mantener el interés hasta el final del show.
El ritmo es lo de menos; lo importante es recorrer las etapas y alcanzar la meta canción a canción. Hay quien dice que soy un outlaw, un contador de historias fronterizas. No seré yo quien lo contradiga.





