Si te plantas en la sala madre de Razzmatazz para ver a Amyl and theSniffers, hay un consejo que conviene seguir antes de cruzar la puerta: infórmate bien de lo que estás a punto de experimentar y ven preparado para todo. Porque lo de Amyl and theSniffers no es simplemente un concierto. Es una descarga de punk, sudor, cerveza, saltos y decibelios en la que quedarse quieto puede convertirse en una tarea bastante complicada. Aquí no se viene a contemplar el espectáculo desde la distancia. Aquí se viene a sobrevivirlo.
Pero a este cóctel explosivo todavía había que añadirle unos cuantos ingredientes: dos noches consecutivas, un agosto de calor implacable, dos sold outs y cerca de 5.000 personas entre ambas jornadas. A estas alturas, ya empezábamos a tener claro que aquello iba a ser algo más que un concierto.
Amyl and the Sniffers
Podemos confirmarlo, salvo algún despistado que quizá se equivocó de puerta, prácticamente todo el mundo sabía perfectamente a lo que venía. Nadie había llegado hasta allí por casualidad. El objetivo estaba claro, dejarse llevar por la máquina punk de Amyl and the Sniffers y aceptar que, durante unas horas, tocaba olvidarse de la compostura.
Durante la espera, mientras el escenario permanecía todavía a oscuras, un mensaje ocupaba la pantalla y dejaba muy claras las reglas del juego. La banda reclamaba un espacio en el que todo el mundo pudiera disfrutar del concierto, con tolerancia cero ante las agresiones sexuales y cualquier forma de discriminación, ya fuera por edad, género, raza, orientación sexual, discapacidad o clase social.
"Control", "Do It Do It", "Cup of Destiny" y "Capital" fueron el primer póquer de ases que la banda australiana se sacó de la manga. Cuatro cartuchos disparados prácticamente sin dejar tiempo para recoger los casquillos. Amy Taylor seguía con la garganta intacta, manteniendo la misma fiereza y energía que la noche anterior. Llevábamos menos de veinte minutos y aquello ya tenía pinta de llevar dos horas de concierto. Y lo mejor (o lo peor, dependiendo de cómo estuvieran tus cervicales) es que esto no había hecho más que empezar.
Amy Taylor sigue siendo el centro de todas las miradas, pero sería injusto no mencionar a los músicos que le acompañan y que son parte indispensable de que estos shows funcionen como una auténtica apisonadora. Declan Mehrtens, a la guitarra, o mejor dicho, el señor Riff-Man, se encarga de disparar riffs afilados que llenan cada rincón del escenario. Bryce Wilson, a la batería, pone los cimientos y aprieta con una pegada cada vez mayor, convirtiéndose en otra pieza clave de esta máquina punk. Y cerrando el círculo, Lakota Vella, al bajo y tomando el relevo de Gus Rumer, aporta la base necesaria para que todo siga avanzando a toda velocidad.
La pista estaba ya a dos pasos de perder la cabeza. Entre el calor, los pogos y la descarga de Amyl, la euforia se convirtió en pura gasolina y en más de una ocasión hubo quien intentó saltar la barrera y plantarse sobre el escenario. El equipo de seguridad tuvo que entrar rápido para devolver a cada uno a su sitio. Nada grave, pero sí una señal inequívoca de que aquello se había ido calentando hasta rozar el desmadre punk.
Las detonaciones se sucedían sin dar tregua y ya era difícil decidir qué iba más rápido, si la música disparada desde el escenario o la legión de crowdsurfers que cruzaba la pista de punta a punta. Cabezas, brazos y zapatillas volaban por encima del público mientras Amyl and the Sniffers seguían apretando el acelerador. Aquello ya no era un concierto, era una estampida punk con banda sonora propia.
Amy también dejó claro que, por mucho que aquello fuera una fiesta de sudor, cerveza y hostias en los pogos, había una regla sagrada: “If someone goes down, pick them up”. Si alguien cae, se le levanta. Porque aquí podemos liarla todo lo que queramos, pero al colega que tienes al lado no se le deja tirado.
Y esa actitud está metida hasta el fondo en las canciones. Descaro, mala leche, cachondeo y estribillos que se pegan como chicle, pero también letras con algo que decir. "Security", con ese “I'm not looking for trouble, I'm looking for love”, y "Jerkin’", disparando actitud por los cuatro costados, enseñan las dos caras de Amyl, punk para montar el pollo, pero también punk para decir lo que piensa.
Después de apenas una hora y cuarto, la apisonadora australiana encaraba ya la recta final. "GFY" (Go Fuck Yourself) sonó como el último puñetazo sobre la mesa antes de que Amy y los suyos se despidieran de su segunda noche en la Ciudad Condal.
Setenta y cinco minutos de descarga. Suficientes para dejar a todo Razzmatazz necesitando una ducha, una cerveza y probablemente un fisioterapeuta.
Y después de semejante paliza, solo queda una pregunta: ¿quién necesita el gimnasio cuando existen los pogos al ritmo de estos australianos? Nos vemos en el próximo mosh pit. Si conseguimos levantarnos. Gracias por compartir vuestra música.
- Crónica de Amyl and the Sniffers en Barcelona: Sobrevivir es un reto - 22 agosto 2026
- Crónica de Marky Ramone’s Blitzkrieg + Klandestino en Barcelona: One, two, three, four! - 18 agosto 2026
- Crónica de Wacken Open Air (sábado) con Sabaton, Powerwolf, Arch Enemy o Airbourne: Dos grandes figuras, un regreso y una reunión esperada - 16 agosto 2026


