“Buenas noches, Barcelona”. Fueron las primeras palabras de Estevan Gutiérrez, antes de presentar a su hermano Alejandro y anunciar lo que estaba a punto de suceder: “Les invitamos a un viaje por el desierto a través de nuestras canciones”. Y quizá no había un lugar mejor para emprender semejante viaje a través del Gran Teatre del Liceu de Barcelona. La monumentalidad del teatro, sus palcos, sus balcones y aquel público expectante contrastaban con la aparente sencillez de lo que teníamos delante: dos hermanos, dos guitarras y poco más.
Estamos ante un dúo instrumental dispuesto a demostrar que, cuando las canciones tienen algo que contar, no hacen falta demasiados pasajeros para emprender un viaje. Bastaron las primeras notas de “Hijos del Sol” para entenderlo. Las guitarras de Estevan y Alejandro comenzaron a dibujar caminos interminables, polvo levantándose bajo las botas, montañas al fondo y un sol cayendo lentamente sobre el desierto. El viaje acababa de comenzar.
Gran parte del universo musical de estos dos hermanos nació precisamente de sus viajes por las zonas desérticas de Estados Unidos. Utah, Nuevo México y aquellas carreteras que parecen no terminar nunca aparecen una y otra vez como escenarios de experiencias que terminaron convertidas en canciones. Quizá por eso sus guitarras tienen esa capacidad de transportar al que escucha: parece que conocen el camino de memoria.
Y mientras nosotros empezábamos a abandonar mentalmente el Liceu para adentrarnos en algún lugar perdido del oeste americano, Alejandro iba construyendo el paisaje delante de nuestros ojos. Alternaba la guitarra con los loops que generaba en tiempo real, grabando pequeñas capas de percusión que después utilizaba como base para continuar el viaje. Tocaba, grababa, volvía a tocar y dejaba que todo creciera poco a poco, hasta conseguir que aquellos dos músicos parecieran, por momentos, una banda entera escondida detrás del escenario.
Estevan jugaba otra partida. Su guitarra y su lap steel respondían, se buscaban y se alejaban entre sí. La distorsión y el trémolo alargaban las notas y llenaban el espacio de una atmósfera cada vez más densa. Las guitarras parecían hablar entre ellas, como dos personajes de una película que no necesitan pronunciar una sola palabra para saber qué está a punto de ocurrir. Y sin darnos demasiada cuenta, aquello dejó de ser simplemente un concierto. Las guitarras estaban contando una película y nosotros estábamos dentro de ella. No había grandes artificios. No había una enorme banda detrás. Solo dos tipos contando historias con seis cuerdas.
Alejandro pidió entonces con toda naturalidad que encendieran las luces. Quería ver con sus propios ojos aquel teatro que acababa de calificar como el lugar más hermoso en el que habían tocado hasta ese momento. Y entonces ocurrió algo curioso: durante unos segundos, el Liceu dejó de parecer un teatro y se convirtió en parte de la película. Los balcones iluminados parecían ventanas de un viejo saloon y el público, sentado en silencio, casi podía imaginarse formando parte de aquella historia.
Alejandro aprovechó para recordar que ya habían pasado diez años desde que los dos hermanos comenzaron a compartir este camino a través de la música, recorriendo escenarios y conectando pueblos y personas a lo largo del mundo. Así llegó “El camino de mi alma”, como una nueva página de una historia que comenzó hace una década y que, visto lo visto, todavía tiene muchos kilómetros por delante. Las canciones se fueron sucediendo con total naturalidad, intercaladas por las pequeñas historias, conversaciones y recuerdos que los hermanos compartían entre tema y tema. Como dos viejos viajeros haciendo un alto en el camino antes de volver a ponerse en marcha. Y en ese camino hubo una parada especial.
Dan Auerbach, líder de The Black Keys, tuvo mucho que ver en el salto que experimentó el sonido de los Hermanos Gutiérrez. Su encuentro fue algo más que una colaboración: fue un empujón que llevó aquellas guitarras a otro nivel, aportando nuevas texturas, profundidad y una personalidad todavía más marcada. El resultado quedó plasmado en “El bueno y el malo”, el álbum que consolidó ese universo fronterizo que los hermanos habían ido construyendo durante años. Y de aquel disco llegó “Thunderbird”. Las guitarras volvieron a crecer y el Liceu se transformó de nuevo en algún lugar perdido del oeste. Spaghetti western, desierto, polvo y una puesta de sol que parecía estar esperando su momento.
Las luces de los balcones del Liceu parecían haberse convertido en decenas de pequeñas sonrisas dirigidas hacia el escenario. “Estamos tocando ante 50 sonrisas”, bromeaba Alejandro mientras miraba hacia las alturas del teatro, antes de volver a agarrar la guitarra y atacar “Canto Andino”. Y con aquella sonrisa suspendida sobre sus cabezas, el viaje cambiaba de paisaje.
“Los Andes”, uno de sus temas más recientes y que apenas habían tocado por segunda vez en directo, nos llevaba hasta otra de las grandes inspiraciones de los hermanos. Y de allí a “Los ojos del cóndor”, una canción que parecía escrita para aquel momento. Un cóndor sobrevolando la cordillera, atravesando montañas y fronteras, conectando Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela. Una cordillera que separa territorios, pero también los une. Una canción que habla de pueblos, raíces y de una conexión que no entiende de fronteras.
Por unos minutos, el Liceu ya no estaba en Barcelona. Estábamos en algún lugar de los Andes, viendo pasar el mundo desde las alturas. Y entonces apareció otra de esas historias que parecen inventadas. Jack Johnson, el cantautor estadounidense de folk rock, no era para ellos un artista cualquiera. Fue uno de aquellos músicos que admiraban cuando empezaban, aprendiendo a tocar sus canciones con una guitarra entre las manos.
Así que podemos imaginar la cara que se les quedó cuando un día Jack les llamó para proponerles tocar juntos. Videollamada, dos hermanos mirando la pantalla y una pregunta flotando en el aire: ¿esto está pasando de verdad? Por si acaso, hicieron una captura de pantalla. Y sí, estaba pasando. Poco después, Jack les invitó a su casa de Los Ángeles. De aprender sus canciones en casa a acabar tocando con él. Hay historias que parecen inventadas, pero a veces la vida escribe las mejores.
Porque, al final, quizá eso es lo que mejor define el camino de los Hermanos Gutiérrez: viajar, descubrir, aprender y convertir todo aquello que encuentran en música. Llegó “El desierto”. Con ella, el viaje comenzaba a tocar a su fin. Después de recorrer carreteras imaginarias, atravesar paisajes fronterizos, sobrevolar los Andes y dejarnos llevar por aquellas guitarras, los Hermanos Gutiérrez regresaban al punto de partida. Pero antes de cerrar aquella historia había que reconocer algo que, durante toda la noche, había estado ahí. La precisión. En una propuesta basada prácticamente en dos guitarras, no existe demasiado margen para esconderse. Cada nota queda expuesta. Cada silencio cuenta. Cada pequeño error puede romper la magia.
Pero allí no hubo grietas. Sonido perfecto. Ejecución perfecta. Técnica perfecta. Y un fingerpicking sublime Estevan y Alejandro dejaron que cada cuerda, cada loop, cada silencio y cada reverberación llegaran limpios hasta el último rincón del Liceu. Y quizá la mejor manera de resumir aquella noche sea volver al principio. Dos hermanos. Dos guitarras. Un teatro gigantesco. Y un desierto entero esperando al otro lado. Barcelona se quedó en el Liceu. Nosotros, durante un par de horas, estuvimos muy lejos de allí.
Decidí vivir dentro de una canción. Lo reconozco: la música me atrapó. Como músico en movimiento constante, alterno entre el escenario y el público: tocando con mi banda o tomando nota de cada detalle para transformarlo en crónicas y reseñas.
Me interesan los músicos con voz propia: mensaje, personalidad y convicción, incluso contra las modas. Por eso presto atención a los detalles y a los matices que hacen de cada momento algo irrepetible. De eso se trata: de vivir instantes únicos.
En directo, ninguna canción se repite: cada noche es distinta por el lugar, el público y el momento. Veo la vida como un setlist donde las dinámicas se ordenan para mantener el interés hasta el final del show.
El ritmo es lo de menos; lo importante es recorrer las etapas y alcanzar la meta canción a canción. Hay quien dice que soy un outlaw, un contador de historias fronterizas. No seré yo quien lo contradiga.




