El asfalto desprendía el calor acumulado durante todo el día y el aire apenas daba un respiro. Aun así, frente a la Sala 1 de Razzmatazz se formaba una larga cola de seguidores dispuestos a desafiar las altas temperaturas con tal de ver a Black Label Society. Agosto, Barcelona y una de esas noches en las que el metal pesa más que cualquier ola de calor.
Black Label Society encabezaba una velada de alto voltaje en la que Thrown Into Exile abrió fuego y Thundermother mantuvo la llama encendida antes de la llegada de Zakk Wylde. Tres bandas, tres personalidades muy distintas y un mismo objetivo: convertir la sala en un templo del rock duro durante unas cuantas horas.

Cuando cruzamos las puertas de Razzmatazz, Thrown Into Exile ya había abandonado el escenario. Complicaciones logísticas nos impidieron llegar a tiempo para presenciar la actuación de la banda encargada de abrir la velada, de modo que el protagonismo recayó directamente sobre Thundermother.
"Thundermother don't just play rock’n'roll; Thundermother are rock'n'roll!", proclamaron con orgullo. Una frase que resumía a la perfección el espíritu de una banda que no entiende el rock como un estilo musical, sino como una forma de vivir y de ocupar un escenario.

A pesar de su condición de banda invitada y del escaso tiempo del que disponía, Thundermother no desperdició ni un solo minuto. El repertorio, centrado principalmente en ‘Black and Gold’ y ‘Dirty & Divine’, recorrió también algunos de los temas que han marcado su trayectoria. Por momentos, las suecas evocaban el espíritu del hard rock melódico de los ochenta, con inevitables recuerdos a Vixen, aunque siempre desde una personalidad propia, más contundente y plenamente actual. Una actuación intensa que confirmó por qué se han convertido en una de las grandes referencias europeas del género.
No hubo tiempo para rodeos. “Can You Feel It” abrió la descarga y, a partir de ahí, cada canción fue un paso más hacia un final arrollador. “Loud and Free”, “Speaking Of The Devil”, “Driving In Style” o “Whatever” mantuvieron a Razzmatazz completamente enchufada. La conexión con el público fue tal que tanto la guitarrista Filippa Nässil como la vocalista Linnéa Vikström Egg no dudaron en bajar del escenario para tocar y cantar entre los asistentes, borrando cualquier barrera entre banda y audiencia.

Black Label Society

Entre una espesa cortina de humo emergió entonces una silueta colosal y amenazante. Era Zakk Wylde con el rostro completamente cubierto por una máscara.
Fiel a una liturgia que repite en cada concierto, el hacha del heavy metal ejecutó su particular ritual de apertura: con el brazo extendido hacia el público comenzó a grabar con su teléfono la locura del "Capítulo" catalán de Black Label Society. Pero en su puño no solo sujetaba el móvil.
Junto a él sobresalían sus inseparables figuras de acción de la lucha libre de los años ochenta, con The Ultimate Warrior como protagonista. Una imagen tan insólita como reveladora: el gigantesco guerrero vikingo compartiendo con miles de metaleros una pasión infantil que contrasta con la imponente figura que proyecta sobre el escenario.
Bastó que “Whole Lotta Sabbath” comenzara a sonar por la megafonía para que la expectación terminara de desbordarse. Era la señal inequívoca de que la espera había terminado. Un último rugido del público, la oscuridad se apoderó de la sala y el gigantesco telón con el nombre de Black Label Society cayó.
“Funeral Bell” abrió la noche con la contundencia de un auténtico mazazo. Oscura, pesada y amenazante, marcó desde el primer minuto el tono de un concierto en el que Black Label Society volvió a demostrar que el universo musical de Zakk Wylde se mueve entre riffs demoledores y una estética inconfundible.
Zakk ocupaba el escenario con la autoridad de quien lleva décadas haciéndolo. Su larguísima melena, la imponente barba, un headbanging inagotable y una estética de clara inspiración vikinga componían la imagen de un auténtico guerrero del heavy metal.

A lo largo del concierto fue alternando un impresionante arsenal de guitarras, incluida una espectacular de doble mástil, mientras una columna de calaveras coronada por una cruz, el rojo intenso de las luces y el humo terminaban de envolver Razzmatazz en una atmósfera oscura, poderosa y casi ritual.
Pero Black Label Society es mucho más que Zakk Wylde. John DeServio al bajo, Dario Lorina a la guitarra y Jeff Fabb a la batería forman un trío de enorme nivel que aporta solidez, precisión y potencia a un directo donde cada músico sabe exactamente cuál es su papel.
Sin apenas conceder un respiro, “Name in Blood” confirmó que el nuevo material mantiene intacta la esencia de Black Label Society. “Destroy & Conquer” y “Heart of Darkness” elevaron todavía más la intensidad antes de que llegara uno de los momentos más emotivos de la noche con “No More Tears”.
La inmortal composición de Ozzy Osbourne fue recibida como un auténtico himno, recordando el estrecho vínculo que une a Zakk Wylde con el Príncipe de las Tinieblas.
La emoción continuó con “In This River”, dedicada desde hace años a la memoria de Dimebag Darrell y convertida ya en uno de los grandes clásicos del repertorio de la banda.
A partir de ahí, “The Blessed Hellride”, “Set You Free”, “Fire It Up” y “Suicide Messiah” devolvieron el protagonismo a los riffs demoledores, antes de que “Ozzy's Song” preparara el terreno para un desenlace cargado de simbolismo.

Cada vez que Razzmatazz estallaba en aplausos, Zakk respondía siempre del mismo modo: con el puño cerrado se golpeaba el pecho, justo sobre el corazón, alzaba el brazo hacia el cielo y recorría la sala con la mirada.
Era un ritual que repetía una y otra vez, una forma silenciosa de decir "gracias" sin pronunciar una sola palabra.
Los temas crecían sobre la marcha encontrando espacios los ya característicos duelos entre Zakk Wylde y Dario Lorina, largos pasajes de guitarra ejecutados con una precisión casi quirúrgica y una compenetración absoluta. Más que exhibiciones de técnica, eran conversaciones musicales que enriquecían cada composición.
Con “Stillborn” llegó el desenlace. Más allá de la propia canción, el momento adquirió un profundo significado como homenaje a Ozzy Osbourne, el mentor que abrió a Zakk Wylde las puertas de una carrera extraordinaria.
La emoción se adueñó de Razzmatazz antes de una despedida que aún guardaba una última imagen para el recuerdo.
Cuando las luces comenzaron a apagarse y todo parecía haber terminado, llegó la última imagen de la noche: Zakk se santiguó en varias ocasiones, levantó la vista al cielo y, antes de abandonar el escenario, se arrodilló para inclinar la cabeza en señal de respeto. Fue la última imagen de una noche difícil de olvidar.
Detrás del icono del heavy metal, del virtuoso de las seis cuerdas y del eterno guerrero de barba interminable sigue existiendo el mismo músico agradecido que, después de cada concierto, se despide como quien sabe que nada de esto tendría sentido sin la gente que lo espera al otro lado del escenario.
Gracias por compartir vuestra música.
Decidí vivir dentro de una canción. Lo reconozco: la música me atrapó. Como músico en movimiento constante, alterno entre el escenario y el público: tocando con mi banda o tomando nota de cada detalle para transformarlo en crónicas y reseñas.
Me interesan los músicos con voz propia: mensaje, personalidad y convicción, incluso contra las modas. Por eso presto atención a los detalles y a los matices que hacen de cada momento algo irrepetible. De eso se trata: de vivir instantes únicos.
En directo, ninguna canción se repite: cada noche es distinta por el lugar, el público y el momento. Veo la vida como un setlist donde las dinámicas se ordenan para mantener el interés hasta el final del show.
El ritmo es lo de menos; lo importante es recorrer las etapas y alcanzar la meta canción a canción. Hay quien dice que soy un outlaw, un contador de historias fronterizas. No seré yo quien lo contradiga.
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