Nacido en 2014, Be Prog! My Friend llegaba en 2026 a su octava edición, convertido ya en una cita para quienes entienden el rock progresivo como una forma de viajar sin necesidad de saber exactamente dónde termina el camino. Durante dos días, La Carpa del Poble Espanyol de Barcelona volvía a convertirse en punto de partida para ese viaje. Un lugar donde las canciones pueden durar lo que tengan que durar, donde los cambios de ritmo obligan a cambiar de dirección y donde una guitarra, un teclado o una batería pueden abrir puertas hacia lugares que no aparecen en ningún mapa. Aquí no se viene a escuchar canciones de tres minutos. Aquí se viene a viajar.
Viernes, 25 de septiembre
El viernes, After Lapse fueron los encargados de abrir la puerta. Los madrileños llegaban con 'Pathways', su segundo trabajo de estudio, bajo el brazo y con la responsabilidad de poner en marcha una jornada que todavía tenía por delante muchas horas de música. Después llegaría el turno de Agent Fresco. Los islandeses aportaron una propuesta que se mueve entre el rock progresivo, la experimentación y las atmósferas más envolventes, con Arnór Dan Arnarson al frente y su particular capacidad para llevar la voz de la fragilidad a la intensidad.
A las 18:50, con la tarde comenzando a entregar el testigo a la noche, irrumpía Einar Solberg. Las expectativas flotaban altas en el ambiente. Muy altas. Y el noruego decidió no especular. “Stella Mortua” abría su actuación con una entrada a la altura de las circunstancias: traje elegante, pajarita roja y una puesta en escena de solemnidad casi ceremonial. Parecía haber escapado de un enlace nupcial para adentrarnos directamente en su particular y vanguardista universo.

El respaldo de las cuerdas en directo y unos arreglos de precisión milimétrica lograban trasladar sobre las tablas la imponente dimensión cinematográfica de su debut en solitario. Solberg manejó a su antojo el rango dinámico del show, haciendo transitar al público por una montaña rusa de texturas: “Liberatio”, “Vita Fragilis”, “A Beautiful Life” y “Serenitas” alternaban fragilidad acústica y vanguardia metálica, mientras que “Medulla” y la sobrecogedora “Vox Occulta” elevaban la intensidad hacia el clímax de la tarde. Y entonces emergía su voz.
Lo de Solberg es un escándalo; una auténtica bestia vocal dotada de una elasticidad sobrehumana, capaz de sostener falsetes imposibles, descender a registros profundos, quebrar la línea con desgarro y, acto seguido, acariciar una melodía limpia sin aparente esfuerzo. Detrás, una banda perfectamente ensamblada operaba con ejecución quirúrgica, logrando que guitarras, bajo, batería, teclados y sección de cuerda respiraran como un solo organismo cohesionado.
El crepúsculo caía sobre el Poble Espanyol y con él llegaba la tregua necesaria para asimilar semejante exhibición y recuperar fuerzas. Una cerveza, una visita rápida al baño, el debate encendido sobre el recital que acabábamos de presenciar o, simplemente, la búsqueda del sitio estratégico para lo que se nos venía encima. Porque todavía quedaban muchas páginas por hojear en esta jornada. Y la siguiente historia llevaba la firma de The Dear Hunter.

Con el incombustible Casey Crescenzo como maestro de ceremonias, la formación norteamericana lleva cerca de dos décadas edificando un fascinante ecosistema propio a base de concept-albums, personajes recurrentes y urbes imaginarias. En su propuesta, cada composición funciona como un pasaje literario y cada directo se convierte en una representación teatralizada de su propia mitología sónica.
El combo desplegó su característico barroquismo rockero encadenando piezas de su producción más reciente y de sus aclamadas sagas conceptuales. Los desarrollos melódicos de “The Wasteland” y “Marauders” sirvieron de antesala idónea para adentrarnos en las texturas de “Sunya”. A partir de ahí, la banda ofreció una lección de dinamismo e instrumentación orgánica rescatando infalibles de su catálogo como “The Revival”, la emotiva “Wait” y los intrincados pasajes de “The Bitter Suite IV and V: The Performance / The Congregation”, antes de que la contundente “Ring 4 - Patrol” se encargara de clausurar el viaje de forma circular.
Tras despedirse entre una calurosa ovación, la maquinaria del festival volvió a activarse en los boxes. Técnicos desfilando por el escenario, reajustes en el diseño de iluminación, cambio de 'backline' y el público fluyendo de nuevo en busca de avituallamiento o recolocándose en las primeras filas. Había que tomar posiciones estratégicas, porque la calma del Poble Espanyol estaba a punto de saltar por los aires. La oscuridad se apoderó por completo del Poble Espanyol con la entrada en escena de The Ocean.

Tras cinco actuaciones previas, el público ya no disponía de margen para tomar aliento. “Light Pollution”desató una auténtica tormenta sónica y, de manera consecutiva, piezas de la envergadura de “Pleistocene”, “Preboreal” y la colosal “Jurassic | Cretaceous” fueron alimentando a una bestia que no dejaba de crecer sobre las tablas. Cada riff parecía extraído directamente de las entrañas geológicas de la tierra y cada giro de compás o amalgama rítmica golpeaba el foso con la precisión de un puñetazo matemático. Los alemanes no habían venido a facturar pasajes preciosistas. Habían venido a demoler La Carpa.
Las densas dinámicas de su post-metal conceptual se entrelazaron con los grandes clásicos de la banda y, en medio de semejante avalancha, emergió uno de los contrastes más estimulantes de la noche: la crudeza desgarrada de los registros guturales de Enrico Tiberi colisionando de frente con la incorporación de Lane Mingyu Shi (Otayonii), cuya voz limpia, melódica y casi etérea lograba flotar sobre el impenetrable muro de guitarras. Dos polos opuestos habitando el ojo de una misma tormenta.
“Ultima Esperanza” y “Milk of My Dreams” terminaron de incendiar el recinto por completo. El viernes, que había arrancado bajo un sol de justicia, se despedía con el colectivo germano arrasando con todo vestigio de calma a su paso. Primer asalto liquidado. El sábado ya asomaba desafiante a la vuelta de la esquina.

Sábado, 26 de septiembre
Y así arrancaba el sábado. A las cuatro de la tarde, Serapis Project tenían la responsabilidad de volver a poner en marcha el festival. Los catalanes jugaban en casa y lo hacían con Side Stories como protagonista, un nuevo trabajo que confirma la evolución de una banda cada vez más asentada en su propio territorio sonoro. Todavía había mucho que contar. Y es que Iotunn ya esperaba al otro lado. Los daneses tomaban el relevo y el ambiente empezaba a ponerse serio. “Mistland” prendía la mecha mientras Jón Aldará, en el centro de la tormenta, levantaba los brazos hacia el cielo, envuelto en luces azules y con la capucha cubriéndole parte del rostro. Parecía un Jedi salido de un universo mucho más oscuro.
La imagen ya era poderosa, pero lo que llegaba después lo era todavía más. Aldará alternaba sus guturales, auténticos death growls, crudos y profundos, con una voz limpia capaz de elevarse con una potencia descomunal. En “The Weaver System”, ambos registros se encontraban en uno de los grandes momentos de la actuación, pasando de las profundidades más oscuras a registros limpios y majestuosos sin perder intensidad. La respuesta estaba abajo: brazos en alto, puños cerrados y una audiencia completamente entregada. “Pioneer” mantenía el motor a pleno rendimiento mientras guitarras, bajo y batería levantaban una muralla de sonido. Iotunn no habían venido a pedir permiso. Habían venido a conquistar el territorio.

Y cuando todavía teníamos aquel rugido en los oídos, llegaba una de las grandes sorpresas personales del festival. Rendezvous Point. Tengo que decirlo: fueron, para un servidor, una de las grandes sorpresas del fin de semana. Sin letras enormes en el cartel y sin demasiado ruido alrededor de su nombre. Pero bastaron unos minutos para entender que el tamaño de una banda sobre el papel poco tiene que ver con lo que puede suceder cuando empieza a tocar.
Cinco amigos que se conocieron en la universidad y que han terminado convirtiendo aquella amistad en una auténtica máquina de hacer música.b Y si alguien se encargó de demostrarlo fue Baard Kolstad. A la batería fue una auténtica bestia, combinando precisión quirúrgica y contundencia demoledora. Cada golpe parecía colocado al milímetro, pero con una pegada capaz de hacer vibrar la carpa. Un metrónomo con mala leche. A su lado, Geirmund Hansen aportaba la emoción con una voz que se elevaba sobre las complejas estructuras de la banda, mientras Nicolay Tangen Svennæs construía desde los teclados buena parte de aquel universo atmosférico.
Salieron con el sol todavía sobre sus cabezas y fueron avanzando entre “Don’t Look Up”, “Oslo Syndrome” y “Mirrors”, mientras el cielo comenzaba a perder luz. Y ahí ocurrió una de esas pequeñas cosas que hacen que un concierto se quede en la memoria: Rendezvous Point empezaron de día y terminaron de noche. Cuando abandonaron el escenario, el cielo ya era completamente oscuro. No necesitaban letras grandes en el cartel. Les habían bastado las canciones. Con la noche ya encima, llegaba el momento de hacer esa pausa que forma parte de cualquier festival. Técnicos entrando y saliendo, instrumentos cambiando de sitio, últimas pruebas de sonido… y el público aprovechando para recuperar fuerzas, buscar una cerveza, pasar por el baño o comer algo antes de continuar.

Poco después de las 20:30, Green Carnation comenzaban a ocupar posiciones. Y mientras los noruegos se preparaban, a pocos metros sucedía una de esas escenas que solo pueden darse en un festival: Soen todavía seguían firmando discos, vinilos, camisetas y todo tipo de recuerdos. Unos atendiendo a sus seguidores. Otros a punto de subir al escenario. Dos mundos ocurriendo al mismo tiempo, separados apenas por unos metros.
Entonces apareció Kjetil Nordhus. Su kilométrica barba blanca y aquella presencia imponente parecían sacadas de algún oscuro relato nórdico. Pero fue al abrir la boca cuando terminó de aparecer el personaje: una voz capaz de sonar angelical, casi celestial, y convertirse segundos después en algo demoníaco. Los primeros gritos provocaron el delirio. La pista levantó los brazos y hasta quienes todavía esperaban su turno para conseguir una firma se giraron hacia el escenario. Durante unos instantes, la cola y el concierto compartieron público.
Era además la primera visita de Green Carnation a Barcelona, y Nordhus quiso agradecerlo. Habló del orgullo de formar parte de Be Prog! My Friend, de la importancia de mantener vivo un festival así y lanzó un deseo que recibió una gran ovación: seguir encontrándonos allí durante muchos años más. Pero aquella primera visita también tuvo que lidiar con los imprevistos. Algunos problemas técnicos habían retrasado el comienzo, obligando a recortar ligeramente el repertorio para poder encajar los horarios.
En un momento de la actuación, Nordhus explicó lo ocurrido y agradeció la paciencia. Para entonces, Soen ya habían terminado su sesión de firmas y toda la atención estaba concentrada sobre los noruegos. El repertorio fue principalmente un recorrido por la trilogía 'A Dark Poem', el ambicioso proyecto que Green Carnation ha ido construyendo durante los últimos años. Tres capítulos de un mismo viaje, oscuros, atmosféricos y cargados de esa mezcla de metal, melancolía y dramatismo que define su universo.

La noche ya estaba completamente instalada sobre el Poble Espanyol. Y después de todo lo vivido durante el día, solo quedaba un último capítulo por contar. Atrás quedaba el formato acústico con el que Joel Ekelöf y Lars Åhlund habían pasado por el Hard Rock Café Barcelona el pasado mes de febrero para presentar 'Reliance'. Allí las canciones respiraban a pocos centímetros del público, desnudas y sin apenas armadura. Ahora era otra historia. Soen venía con todas las armas.
La Carpa del Poble Espanyol estaba abarrotada. Cuando las luces se apagaron comenzó a sonar la icónica introducción del león de Metro-Goldwyn-Mayer. El rugido retumbó por todo el recinto. Durante unos segundos aquello dejó de parecer un festival y se convirtió en el estreno de una película. Solo que esta vez la película se llamaba Soen. Los músicos fueron tomando posiciones y, cuando Joel saltó al escenario, “Mercenary” encendió la mecha.
El público conocía cada canción. Cada cambio, cada golpe, cada giro. Las voces se mezclaban con la de Ekelöf mientras Stefan Stenberg hacía rugir el bajo, Cody Lee Ford y Lars Åhlund levantaban el muro de guitarras y teclados y Martín López mantenía el pulso desde la batería. Y al frente, Ekelöf. Una voz limpia, poderosa y emocional, capaz de atravesar las guitarras y llegar hasta el último rincón del recinto. Pero Joel no solo cambiaba de registro. También cambiaba de personaje.
En uno de los momentos más teatrales de la noche apareció con gorra de plato, chaqueta militar y gafas oscuras. De fondo comenzaron a escucharse explosiones, disparos y sonidos de guerra. No había imágenes. No hacían falta. Por unos instantes, Soen convirtió el recinto en un campo de batalla. Ekelöf avanzaba entre las guitarras mientras la banda disparaba su arsenal desde las tablas. Los himnos fueron cayendo: “Memorial”, “Indifferent”, “Lascivious”, “Discordia”… El público conocía cada palabra y devolvía cada estribillo como quien lleva años esperando ese momento.

Y entre tanto fuego apareció también una pequeña batalla técnica. El prompter que debía mostrar las letras no parecía estar por la labor y, en varios momentos, era el propio Joel quien tenía que ir pasando las canciones manualmente. Una escena que muchos detectaron desde la pista y que acabaría convirtiéndose en uno de los detalles más comentados después del concierto. Entre canción y canción, Ekelöf también tuvo palabras para quienes estaban al otro lado. Agradeció la fidelidad, el apoyo y tantos años siguiendo a la banda: “Esperamos seguir viéndonos durante muchos años". La respuesta fue una gran ovación. Hasta que llegó el clásico paripé: abandonar el escenario para regresar unos minutos después.
Y entonces sí. “Unbreakable”. Última descarga. Último estribillo. La carpa cantando una vez más. Después, Soen se marchaba definitivamente. La película había terminado y con ella, Be Prog! My Friend 2026. Dos días de viajes sonoros, cambios de paisaje y muchas horas de música, con un cartel que permitió descubrir nuevos caminos sin que los conciertos se solaparan. La única carrera contra el reloj estaba fuera del escenario, entre firmas de discos, baños, cervezas y algún que otro sprint para no perderse nada. Dos días después, tocaba volver a encontrar el camino de vuelta a casa. Aunque después de un fin de semana así, uno siempre tarda un poco en salir del viaje.
Decidí vivir dentro de una canción. Lo reconozco: la música me atrapó. Como músico en movimiento constante, alterno entre el escenario y el público: tocando con mi banda o tomando nota de cada detalle para transformarlo en crónicas y reseñas.
Me interesan los músicos con voz propia: mensaje, personalidad y convicción, incluso contra las modas. Por eso presto atención a los detalles y a los matices que hacen de cada momento algo irrepetible. De eso se trata: de vivir instantes únicos.
En directo, ninguna canción se repite: cada noche es distinta por el lugar, el público y el momento. Veo la vida como un setlist donde las dinámicas se ordenan para mantener el interés hasta el final del show.
El ritmo es lo de menos; lo importante es recorrer las etapas y alcanzar la meta canción a canción. Hay quien dice que soy un outlaw, un contador de historias fronterizas. No seré yo quien lo contradiga.
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