En pleno agosto, con Barcelona soportando un calor fuera de lo normal, acercarse a una sala de conciertos podía parecer casi una temeridad. Pero había una razón capaz de hacer olvidar las altas temperaturas: Marky Ramone. Más de dos horas antes de que comenzara el concierto, sus fieles seguidores ya se agolpaban en los alrededores de Salamandra, en L’Hospitalet de Llobregat. Los bares de la zona daban buena cuenta de ello y las cervezas frías corrían de mano en mano mientras la espera se convertía, poco a poco, en parte de la celebración.
Entre camisetas de los Ramones, cazadoras de cuero (así es, a pesar del calor, hay que mantener el espíritu punk) y conversaciones que iban y venían, había un tema que aparecía una y otra vez: ¿Cómo estaría Marky? Recién cumplidos los 74 años apenas un mes antes, los comentarios sobre el estado de forma de esta leyenda del punk eran inevitables. Había expectación, curiosidad y también ciertas dudas. Todos querían comprobar si aquel batería que ayudó a convertir el sonido de los Ramones en historia seguía teniendo gasolina suficiente para una noche de punk.
Klandestino
La respuesta estaba a punto de llegar. Poco después, el escenario recibió a Klandestino, una banda punk rock barcelonesa con más de quince años de carretera a sus espaldas. Una trayectoria construida mucho más sobre los escenarios que sobre los estudios, con una discografía relativamente contenida, pero suficiente para dejar claras sus credenciales. Sus influencias quedaron claras desde los primeros compases, con el punk argentino y uruguayo en primera línea y referentes imprescindibles como los propios Ramones, The Clash o Sex Pistols.

Sus temas más populares no faltaron a la cita: "Que lo parió!", "A la deriva", "Papelitos de colores", "Estás preso" y "Yo no me vendo", este último con un estribillo especialmente pegadizo, fueron poniendo la sala en movimiento.
Los barceloneses fueron directos al grano. Una actuación corta, pero muy intensa, de esas que pasan rápido porque no dejan espacio para el descanso, en perfecta sintonía con el espíritu de sus canciones.
Marky Ramone’s Blitzkrieg
Tras los saludos y agradecimientos propios de la ocasión, y después del inevitable cambio de instrumentos sobre el escenario, todo quedó preparado para recibir al neoyorquino Marc Steven Bell, conocido por todos como Marky Ramone, y a la banda que lo acompaña, Marky Ramone’s Blitzkrieg.

Era el momento del segundo eclipse en apenas una semana, aunque esta vez no había que mirar al cielo. El fenómeno tenía lugar en Salamandra y llegaba en forma de punk rock. Las luces bajaron, los amplificadores despertaron y apareció Marky, tranquilo, casi ajeno al rugido que le esperaba.
Pero bastó con tomar asiento tras la batería y levantar las baquetas para que la calma desapareciera. Aquel hombre tranquilo se convirtió en el motor de la maquinaria Ramones, dispuesto a marcar el pulso de la noche con precisión, energía y una pegada que, a sus 74 años, recordaba por qué su nombre forma parte de la historia del punk.

¿Qué mejor provocación para arrancar una noche de punk rock que un “Do You Wanna Dance?”, la versión de Bobby Freeman que los Ramones hicieron suya. La pregunta duró apenas unos segundos; la respuesta fue inmediata: saltos, gritos y un público dispuesto a demostrar que sí quería bailar.
Tras aquel primer cañonazo, la interminable colección de himnos comenzó a sucederse sin dar tregua. “Havana Affair”, “I Don’t Care”, “Sheena Is a Punk Rocker”, “Now I Wanna Sniff Some Glue”… un clásico tras otro, sin apenas tiempo para tomar aire, mientras la sala se convertía en una auténtica fiesta punk. En la pista de una sala abarrotada se respiraban las consecuencias de aquella descarga musical: pogos, crowdsurfing y cuerpos saltando sin descanso, mientras los temas seguían cayendo uno tras otro.

En los tiempos de los Ramones, era Dee Dee Ramone, bajista de la formación clásica, quien popularizó aquel mítico “One, two, three, four”, una cuenta que marcaba el arranque y volvía a poner en marcha el engranaje una y otra vez . Los temas se encadenaban sin apenas pausas, conservando esa intensidad y velocidad vertiginosa que terminaron convirtiéndose en una de las señas de identidad de la banda.
Pocos acordes, mucha velocidad y cero complicaciones. La fórmula parecía sencilla, pero los Ramones consiguieron convertirla en leyenda: canciones directas, estribillos contagiosos y una batería que no daba tregua. En Salamandra, aquella receta seguía funcionando como el primer día.
Décadas después, en Salamandra, aquella pequeña liturgia volvió a cobrar vida de la mano de Martín “Puma” Sauan, bajista argentino de la formación actual. Y así, entre "I Wanna Be Your Boyfriend", "Teenage Lobotomy" e "I Wanna Be Sedated", el “One, two, three, four” marcaba una vez más el arranque de cada descarga.
Y cuando parecía que ya no quedaba un solo cartucho en la recámara, el repertorio seguía sin levantar el pie del acelerador. "Have You Ever Seen the Rain?", "Oh Oh I Love Her So", "I Just Want to Have Something to Do", "Chinese Rocks", "Pinhead" y "Cretin Hop" fueron cayendo uno tras otro, dejando apenas tiempo para respirar… y mucho menos para acercarse a la barra a por una cerveza.
Y todavía quedaba uno de esos momentos en los que resulta imposible no dejarse llevar. "Rock 'n' Roll High School" puso de nuevo a prueba las piernas de un público que llevaba toda la noche saltando. El tema, nacido para la película del mismo nombre en 1979 y convertido en uno de los grandes himnos de los Ramones, mezclaba su contagioso espíritu rock and roll con la velocidad y la actitud punk que definieron a la banda. A esas alturas, ya daba igual la edad: la escuela del rock estaba abierta y todos habían vuelto a clase.

Ahora sí, tocaba hacer una pausa. Marky y su banda abandonaron el escenario durante unos minutos y el público aprovechó para recuperar fuerzas, secarse el sudor y, cómo no, rescatar una cerveza fría de la barra. Un pequeño respiro antes de volver a la carga, porque la noche todavía guardaba unos cuantos cartuchos en forma de bises.
Todo el mundo había venido a ver a la leyenda, pero sería injusto olvidar a quienes comparten con él el peso de mantener vivo el repertorio: Iñaki “Pela” Urbizu a la voz, Marcelo Gallo a la guitarra y Martín Sauan al bajo. Una banda que ha sabido asumir el enorme reto de interpretar el legado de los Ramones con solvencia, personalidad y respeto.
Y si algo ayudó a que aquella descarga llegara con toda su fuerza fue el sonido de Salamandra. Claro, potente y perfectamente equilibrado, permitió distinguir cada golpe de batería, cada bajo y cada guitarra sin que la avalancha punk se convirtiera en ruido.
Detrás de esta noche también estuvo el trabajo conjunto de Fanatik Events y Rebel Sound Booking, dos promotoras que colaboran habitualmente en la organización y promoción de grandes giras de música alternativa, rock y post-punk en España. Una alianza que volvió a demostrar que, cuando la música y el despliegue técnico van de la mano, el resultado se escucha y se siente.
Y llegaron los bises, aunque nadie parecía dispuesto a bajar el telón."You’re Gonna Kill That Girl", "Chain Saw", "Glad to See You Go" y "Listen to My Heart" devolvieron al público al pogo por última vez.
Entonces apareció "What a WonderfulWorld", en la versión de Louis Armstrong, un pequeño giro de guion que inyectó una última dosis de energía. La sala, sudada y feliz, seguía cantando mientras Marky continuaba al frente de su batería, como si el paso del tiempo no fuera con él.

Aquella pregunta que había flotado entre las cervezas y las conversaciones antes del concierto había quedado atrás. Marky sigue estando en plena forma cuando se sienta detrás de una batería. Preciso, contundente y con una pegada que no entiende de calendarios, demostró que todavía tiene fuerza de sobra para ponerse al frente de una noche de punk y mantenerla a toda velocidad. La duda había quedado resuelta a golpe de baqueta.
Y para cerrar la historia, solo podía quedar una: "Blitzkrieg Bop". El “Hey, ho, let's go!” convirtió Salamandra en una última celebración colectiva antes de que Marky levantara las baquetas y pusiera punto final a una noche que había empezado con una pregunta sencilla: ¿Quieres bailar?
La respuesta había quedado clara. One, two, three, four! ¡Long live the Ramones! Gracias por compartir vuestra música.
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