Tras el ecléctico día del viernes, la última jornada de Mad Cool se presentaba en mayúsculas con el rock sureño de The Black Crowes, la magnética presencia de Nick Cave & The Bad Seeds, los omnipresentes Kasabian, el genio conceptual de David Byrne o los himnos generacionales de Pulp.
Jalen Ngonda

La jornada la abría Jalen Ngonda, músico estadounidense asentado en Inglaterra cuyo concierto fue una cápsula del tiempo que nos trajo el mejor soul de los 60 al corazón de 2026. Bajo un sol de justicia el artista nos hizo disfrutar de un repertorio que sonaba a Motown con una voz de falsete que haría sonreír al mismísimo Marvin Gaye.
Si todavía no lo tienes muy ubicado, agrega a tu lista de Spotify canciones como “Hannah, What’s the Matter?”, “Just As Long As We're Together”, “Doctrine of Love”, “I Can’t Ever Leave You” o “If You Don't Want My Love”. Te harán viajar en el tiempo sin necesidad de un DeLorean
Si buscas un momento de groove auténtico, este es tu hombre. Si no te mueves con su ritmo, es que no tienes sangre en las venas. Uno de los grandes descubrimientos de esta edición de Mad Cool.
The Black Crowes

El primer gran momento de la noche llegaba cuando The Black Crowes, o lo que es lo mismo, los hermanos Robinson, sobrevolaron el escenario principal, conscientes de que el festival madrileño marcaba la última parada de su gira europea antes de cruzar el Atlántico de vuelta a Norteamérica.
Personalmente, la cita con The Black Crowes en Mad Cool tenía un tinte casi místico, ya que su legendario ‘Shake Your Money Maker’ ocupa un lugar inamovible en el top 5 de mis discos favoritos de todos los tiempos. Volver a tenerlos frente a frente, después de haber vivido el tremendo concierto en el por entonces Wizink Center en 2022, era una oportunidad que no se podía desaprovechar.
Así que, con el sol de la tarde aún cayendo sobre el recinto y el personal de seguridad refrescando al público con mangueras para sofocar el intenso calor, la banda estadounidense se despidió del Viejo Continente de la única forma que sabe: ofreciendo una auténtica lección de riffs, actitud y un directo impecable. Y es que los hermanos Robinson son los últimos auténticos forajidos del rock sureño.
No hubo tanteo ni tiempo para calentar motores. Arrancaron con el groove de “Remedy” y vaciaron el depósito desde el primer minuto. Si existe un remedio para un mal día, probablemente empiece con este grandioso riff y termine con su pegadizo estribillo. Y es que si hay alguien que sabe escribir partes centrales con gancho, ellos son sin duda unos de los abanderados. Que se lo digan a “Cruel Streak”, que confirmó que el material más reciente de los Black Crowes convive sin complejos con los himnos que cimentaron su carrera.
Sin dilación sonaba “Sting Me”, uno de sus temas más alegres y contagiosos, ideal para una banda sonora recorriendo la Ruta 66 al volante de un Ford Mustang o “Jealous Again”, ese blues irresistible que fue quizá su primer gran éxito y además una de mis favoritas. Chris Robinson tiene ese contoneo de estrella de rock que ya no se fabrica en las escuelas de música.
El viaje hacía parada en “Hotel Illness”, donde la armónica aporta en directo ese aire aún más bluesero y pantanoso, conectándola directamente con las raíces del rhythm & blues que caracterizan a The Black Crowes. A continuación, “Bad Luck Blue Eyes Goodbye” les permitió exhibir su lado más introspectivo sin perder un ápice de magnetismo, seguida de la melódica “Wiser Time”, que por cierto contiene uno de los mejores solos de Marc Ford en la época del ‘Amorica’ allá por 1994.

Recuperamos electricidad con el “Hard to Handle”, la versión del clásico de Otis Redding y la canción que los catapultó definitivamente al estrellato gracias a la enorme personalidad con la que hicieron suyo un tema que ya era un clásico. No sabemos si los hermanos Robinson todavía se odian, pero da lo mismo, cuando se juntan en un escenario hacen que el rock sureño suene a gloria. Suenan a bourbon, a carretera secundaria y al mejor blues rock que se ha hecho nunca. Tienen esa suciedad elegante de los Stones, la potencia de Led Zeppelin y más alma que todo el resto del cartel junto.
Era turno de otro adictivo estribillo como es “Soul Singing”, muy influenciada por el soul y el gospel, a la vez de una declaración de amor a la música negra que también forma parte de su ADN. Acto seguido, Chris abandonaba momentáneamente el escenario presentando a su hermano Rich Robinson, que asumiría la faceta vocal en la versión de The Velvet Underground, “Oh! Sweet Nuthin'”.

Nos acercábamos peligrosamente al final de un concierto que no queríamos que acabara nunca. Con esta sensación disfrutamos de la casi espiritual “Thorn in My Pride”, “She Talks to Angels”, una de las canciones más emotivas del rock de los 90 y quizá su balada en mayúsculas, o la rockera “No Speak No Slave”. Y ahora sí, para acabar sonaba “Twice as Hard”, el tema con ese riff memorable que abre el ‘Shake Your Money Maker’ encapsulando su sonido a la perfección y que fue una declaración de intenciones sobre cómo iba a sonar la banda.
Verlos es presenciar a una banda que ha sobrevivido a todo para seguir siendo los putos jefes. Si el rock es una religión, los Black Crowes son los predicadores que te van a hacer pecar.
Nick Cave and the Bad Seeds

A sus casi setenta años, Nick Cave sigue siendo una de las fuerzas más magnéticas y elegantes vivas del rock. Pocos artistas poseen el don de congelar el tiempo con solo levantar una mano, y Nick Cave es uno de ellos. Hubo un tiempo en que ir a ver a Nick Cave significaba descender a los infiernos del post punk y la literatura gótica. Hoy, sin embargo, el australiano viaja en la dirección opuesta, busca la luz entre las grietas.
Su concierto se solapaba con Kasabian. Mientras muchos optaban por la descarga festiva y explosiva de los británicos para saltar sin descanso, yo tenía muy claro hacia dónde iba a dirigirme. Mad Cool era la primera oportunidad que tenía de ver al “Rey Tinta” y no iba a desaprovecharla.
El comienzo fue casi perfecto. De la energía de “Get Ready for Love” a la crudeza primitiva de “From Her to Eternity”, atropellándonos por el camino con “Train Long-Suffering” para descansar en la cuneta de “Wild God”. Una de las cualidades del bueno de Nick Cave es que elimina casi por completo la barrera entre artista y público, convirtiendo la primera fila en un personaje más del concierto. La pasarela que prolonga el escenario hasta la valla frontal no es un simple recurso escénico, lo utiliza para apoyarse sobre las manos de los fans, les sostiene la mirada, les canta a pocos centímetros de su cara y convierte cada canción en algo diferente cada noche.
Continuaba con la comunión colectiva de “O Children”, la oscuridad apocalíptica de “Tupelo” y nos puso los pelos de punta con “Joy”, interpretada anoche con una capacidad pasmosa de encontrar belleza incluso en los relatos más sombríos. Recordad que Nick Cave ha sufrido tragedias devastadoras a lo largo de su vida, marcadas especialmente por la prematura muerte de dos de sus hijos y de su padre cuando era solo un adolescente.
El concierto continuaba bajo la atmósfera envolvente de “Rings of Saturn”, el relato inquietante de “Henry Lee”, “The Mercy Seat” o “Papa Won't Leave You, Henry”, siempre bien acompañado por unos Bad Seeds que funcionan como una tormenta perfecta. Pero bastaron los primeros compases de “Red Right Hand” para certificar el estatus de una de las canciones más reconocibles de su catálogo. Nick Cave levanta la mano, te mira a los ojos y parece que conoce todos tus secretos. Es música para los que no tienen miedo de asomarse al abismo y pegarse un baile allí abajo.

Avanzábamos con “The Weeping Song”, territorios más contemplativos con “Jubilee Street”, la expansiva “Hollywood” y la delicadeza casi sobrecogedora de “Into My Arms”, que puso el broche perfecto a una actuación en la que Nick Cave volvió a demostrar que pocos artistas son capaces de convertir un concierto en un ritual donde tú eres parte de la ceremonia.
En tiempos de pantallas y distancias, su concierto anoche fue un recordatorio salvaje de lo que significa estar vivos y juntos en una misma habitación. Nick Cave tiene más carisma que cualquier estrella de pop que veas en Instagram.
David Byrne

Al escenario opuesto llegaba David Byrne, el genio detrás de Talking Heads, que montó su particular fiesta rítmica y conceptual en Madrid. Desafiando el cinismo del mundo moderno hay que reconocerle que es el científico más loco y entrañable del pop, siempre experimentando y siempre diez pasos por delante.
Lo primero que llama la atención es la ausencia casi total de escenografía tradicional. No hay amplificadores visibles, apenas hay elementos fijos sobre el escenario y todo queda despejado para que el movimiento sea el verdadero protagonista. Solamente un gran sistema de pantallas LED que lo envuelve para proyectar imágenes, secuencias abstractas o animaciones cuidadosamente sincronizadas con cada canción.

Abrió con la luminosidad de “Everybody Laughs” dejando claro que sigue mirando al futuro con la misma curiosidad creativa que ha marcado toda su carrera, y “And She Was”, con ese new wave que sigue sonando tan fresco como décadas atrás. Su mente debe ser algo como un laberinto de ritmos africanos y vanguardia neoyorquina.
A mitad de su concierto saltábamos de nuevo al escenario principal para ver a Pulp, pero sonaron temas como “This Must Be the Place (Naive Melody)”, “Psycho Killer”, “Life During Wartime”, “Once in a Lifetime” o “Burning Down the House”, demostrando que se puede ser raro y al mismo tiempo el alma de la fiesta.
Pulp

Cerraba este décimo aniversario Pulp, una de las bandas más influyentes del britpop, aunque su historia comenzó mucho antes de que ese movimiento conquistara el mundo. Y es que la formó Jarvis Cocker en 1978, pero tardaron casi dos décadas en alcanzar el éxito, todo un ejemplo de perseverancia.
Justo antes de que la banda saliera al escenario, se proyectaron frases en los videomarcadores advirtiéndonos que el concierto sería “épico”. Un show que arrancaba con una de las primeras grandes canciones de Pulp, “Sorted for E's & Wizz”, seguida de la festiva “Disco 2000” que terminó de convencer incluso a varios británicos que estaban completamente hipnotizados por la pantalla de su móvil viendo a la selección de Inglaterra jugar el mundial.

A lo largo de la hora y veinte minutos que dispusieron sobre el escenario repasaron desde su reciente sencillo “Spike Island”, la ambiciosa “This Is Hardcore”, su lado más comercial con “Do You Remember the First Time?”, las imprescindibles “Mis-Shapes” o “Babies” y, por supuesto, “Common People”, su canción más icónica y uno de los himnos del britpop.
Y con este concierto finalizaban cuatro jornadas de música que reunieron a más de 200.000 personas y confirmaron, una vez más, a Mad Cool como una de las grandes citas musicales del verano europeo. ¡Nos vemos el año que viene!
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