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Crónica de Mad Cool Festival (miércoles), con Foo Fighters, The Warning o el concierto sorpresa de Arde Bogotá: Una fórmula magistral

Foo Fighters. Foto: Andrés Iglesias

Año tras año acudimos a la cita obligada con Mad Cool Festival. Si echamos la vista atrás, queda en el recuerdo aquel lejano 2016 en el que un desconocido festival irrumpía con fuerza en la escena, respaldado por un cartel donde se leía el nombre de leyendas de la talla de The Who y Neil Young. Hoy, tras haber dejado atrás los obligados silencios pandémicos de 2020 y 2021, la cita madrileña encara este 2026 completamente consolidada, por méritos propios, como uno de los grandes referentes imprescindibles del circuito de festivales europeo.

A lo largo de casi una década, el festival ha ido puliendo su modelo organizativo edición tras edición. Entre las principales novedades de este año destaca la reorganización del recinto, que reduce a cinco el número de escenarios con el objetivo de mejorar la movilidad del público. También se han reforzado los escenarios principales con más pantallas y un mayor despliegue tecnológico, mientras que las carpas cuentan ahora con mayor aforo. En cuanto a la comodidad de los asistentes, se ha incrementado la superficie de sombra (aunque creo que sigue siendo insuficiente), además de ampliarse el número de puntos de hidratación, baños y barras.

En cuanto a su propuesta, se mantiene fiel a ese ADN tan ecléctico que lo define: una fórmula magistral capaz de equilibrar la grandilocuencia de los grandes cabezas de cartel internacionales con una cuidadísima selección de bandas medias, apostando fuerte por el talento emergente y garantizando un espacio vital para el rock, el indie, el pop y la electrónica.

Palaye Royale

Los encargados de dar el pistoletazo de salida a esta nueva edición eran Palaye Royale, el trío de Las Vegas formado por los hermanos Remington Leith, Sebastian Danzig y Emerson Barrett, y a los que ya pude disfrutar como teloneros de Yungblud en el Palacio Vistalegre a finales del año pasado, donde me dejaron con muy buen sabor de boca. Tienen el estilo de Bowie, la energía de los Stooges y el armario de un dandi del siglo XIX.

Palaye Royale. Foto: Alfonso Dávila

El concierto arrancaba con una declaración de intenciones, la misma que da título a su último trabajo discográfico, "Death or Glory", que suena como si el Moulin Rouge hubiera sido un club de punk en Londres. Tras ella, "No Love in LA", quizá mi tema favorito por esa crítica a la superficialidad y el cinismo de Hollywood, y "Little Bastards", que siempre que la escucho me recuerda a Måneskin. Es una banda que ha aprendido a domar su propio caos con un control milimétrico del sonido y de las dinámicas, demostrando que se puede ser salvaje y sofisticado a la vez.

Una pena que solamente pudiéramos disfrutar de escasos temas, ya que parte de su concierto coincidía con el inicio de The Warning en el escenario principal, hacia donde nos dirigimos rápidamente. Pero recuerda, si echas de menos la teatralidad de My Chemical Romance y buscas una propuesta que suene actual, Palaye Royale es tu banda.

The Warning

Con el sol sin dar tregua aterrizábamos en el escenario Region of Madrid para disfrutar de The Warning. Las tres hermanas de Monterrey demostraron una vez más que su talento está por encima del de muchas de las bandas que pisan los escenarios principales de cualquier festival. Además, ya conocían el terreno: habían actuado en Mad Cool 2024, dejando una impresión notable entre un público que por aquel entonces aún las descubría. Dos años después tiraban la puerta abajo comenzando con la adrenalina pura y dura de "More", con ese riff incendiario sin necesidad de calentamiento previo. Sin dilación, "S!CK" servía para confirmar que no son una girl band, sino una banda de rock que te va a pasar por encima sin pedir permiso.

The Warning. Foto: Alfonso Dávila

Hace ya más de una década que dejaron de ser aquella curiosidad viral de YouTube gracias a su versión de "Enter Sandman" de Metallica. Desde entonces han construido una carrera sólida que ha culminado, por ahora, con el magnífico álbum 'Keep Me Fed' (2024). Siguieron con "Satisfied", la pegadiza "Qué más quieres", la envolvente "Escapism", capaz de sumergir al público en una atmósfera densa, o "Ego", con ese pulso desafiante donde el riff central funciona como eje de toda la canción.

No faltaron la poderosa "DISCIPLE", terrenos más hipnóticos con "Ritual", el ataque voraz de "Sharks" o la combustión inmediata de "Kerosene", capitaneada por la batería de Paulina Villarreal, quien, por cierto, ha sido nombrada 'Mejor Baterista de Rock del Año' por la prestigiosa revista especializada Modern Drummer. Cerraban con "Automatic Sun", donde tocan con la precisión de un reloj suizo y la fuerza de un terremoto en Monterrey.

Villanelle

Una pena que los solapes obliguen a dejar fuera grupos tan frescos como el post-punk de HotWax y ese rock de garaje tocado por chicas que parecen haber desayunado vinilos de Courtney Love o Royal Blood. También el de Hot Milk y ese pop-punk para gente que ya no tiene 15 años, pero mantiene el espíritu. La conclusión que sacamos de esto es que hay tantas bandas buenas en el festival que, inevitablemente, va a tocar hacer sacrificios y perderse a más de una.

Nos movemos hacia la carpa del escenario Mahou Cinco Estrellas para ver a Villanelle, capitaneados por Gene Gallagher (hijo del vocalista de Oasis, Liam Gallagher, y de la cantante de All Saints, Nicole Appleton), junto al guitarrista Ben Taylor y el bajista Jack Schiavo. El trío británico suena a lo que pasaría si Kurt Cobain se hubiera criado escuchando discos de My Bloody Valentine en un pub del norte de Inglaterra. Si Oasis era el sol de la mañana en los noventa, Villanelle es esa lluvia sucia de Seattle que cae sobre Mánchester a medianoche.

Villanelle. Foto: Paco Poyato

Bastó el primer acorde de "Hinge" para que el ambiente se inundara con el sonido crudo de 'Bleach' de Nirvana. Un viaje en el tiempo como si una demo de aquel disco hubiera cobrado vida. También disfrutamos del tema que da nombre a su EP, "Measly Means", que suena mucho a The Smashing Pumpkins y confirmó el potencial de una banda que aún está definiendo sus límites.

"Squeeze" mostró el registro más melódico de Gene Gallagher, mientras que "Placebo", su tema más reciente, demostró que saben manejar la dinámica del ruido y el silencio mejor que muchos veteranos de la escena. Terminé el concierto con la sensación de estar viviendo uno de esos primeros capítulos que más tarde terminan convirtiéndose en algo muy grande. Como haber descubierto a Inhaler hace tres años y estar viendo el estallido justo antes de que todo el mundo empiece a hablar de ellos.

La sorpresa de Arde Bogotá

La sorpresa del jueves llegaba en la carpa anexa bajo el nombre de Bigger Splash, un supuesto grupo que figuraba en el cartel sin dejar rastro alguno: sin perfil en Spotify, sin redes sociales, sin fotografías en la web oficial de Mad Cool... Cuando llegaron las 21:00 horas, ya era un secreto a voces… ¡eran Arde Bogotá!

Un concierto que arrancaron con, posiblemente, la canción más ambiciosa de su catálogo, "La torre Picasso", con sus ocho minutos de duración, que funcionan casi como una pequeña ópera rock. Le siguieron la visceral "Abajo", "Instrucciones", otro de los temas recientes de la banda, y "Qué vida tan dura", que siempre conecta a la primera con el público.

Arde Bogotá. Foto: Alfonso Dávila

Horas antes de la actuación, la propia banda alimentó el misterio publicando unas coordenadas que apuntaban directamente al recinto del festival. Una de las acciones promocionales más ingeniosas que he visto últimamente, ya que "Bigger Splash" es el nuevo sencillo de la banda y tuvimos el honor de presenciarlo en directo por primera vez. Y para cerrar, sus dos himnos bandera: "Los perros" y "La salvación". ¡Buena jugada de marketing!

Todo esto supuso sacrificar a Wolf Alice, que, para mi gusto, es una de las bandas más versátiles del Reino Unido, capaz de pasar del folk etéreo al grunge más sucio sin despeinarse. Ellie Rowsell tiene esa voz que puede susurrarte una nana y, al segundo siguiente, arrancarte la piel con un grito. Los he visto en varias ocasiones, de ahí que me decantara por otras propuestas… Siempre digo que es una banda que en directo mejora al disco.

Dogstar

Si algún despistado pasó por el escenario The Loop Iberdrola pasadas las 21:30 horas y creyó estar viendo al mismísimo Keanu Reeves encima de un escenario, no es que se hubiera tomado alguna cerveza de más. Y es que no estamos acostumbrados a ver al actor empuñando el bajo con su grupo Dogstar, pero sigue teniendo el mismo magnetismo cinematográfico tras una pantalla que con las cuatro cuerdas a cuestas.

Dogstar. Foto: Alfonso Dávila

Me sorprendió que, pese a los solapes, a que era la hora de comer algo antes de los platos fuertes de la noche o a que otros prefirieran asegurar buenas posiciones en los escenarios principales, hubiera tantísima gente apostada desde cualquier rincón para ver, al menos, una parte de su concierto. Probablemente era la jornada con los solapes más complicados de toda esta edición. Hay decisiones de horarios en los festivales que parecen lógicas sobre el papel, pero que, en la práctica, no lo son tanto.

El ejemplo perfecto es el solape entre Moby y Foo Fighters. A primera vista, podríamos pensar que, si se pone la electrónica a un lado y el rock de estadio al otro, el público se dividirá de forma natural. La realidad de la música actual es mucho más fluida y no vivimos en tribus urbanas estancas como en los noventa. Existe una enorme masa de seguidores compartidos que crecieron con los guitarrazos de Dave Grohl, pero que, a la vez, tienen 'Play' de Moby en un lugar privilegiado de su estantería.

Foo Fighters

Al final, muchos asistentes se vieron obligados a elegir entre papá y mamá, dejándote con esa sensación agridulce de que, elijas lo que elijas, vas a perderte un conciertazo. Son dos tótems de la cultura alternativa. En mi caso tenía claro que mi elección era ir a ver al tío enrollado del rock y a su banda, Foo Fighters. Tienen más himnos por metro cuadrado que casi cualquier otra banda viva del planeta. El grupo estadounidense volvía a encontrarse con el público madrileño tras una etapa especialmente compleja, marcada por la pérdida de Taylor Hawkins y por la posterior reconstrucción emocional y artística de la banda. Y lo hacía en Mad Cool, donde ya habían firmado algunos de los conciertos más multitudinarios de la historia de este festival.

Foo Fighters. Foto: Javier Bragado

No necesitaron mucho tiempo para meterse al público en el bolsillo; bastaron los primeros acordes de "All My Life" para tenernos coreando hasta desgañitarnos al unísono ese "Done, done and I'm on to the next one" que reza la parte final. Apuesta a caballo ganador para dar el pistoletazo de salida al concierto; bien jugado por su parte. Sin apenas dar tregua, Dave Grohl lanzaba la pregunta de rigor: "¿Os gusta el rock n' roll?". Ante nuestra respuesta afirmativa, arrancaban con "The Pretender", imposible escucharla sin que la figura de Taylor Hawkins sobrevolara el escenario en una canción que sigue llevando impresa su energía, y "Times Like These", que en directo siempre alcanza esa dimensión espiritual que te hace cerrar los ojos y disfrutar de la música. Acto seguido tensaron la cuerda al límite con el groove sincopado de "Rope", seguida de "Stacked Actors", que viene que ni pintada en un mundo de superficialidad. Menos poses y más distorsión real como la que nos estaban ofreciendo hasta ese momento. Lástima que el escenario no sonara tan potente como debería para una banda de este calibre.

Y es que, para un servidor, Foo Fighters siempre serán uno de mis héroes. Pocos grupos conservan esa habilidad para sonar gigantescos sin perder cercanía. "My Hero" demostró por qué son la última gran banda de estadios que sigue sonando como si estuvieran tocando en el garaje de su casa. Sin dilación nos poníamos las alas para sobrevolar "Learn to Fly", el himno infalible por excelencia y el bálsamo perfecto de la banda para conectar con la masa. Miles de personas cantando juntas ese estribillo son un argumento difícil de rebatir.

Volvíamos a aquel maravilloso 'Wasting Light' para deshojar uno de mis temas favoritos, "These Days". Ese estribillo es tan perfecto que tendría que ser temario obligatorio en cualquier escuela de música sobre cómo componer una canción. Avanzábamos paso a paso con "Walk" para descolgar el teléfono en una llamada a sus orígenes con "This Is a Call". Al otro lado de la línea estábamos todos los allí presentes para recibir ese zarpazo de nostalgia punk, al que le seguía "No Son of Mine", con un riff que rinde homenaje al groove pesado de Motörhead y al que el pequeño guiño a "Ace of Spades" revivió a Lemmy Kilmister por un momento. Desde allí arriba seguro que estará muy orgulloso.

Foo Fighters. Foto: Andrés Iglesias

Llegábamos al ecuador del concierto bajando las revoluciones con "Wheels", emotiva sin sermonear y directa sin grandilocuencia. Antes de arrancar la siguiente canción, Dave Grohl nos contó que "la escribió en 1990, en el porche de la casa que compartía con Kurt Cobain, tocándola en bajito para no hacer ruido". Se refería a "Marigold", una de las joyas más íntimas y sagradas que supone el único punto de unión entre Nirvana y Foo Fighters. Grohl la publicó en 1992 bajo el seudónimo Late! en el álbum de casete independiente 'Pocketwatch' y, posteriormente, Nirvana la grabó durante las sesiones de 'In Utero' en 1993. Una pieza histórica que agradecí escuchar en directo y que espero que sigan manteniendo de aquí en adelante.

"Big Me" fue un bocado de azúcar en mitad de la dieta de proteínas que estábamos recibiendo, seguida del riff imperial de "La Dee Da" y la estampida sonora de "Run". Grohl no solo toca, te convence de que tú también podrías montar una banda si te lo propusieras. Y llegaba el momento de presentar a la banda con un medley que repasó los orígenes musicales de cada uno de sus integrantes, acompañado por imágenes de aquellas etapas proyectadas en las pantallas. Una especie de jam que comenzó con "Invincible", de No Use for a Name, recordando la etapa de Chris Shiflett como guitarrista; siguió con "Seven", tema de Sunny Day Real Estate, el grupo de Seattle donde se dio a conocer el bajista Nate Mendel, y "One Headlight", de The Wallflowers, en homenaje al pasado del teclista Rami Jaffee. El viaje continuó con "Manimal", de Germs, evocando los inicios de Pat Smear, inseparable compañero de Dave Grohl desde hace más de tres décadas, y "Tap Dancing in a Minefield", de Ilan Rubin, el nuevo batería de Foo Fighters, que cedió su puesto tras los parches para que Grohl reviviera su etapa en Nirvana, mientras él demostraba que también es un gran guitarrista. Ojalá todas las presentaciones de las bandas en directo fueran así.

Foo Fighters. Foto: Javier Bragado

Nos acercábamos al final con "Monkey Wrench", desafiando la resistencia pulmonar de Dave Grohl; "Breakout" terminó por romper cualquier barrera entre banda y público y "The Sky Is a Neighborhood", donde el cielo pareció quedarse pequeño de nuevo con Taylor Hawkins en la memoria. Precisamente, "Aurora", el siguiente tema en sonar, fue dedicado al difunto batería.

Es innegable que Foo Fighters tiene un arsenal de clásicos capaz de mantener la adrenalina a flote durante las horas que quisieran. "Best of You" nos hizo dar lo mejor de nosotros mismos. Sin duda, Dave Grohl es el obrero del rock: llega, monta el andamio, te da tres horas de concierto y se va a por una cerveza. Tras revisar el álbum de fotos de 1995 con "Exhausted", llegaba la inmortal "Everlong", esa comunión colectiva que te hace sentir que todo va a salir bien. Siguen siendo los jefes del patio porque nadie le pone tantas ganas a esto de tocar en directo. Un concierto de Foo Fighters es el mejor antídoto contra el aburrimiento y el postureo del siglo XXI.

El único pero que le pondría a esta primera jornada, sumado al ya comentado sonido del escenario principal durante el concierto de Foo Fighters, fue que la salida del recinto en dirección a Getafe resultó bastante caótica. La reducción del espacio peatonal habilitado para cruzar bajo la rotonda, en comparación con ediciones anteriores, hizo que hubiera importantes aglomeraciones y largos tapones, generando momentos de bastante congestión. Con tres jornadas todavía por delante, sería deseable que la organización revisara este dispositivo y adoptara medidas para agilizar la evacuación y evitar que esta situación vuelva a repetirse.

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