Si el jueves estuvo dominado en Hellfest por propuestas más modernas y por la vertiente más contemporánea del metal (lee aquí la crónica), el viernes fue una auténtica celebración del heavy metal clásico. Iron Maiden, Queensrÿche, Accept o Helloween devolvieron el protagonismo a los sonidos que definieron los años ochenta, mientras que formaciones más recientes como Sabaton demostraban que todavía hoy se puede alcanzar la cima bebiendo directamente de aquellas mismas fuentes. Fue una jornada marcada por riffs inmortales, guitarras gemelas, grandes estribillos y una sensación constante de estar asistiendo a una reunión de viejos amigos que ayudaron a construir la historia del género.
También fue, probablemente, el día de mayor asistencia de todo el festival. La presencia de Iron Maiden como gran cabeza de cartel se notaba en cada rincón de Clisson. Sin embargo, los dioses del metal tuvieron a bien conceder una pequeña tregua meteorológica. Tras el calor asfixiante del jueves, las temperaturas descendieron algunos grados y se mantuvieron alrededor de los treinta, acompañadas por algunas nubes que durante momentos puntuales ofrecieron un respiro más que agradecido.
Y si hubo algo que volvió a llamar la atención fue el fenómeno Hellfest. Los puestos de merchandising de las bandas presentaban una actividad relativamente tranquila. Algo sorprendente teniendo en cuenta que Iron Maiden actuaba esa misma noche y que los británicos suelen lanzar camisetas exclusivas para cada país y fecha de gira. Sin embargo, allí apenas había colas. La pregunta era inevitable: ¿dónde estaba toda esa gente que quería llevarse una camiseta a casa?

La respuesta se encontraba en el Sanctuary. Allí, donde se vende el merchandising exclusivo de Hellfest, las colas seguían siendo absolutamente monstruosas. Filas de aficionados que comenzaban prácticamente en la entrada principal y se extendían hasta bien entrada la zona donde terminan los escenarios Temple y Altar. Una imagen impresionante que demuestra hasta qué punto Hellfest ha dejado de ser únicamente un festival para convertirse en una auténtica marca global. Pocos eventos musicales en el mundo generan semejante nivel de fidelidad entre sus asistentes.
La maratón de conciertos comenzó muy temprano, con representación española de la mano de Killus. Procedentes de Villarreal, los castellonenses llevan años construyendo una sólida reputación internacional gracias a una propuesta que combina metal industrial, groove metal y elementos electrónicos acompañados por una estética oscura y teatral que inevitablemente recuerda a nombres como Marilyn Manson o Rob Zombie.

A las 12:15 del mediodía tomaban el escenario Temple con apenas media hora para convencer a un público que todavía comenzaba a llenar el recinto. Lo consiguieron. Su imagen impactante, la contundencia de sus riffs y la experiencia acumulada durante años de giras europeas les permitieron ofrecer una actuación intensa y efectiva que fue recibida con entusiasmo por los asistentes más madrugadores.
Mientras Queensrÿche saltaba a uno de los escenarios principales, una pequeña multitud comenzaba a reunirse en otro punto del recinto. En la llamada ciudad del festival, Alissa White-Gluz sorprendía a los asistentes con una actuación acústica prácticamente improvisada. Acompañada por el batería de Megadeth, que en esta ocasión cambiaba los parches por un cajón, la canadiense ofreció una de esas actuaciones inesperadas que hacen especial un festival como Hellfest. Si algo quedó claro durante toda la jornada es que Alissa parecía estar literalmente en todas partes.
Por su aprte, Queensrÿche comenzó su actuación con "Queen of the Reich", una elección perfecta para recordar desde el primer minuto quiénes fueron y quiénes siguen siendo. Apenas unos instantes después llegaría "Operation: Mindcrime", otro de los pilares fundamentales de su carrera, dejando claro que el repertorio iba a mirar principalmente hacia los años dorados de la formación.

Lo más llamativo, sin embargo, sigue siendo Todd La Torre. A estas alturas ya no tiene sentido presentarlo como "el sustituto de Geoff Tate". Después de más de una década al frente de la banda, La Torre ha construido su propia identidad y se ha convertido probablemente en el mayor activo de los actuales Queensrÿche. Su capacidad para afrontar algunos de los registros más complejos del catálogo del grupo continúa siendo impresionante.
Michael Wilton y Eddie Jackson, dos de los nombres históricos de la banda, siguen manteniendo viva la llama de una formación que continúa sonando sorprendentemente fresca sobre los escenarios. Temas como "Empire" o “Revolution Calling" fueron recibidos con entusiasmo por los aficionados más veteranos. El momento culminante llegó con "Eyes of a Stranger", encargada de cerrar el concierto y recordar por qué Operation: Mindcrime sigue considerándose una de las grandes obras maestras de la historia del metal.
No fue el concierto más espectacular del día ni el más multitudinario, pero sí fue uno de esos recitales sólidos, elegantes y perfectamente ejecutados que demuestran por qué algunas bandas consiguen mantenerse relevantes cuatro décadas después de su nacimiento.

A las 16:00 de la tarde llegó una de las mayores sorpresas de todo el festival. Hasta este viernes, jamás había visto a Bloodywood en directo, y ahora entiendo perfectamente por qué se habla tanto de ellos.
La banda india convirtió el escenario principal en una auténtica fiesta colectiva. Su mezcla de nu metal, folk tradicional indio, rap y metal moderno funciona de manera espectacular en vivo. El característico sonido del dhol marcaba el ritmo mientras el público saltaba sin descanso. Desde el foso de fotógrafos era prácticamente imposible seguir el ritmo de la cantidad de crowd surfers que aparecían constantemente sobre las cabezas de los asistentes.
Lo que vimos en Hellfest fue la actuación de una banda que claramente apunta a los puestos más altos de los festivales europeos durante los próximos años. Tienen personalidad, canciones, carisma y una propuesta que resulta completamente distinta a cualquier otra formación del circuito actual.
Justo después llegaron los teutones Accept, que son ya prácticamente parte del mobiliario de Hellfest. Los alemanes han visitado Clisson en numerosas ocasiones durante la última década y siempre ofrecen exactamente lo que el público espera de ellos: heavy metal clásico interpretado con una precisión casi mecánica.

Su actuación arrancó con "Metal Heart", una declaración de intenciones perfecta para una tarde dedicada a las raíces más puras del género. A partir de ahí fueron enlazando clásicos como "Teutonic Terror" y "Restless and Wild" antes de desembocar en una recta final demoledora formada por "Princess of the Dawn", "Fast as a Shark" y una inevitable "Balls to the Wall" que puso punto final a otro ejercicio de autoridad firmado por los germanos. Wolf Hoffmann sigue siendo el único guardián de la formación clásica, pero la maquinaria continúa funcionando como un reloj suizo.
Sepultura tomaron el relevo inmersos en su gira de despedida. Andreas Kisser lideró una actuación cargada de intensidad donde clásicos como “Refuse/Resist” provocaron algunos de los círculos de mosh más salvajes de toda la jornada.

Uno de los momentos más especiales llegó durante “Kaiowas”. Lo que comenzó como una interpretación de la pieza instrumental terminó convirtiéndose en una gran celebración colectiva. Sobre el escenario aparecieron Alissa White-Gluz, Fernanda Lira, bajista y la vocalista de Crypta, que habían actuado esa misma mañana en Hellfest, además del batería de Megadeth, Dirk Verbeuren, participando todos ellos en una extensa jam de percusión que se convirtió en uno de los momentos más originales y memorables de la tarde.
La imprescindible “Roots Bloody Roots” puso el broche final a una actuación que recordó por qué Sepultura sigue siendo una referencia absoluta para varias generaciones de músicos.
Después vino uno de los conciertos más celebrados del viernes con Helloween.

Los alemanes atraviesan una auténtica segunda juventud desde el regreso de Michael Kiske y Kai Hansen. Lo mejor no es únicamente volver a escuchar aquellas canciones con las voces que ayudaron a convertirlas en clásicos, es la sensación de compañerismo que transmite la banda sobre el escenario.
Resulta inevitable preguntarse qué ocurriría si otras instituciones del género siguieran el mismo camino. ¿Sería posible imaginar a Rob Halford compartiendo escenario con Ripper Owens? ¿O a Bruce Dickinson alternando canciones con Blaze Bayley? Quizá nunca ocurra, pero después de ver a Helloween resulta imposible no pensar que los fans serían los grandes beneficiados.
La actuación arrancó de manera espectacular con “March of Time” y “The King for a 1000 Years”, demostrando desde el primer momento que aquello iba mucho más allá de un simple recopilatorio de éxitos. El primer gran clásico de la era Kiske llegó con “Future World”, antes de regresar al presente con “This Is Tokyo”.
Uno de los momentos más especiales de la noche llegó con “Ride the Sky”. Desde el regreso de Kai Hansen, se ha convertido en una de las canciones más celebradas del repertorio y sigue siendo impresionante comprobar lo bien que canta después de tantos años.

La recta final estuvo reservada para la artillería pesada. “I Want Out” provocó una explosión colectiva justo antes de los bises, mientras que “Eagle Fly Free” y “Dr. Stein” preparaban el terreno para el gran final. La monumental “Keeper of the Seven Keys”, una de las composiciones más importantes de toda la historia del power metal, puso el broche de oro a uno de los mejores conciertos de toda la jornada.
Los aficionados al metal progresivo encontraron su refugio particular con Opeth. Y quizá, precisamente por eso, la actuación llegó en el momento perfecto. A las ocho de la tarde muchos asistentes aprovecharon la propuesta más pausada y sofisticada de los suecos para descansar las piernas, sentarse sobre la hierba y prepararse para el gran acontecimiento de la noche.
Mikael Åkerfeldt volvió a demostrar por qué es considerado uno de los músicos más respetados del metal contemporáneo. Sin embargo, lo cierto es que gran parte del público parecía utilizar el concierto tanto para disfrutar de la música como para asegurar una buena posición de cara al siguiente plato fuerte de la jornada.
Porque a las nueve de la noche llegó el momento que muchos llevaban esperando durante meses.
Iron Maiden
Tras haber asistido al arranque de esta gira en Atenas, la diferencia resultó evidente. Allí comentábamos que la banda todavía necesitaba volver a engrasar la maquinaria y recuperar velocidad de crucero después de los inevitables cambios internos. Pues bien, Hellfest confirmó que ese proceso ya está completado.
Lo que vimos sobre el escenario fue una banda funcionando exactamente al nivel que se espera de una de las mayores instituciones de la historia del heavy metal.
El sonido volvió a ser extraordinario. De hecho, el nivel general alcanzado por Hellfest durante las dos primeras jornadas merece una mención especial. Salvo pequeños ajustes durante los primeros segundos de “Murders in the Rue Morgue”, donde el técnico necesitó apenas unos instantes para equilibrar la mezcla, la calidad sonora fue prácticamente impecable. Quizá los solos de guitarra ocasionalmente sobresalían demasiado por encima del resto de instrumentos, pero estamos hablando de detalles mínimos dentro de una producción gigantesca.
Bruce Dickinson volvió a demostrar por qué sigue siendo uno de los mejores frontmen del planeta. Más allá de su rendimiento vocal, cada vez más sólido conforme avanza la gira, destacó una vez más su extraordinaria conexión con el público francés. Entre canción y canción se dirigió constantemente a los asistentes en francés, provocando ovaciones continuas.
El repertorio fue el mismo que ya habíamos presenciado en Atenas y que está definiendo toda la gira “Run For Your Lives”. Una celebración de los primeros nueve discos de la banda donde la única gran sorpresa sigue siendo la recuperación de “Infinite Dreams”, una canción que muchos seguidores jamás pensaron volver a escuchar en directo. Precisamente “Infinite Dreams” volvió a convertirse en uno de los momentos más especiales de la noche. El silencio respetuoso del público durante los pasajes más atmosféricos y la explosión posterior demostraron hasta qué punto los aficionados valoran este tipo de rescates históricos.
“Phantom of the Opera”, “Powerslave”, “Rime of the Ancient Mariner”, “Seventh Son of a Seventh Son”, “Run to the Hills”, “Hallowed Be Thy Name” o “Iron Maiden” fueron recibidas como auténticos himnos nacionales por una audiencia completamente entregada.
Y lo mejor es que dentro de muy poco esta misma gira llegará también a España, con paradas tanto en Resurrection Fest como en Rock Imperium, ofreciendo a los seguidores españoles la oportunidad de presenciar uno de los mejores espectáculos que la banda ha presentado durante los últimos años.
Y cuando parecía imposible mantener semejante nivel de espectáculo, en apenas diez minutos, apareció Sabaton, y los suecos decidieron responder con fuego. Mucho fuego.
Su producción poco tenía que envidiar a la de los propios Maiden. El gigantesco tanque que presidía el escenario servía como plataforma para la batería y llegaba incluso a elevarse durante algunos momentos del espectáculo. Pero lo verdaderamente impresionante era la cantidad de pirotecnia desplegada durante todo el concierto.

Desde el foso fotográfico hubo momentos en los que las llamaradas resultaban tan intensas que prácticamente se podían sentir sobre la cara. Especialmente durante “The Great War”, donde fuego, explosiones y efectos visuales transformaron el escenario en una auténtica representación bélica.

Resulta impresionante comprobar hasta dónde ha llegado una banda que hace apenas unos años ocupaba posiciones secundarias en los festivales. En Hellfest, daba la sensación de que Sabaton contaba con una base de seguidores prácticamente comparable a la de los propios Maiden.
Joakim Brodén no dejó de recorrer el escenario durante toda la actuación, mientras Pär Sundström mantenía una sonrisa permanente. Himnos como “Ghost Division”, “The Last Stand”, o “Primo Victoria” fueron coreados por una audiencia completamente entregada.

La jornada concluyó a las 00:55 con The Gathering. Los neerlandeses, pioneros del gothic doom europeo, ofrecieron un cierre mucho más pausado y emocional para una jornada dominada por gigantes del heavy metal. La presencia de Anneke van Giersbergen convirtió la actuación en una cita obligada para muchos seguidores veteranos, poniendo el broche perfecto a un día cargado de emociones.
Y así terminó el viernes. Mientras algunos regresaban a sus tiendas y otros caminaban hacia los trenes que conectan Clisson con Nantes, la mayoría seguían comentando lo que acababan de presenciar apenas unos minutos antes.

Iron Maiden había cumplido con creces su papel de gran cabeza de cartel, Helloween había firmado uno de los conciertos del festival, Bloodywood había confirmado que su ascenso no es una moda pasajera, y Sabaton había demostrado que ya pertenece a la élite absoluta del metal europeo.
Dos días habían quedado atrás. Dos jornadas completamente distintas entre sí, pero igualmente memorables. El ecuador de Hellfest 2026 ya era una realidad. Sin embargo, mientras el recinto comenzaba a vaciarse y las últimas notas de The Gathering se perdían en la noche francesa, todos sabíamos que lo más duro todavía estaba por llegar.
El fin de semana aguardaba al otro lado del amanecer. Y con él, las temperaturas más extremas, las mayores multitudes y algunas de las actuaciones más esperadas de toda la edición. La batalla por conquistar Hellfest aún estaba lejos de terminar.
Como fotógrafo y redactor he colaborado con distintos medios especializados en rock y heavy metal, cubriendo conciertos y festivales por toda Europa.
Colaborar con esta casa tiene un significado especial. Cuando era un niño, antes incluso de descubrir el heavy metal, fue aquí donde conocí a artistas como Rosendo o Extremoduro y donde empezó a crecer mi pasión por la música. Hoy tengo la suerte de aportar mi granito de arena al mismo medio que me acompañó en aquel viaje.
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