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Crónica de Godsmack en Barcelona: Cuenta saldada

El aire dentro de la sala no era simplemente cálido, era una atmósfera densa, cargada de esa electricidad que solo las grandes leyendas del rock son capaces de invocar. Aunque Godsmack ya había descargado su arsenal en el festival Leyendas del Rock apenas unos días atrás, la cita del 11 de agosto de 2026 prometía algo muy diferente: una misa de decibelios en formato íntimo, sudoroso y a quemarropa.

Situarse en la línea central de la pista, a escasos metros del pie de micro, era colocarse en el ojo del huracán. Cada golpe de caja retumbaba directamente en el esternón y cada guitarra parecía despegar la piel.

Puntuales, a las 20:30, con una sala todavía a medio gas pero rebosante de energía contenida, los altavoces escupieron el himno de AC/DC, “For Those About To Rock (We Salute You)”. No era una simple intro, era una declaración de principios, el credo sagrado antes de la batalla. La expectación era máxima.

Tras los cambios que sacudieron la banda en 2025, con la salida de los históricos Tony Rombola y Shannon Larkin, la nueva encarnación de Godsmack se presentaba como una apisonadora renovada. Al frente, el fundador Sully Erna, voz y guitarra rítmica, secundado por su inseparable compañero Robbie Merrill al bajo. A su lado, Sam Koltun asumía la guitarra principal, mientras que Mike Mangini, exbatería de Dream Theater, ocupaba el puesto tras el breve paso de Wade Murff.

Bajo una ovación atronadora, la formación irrumpió en escena. El asalto comenzó con la épica “When Legends Rise”. Desde el centro de la pista, el impacto sonoro fue absoluto: la garganta de Erna rasgó el aire y convirtió Razzmatazz en un templo de distorsión.

Sin tregua, llegaron “You and I”, los trallazos de “Straight Out of Line” y la agresiva “Awake”. El público, ya completamente entregado, respondió con los puños en alto a “Surrender” y a la oscuridad de “The Oracle”.

El punto de ebullición llegó con “Cryin' Like a Bitch!”, escupida con una rabia visceral y coreada como un himno de guerra. Después, “Keep Away” marcó el ecuador del espectáculo.

Fue entonces cuando Sully se detuvo para presentar a sus compañeros, rindiendo honores a Robbie Merrill y desatando una fanfarria para coronar al titán de los platillos: “¡Mike motherfucker Mangini!”. El recibimiento de la sala dejó claro que la incorporación del veterano batería no era un simple cambio de nombres: su presencia había añadido una dimensión física y espectacular a la maquinaria de Godsmack.

El torbellino continuó con “1000hp” y “Speak”. Sin embargo, la mayor comunión de la noche llegó con “Voodoo”. Su hipnótica línea de bajo y sus percusiones envolventes sumergieron la sala en un trance oscuro y místico.

Durante unos minutos, el tiempo pareció detenerse entre luces, humo y voces, antes de desembocar en la explosión catártica de “Whatever”.

Al terminar, el público arrancó con el clásico “¡Olé, olé, olé!”, una marea humana que Sully amplificó emocionado: “¡Vosotros sois el verdadero espíritu del rock!”. La respuesta fue inmediata y convirtió aquel intercambio entre artista y público en uno de los momentos más auténticos de la velada.

Tras un breve repliegue, la banda regresó para un encore inolvidable. Sully ofreció un largo y emotivo discurso, saludando a las distintas nacionalidades presentes, antes de interpretar una versión íntima y acústica de “Under Your Scars” junto a Sam Koltun.

El contraste fue notable: después de una hora de contundencia, la banda consiguió mantener a toda la sala en absoluto silencio. A mitad del tema, Sully pidió al público encender las luces de sus móviles.

En segundos, Razzmatazz se convirtió en un manto de estrellas digitales mientras miles de voces acompañaban el estribillo.

La calma dio paso de nuevo al rock con la versión distorsionada de “Come Together”, de The Beatles, enlazada con “Bulletproof”.

A esas alturas, el calor y la humedad dentro de la sala eran sofocantes. En plena pista, un guardia de seguridad incluso tuvo que obligar a un chaval a ponerse de nuevo la camiseta.

En medio de aquella vorágine de sudor, empujones y cabezas agitándose al ritmo de la música, la banda regaló un brillante mashup con “Stairway to Heaven”, de Led Zeppelin, donde Mike Mangini volvió a ofrecer una exhibición magistral a la batería, demostrando una vez más su capacidad para convertir cada golpe en un espectáculo dentro del espectáculo.

El broche de oro solo podía llevar un nombre: “I Stand Alone”. El himno definitivo resonó en el pecho de cada asistente mientras la banda exprimía hasta el último decibelio de la noche.

Con los últimos acordes todavía flotando sobre una sala completamente rendida, quedó la sensación de haber asistido a algo más que un concierto.

Godsmack no solo demostró la vigencia de su nueva alineación, sino que reafirmó una verdad esencial: cuando el directo arde, el verdadero rock jamás será vencido.

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