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Crónicas

WOP Festival

«Rituales de santería entre animales mansos»

16 diciembre 2017

Sala Santana 27, Bilbao

Texto: Alfredo Villaescusa. Fotos: Marina Rouan

La mística siempre es importante. Revestir todo de una dignidad que nos eleve por encima del suelo y que nos certifique que lo que vamos a presenciar es un espectáculo verdaderamente único. Es necesario en ocasiones abrir claros espirituales que destierren las toneladas de vulgaridad que nos inundan en múltiples frentes. Conjurar el descreimiento mediante acciones concretas y así entrar de lleno en una comunidad con un lenguaje propio incomprensible para los foráneos.

Ese sentimiento de ritual santero o vudú podría palparse en la mayoría de los oficiantes del festival WOP, una cita ya consolidada en el panorama vizcaíno que en esta edición contaba con un cartel potente conformado por los suecos Backyard Babies, Jim Jones con su nueva reencarnación The Righteous Mind y los andaluces psicóticos Guadalupe Plata. Un trío lo suficientemente apetecible para cualquier aficionado al rock con mayúsculas.

Pese a una meteorología de lo más adversa que parecía presagiar una catástrofe sin paliativos en términos de asistencia, al final se alcanzó una cifra en torno a los 600 asistentes, lo justo para dotar a la velada de cierto calor humano sin que tampoco nos agobiáramos con tanta muchedumbre. Dado además que los cabezas de cartel únicamente paraban en Valencia en esta breve gira, no dudaron en apuntarse al sarao peña del foro y de otros puntos de la península.

Con un personal escaso que se fue incrementando a medida que transcurría su tiempo en escena, los jienenses Guadalupe Plata dieron rienda suelta a su blues noctívago que no suena a la noche de los tiempos y evoca rituales de vudú, santería o cualquier cosa que tenga que ver con animales muertos o cementerios. Hay que meterse muy en su rollo para pillarles el punto, algo que no resulta complicado con piezas hipnóticas del estilo de “Hoy como perro”, “Huele a rata” o la culminación del sacrificio “Calle 24” con su característico ruido de locomotora. Podrían tocar tranquilamente entre vampiros, hombres lobo, borrachos y otras criaturas de malvivir.

Lo de Jim Jones & The Righteous Mind ya se barruntaba que sería un paseo triunfal en toda regla dada la probada solvencia de su histriónico líder en las distancias cortas. Si con Jim Jones Revue apelaba al espíritu adrenalínico del rock n’ roll añejo con alaridos a lo Little Richards, con este lavado de cara amplía el abanico hasta alcanzar profundidades abisales aguardentosas con cierto enfoque experimental no muy alejadas de Tom Waits. Eso quedó patente con la iniciación en el culto de “Boil Your Blood” a cargo de un impecable voceras vestido de crápula gritando como una bestia a la peña.

Cual animal desbocado, apeló a los instintos primarios y desprendió esa pura electricidad que algunos echaron en falta en los teloneros anteriores. Y al igual que estos, también glorificaba las penumbras y los garitos humeantes con “Heavy Lounge Pt. 1” antes de estallar en la embrutecida versión de Wilson Pickett “I Found A Love”, uno de los momentos álgidos de la ceremonia vudú. Jones sigue siendo un frontman fuera de lo común con sus gritos estremecedores o tirándose al suelo con sus escuderos igual que si estuviera puesto de peyote. No sabemos si tendrá la facultad de abrir puertas hacia otros mundos, lo que sí es cierto es que en sus bolos uno se coloca en otra dimensión. Una fiera indómita en su hábitat.

Y si el peligro por bestias sueltas se palpaba en la actuación precedente, con Backyard Babies la sensación fue de todo lo contrario, animales mansos a los que podrías pasar la mano por el cogote y acariciar sin problema. Eso se desprendía de ese sonido excesivamente limpio e inofensivo impropio de un grupo de su rollo, parecía que uno estaba viendo a Social Distortion, o incluso Green Day. El poco fuelle en el arranque con “Th1rt3en or Nothing” no se disipó en la feliciana “Dysfunctional Professional”, por mucho que Dregen amagara con un pogo dejando de lado la guitarra.

“The Clash” es un auténtico temazo, aunque suene tan pulido que no asuste ni a una viejecita, al igual que “Brand New Hate”, donde mandaron sacar cuernos y gritar “Yeah”. De actitud andaban bien, vale, pero allí lo que hacía falta es lo que bramaban desde atrás: “¡Dadle volumen!”. En tal contexto, con los ánimos exacerbados, tal vez no resultara lo más apropiado arrancarse con el medio tiempo “Bloody Tears” y dejar con un palmo de narices a los que esperaban que anticiparan algún tema inédito de su próximo disco previsto para 2018. No caería esa breva.

Los trallazos “Highlights” y “A Song For The Outcast” siguieron sin atronar lo esperable antes de que el bajista repartiera algo que se asemejaba sospechosamente al zumo de naranja, esperemos que no se atrevieran, ya podrían pegarse unos lingotazos de Jack Daniel’s a lo Nashville Pussy. Por lo menos al vocalista Nicke Borg no le dio por hablar demasiado, salvo ocasiones puntuales, como cuando se acordó de lo terrible que había resultado 2017 para las leyendas del rock y dedicó a Malcom Young y al ex Hellacopter Robert Dahlqvist la sublime “Painkiller”, que fue con creces de lo mejor de la noche con su aire atormentado a lo Dogs D’ Amour. Dregen además no se cortó en echarse un piti a la par que clavaba unos coros magistrales.

El último disco de los suecos contenía piezas muy válidas para el directo, caso de “I’m On My Way To Save Your Rock N’ Roll”, el repertorio no falló un ápice con “Star War”, con Dregen tomando de nuevo el protagonismo al cantar algunos fragmentos y legar una estampa mítica pegándose al voceras en el micro y así evocar binomios legendarios en la historia del rock como el de Jagger/Richards o Steven Tyler/Joe Perry. Los riffs enérgicos de “Nomadic” lograron insuflar algo de esa garra que tanto se echó de menos.

Al de una hora escasa, regresaron para los bises con el himno anti perfección “Abandon”, en este tipo de temas sí que no desentonaba su actual enfoque comedido. Y Dregen se acercó a las primeras filas para amagar con el riff de “Angel of Death” de Slayer y luego el de “Roll Over Beethoven” de Chuck Berry antes de desembocar en la monumental “Minus Celsius”, que no necesita presentación alguna y vale para quedarse turulato hasta su próxima visita. Pero la tradición decía que el final de fiesta debía alcanzarse con la inevitable “Look At You”, con pogos desatados y alguno hasta levantando la muleta. Como mandan los cánones.

Quizás nos estemos volviendo demasiado punki y no aceptemos sonidos tan limpios como el de aquella noche, aunque determinados grupos exigen una muralla sónica chirriante que eche para atrás a timoratos. Borg y compañía no asustaron a nadie en aquella velada, no había temor a que una bestia se te llevara la mano por delante. Quién nos iba a decir que experimentaríamos rituales de santería entre animales mansos. Un poco más y salen osos amorosos.

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