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Crónicas

Ilegales: Anfetamínico Total

«Un bolazo anfetamínico total. Y sin dolor de cabeza a la mañana siguiente.»

8 febrero 2019

Kafe Antzokia, Bilbao

Texto y fotos: Alfredo Villaescusa

A David Bowie le encantaban las drogas que le ponían como una moto, mientras que odiaba todas aquellas que le embajonaban. No era de extrañar, por tanto, que llegara a confesar en alguna ocasión que la cocaína era su “alma gemela” y que desatendiera incluso compromisos importantes para coincidir con su camello de confianza. Su dependencia a tal sustancia alcanzó tal punto que, por ejemplo, no recuerda haber grabado un disco transicional como ‘Station to Station’. Una adicción que concuerda por completo con aquellas legendarias palabras de Lemmy Kilmister que decían “El verano de 1973 fue fantástico. No me acuerdo de nada, pero nunca lo olvidaré”.

Habida cuenta de que los asturianos Ilegales nunca fueron hermanitas de la caridad, es de suponer que habrán existido a lo largo de su trayectoria mil y un escarceos con las más diversas sustancias, aunque sin pasarse, sin perder de vista que “drogas duras llenan sepulturas”, como reza el título de una de sus canciones. Una moderación ante los excesos que ha vuelto a relucir en su último disco con “No tanta, tonto”.

Pero a veces los vicios consiguen abrirse camino de todas maneras en el fondo del espíritu, y no hablamos solo en el sentido más tradicional del término, sino también de otras adicciones más reconocidas socialmente, como quedar con chicas o intercambiar mensajes hasta altas horas de la madrugada. Porque no únicamente colocan los polvillos blancos, la maría o el hachís, sino también hábitos que acaban convirtiéndose en fijaciones insanas bastante perniciosas para la salud mental.

Un ejemplo de un espectáculo capaz de ponerte a tono para tirarte de farra hasta el límite de la decencia pudo ser el que contemplamos aquella noche de Ilegales en un Kafe Antzokia a rebosar con entradas agotadas y ambientazo intergeneracional. Había por ahí una nutrida representación de chavalada punk y algunos destacados músicos del rollo como Javi de Subversión X o Nando de Los Carniceros del Norte, que nos confesó que aprendió a tocar el bajo escuchando discos de la banda asturiana.

Cansados hasta los mismísimos de dar palmas y demás mierdas para perder el tiempo, agradecimos enormemente un concierto de esos adrenalínico a tope, con temas enlazándose los unos con los otros y demostrando el soberbio estado de forma de un Jorge Martínez pletórico al que sus compis no le van en absoluto a la zaga, como el versátil Mike Vergara a las teclas y guitarra, o el implacable pulso al bajo de Willy Vijande. Suena a tópico, pero en este caso es más cierto que nunca que viven una segunda juventud a todos los niveles. Y que sea así por muchos años.

Ya les habíamos visto anteriormente en Madrid, pero nos sigue pareciendo un detalle de lo más exquisito que utilicen a modo de intro “Stick de Hockey” y acto seguido enlacen con novedades del calibre de “No tanta, tonto” y “Suicida”, nihilismo a borbotones para espantar posibles buenrollistas. La cosa se pone más festiva con el clásico “Hola, mamoncete”, y la juventud punk brama orgullosa el frenético estribillo de “Ella saltó por la ventana”, más verdades incómodas que seguramente desearían silenciar los partidarios de censurar canciones.

El festín de piezas enormes era tan glorioso que a alguno hasta se le escapó un “¡Qué buena!” antes de “Agotados de esperar el fin” o del reivindicativo y obligado decálogo para los apóstoles de lo políticamente incorrecto “Todo lo que digáis que somos”. Mordiscos de rabia de la envergadura de “El norte está lleno de frío” convivían en armonía con el post punk glacial de “Enamorados de Varsovia”, con Jorge bordando unas melodías de guitarra de tocar el cielo.

El remanso de paz de “El bosque fragante y sombrío” cerró una trilogía casi siniestra antes de volver a escupir bilis en “Chicos pálidos para la máquina”, para que ningún gafapasta o abrazafarolas olvide que “Si no hay odio, no hay rock n’ roll”. Y todos esos tipos que hacen el ridículo en programas televisivos de cazatalentos también gozarían de su dedicatoria en “Yo soy quien espía los juegos de los niños”, cuya estrofa en la que alude a la cloaca infecta de Eurovisión fue saludada con grandes aplausos. Los congregados sabían de sobra lo que era bueno y sincero.

El desafío a la parca sonó verdaderamente contundente en “Si la muerte me mira de frente me pongo de lao”, y Jorge no dudó en brindar por “los que están y los que no están” previamente a tornarse vulnerable en un delicado “Ángel Exterminador” muy celebrado por los seguidores veteranos, según los comentarios que escuchamos al terminar el show. Ni un momento de descanso con la novedad “Mi amigo Omar” ni con el rollo quinqui de “El demonio” que evoca la vida de un delincuente juvenil sevillano.

“Regreso al sexo químicamente puro” proporcionó otro de los momentos más emocionantes de la velada, engrandecido además por enlazar el himno con “Me gusta como hueles”, una golosina de esta gira en la que Jorge confesó sentirse sorprendido por el respeto con el que se ha acogido hasta ahora. Ahí aprovechó el profeta de la incorrección para rememorar aquellos tibios intentos de censura que ya había en los años 90 que llevaron a cierta emisora a prohibir dicha canción. “Quizás deberíamos habernos cagado en su puta madre”, reflexionó en voz alta. Oremos, maestro.

Y en esa tesitura solo de una clase inmensa pudo calificarse la inclusión de “La casa del misterio” antes de la traca final con el aguardiente contra musicólogas de “Eres una puta”, la lección de supervivencia “Si no luchas, te matas” o un “Soy un macarra” cantado a pleno pulmón por el entregado respetable. “Tiempos nuevos, tiempos salvajes” conserva tanta vigencia hoy en día como a principios de los ochenta, mientras que el subidón punk de “Dextroanfetamina” termina de calentar el pico y dejar con ganas de mucho más. Hubo un breve problema con la guitarra de Jorge que se solventó con celeridad, por lo que apenas perdió pegada un “Bestia, bestia” que hacía la número 30 según las cuentas de su líder.

Los bises resultaron generosos al abrirse con “Los chicos desconfían” y “Hombre solitario”, un viejo rock n’ roll que en sus manos jamás suena vetusto. Y a toda mecha enfilan con un “Problema sexual” espitoso en el que recordamos la vez anterior en ese mismo recinto cuando con ese tema el personal a punto estuvo de invadir el escenario. La bendición Ilegal descendió sobre las cabezas sin importar que fueran “de izquierdas o de derechas”, aunque estas palabras del vocalista encontraron cierta contestación en alguno que dijo “¡A los de derechas en la puta vida!”. “Destruye” cerró la cuadratura del círculo con acelerada final y otorgando el descanso necesario a un recital vertiginoso y trepidante.

Desde luego, pocos artistas en la actualidad serán capaces de marcarse sin apenas tomar aire más de una treintena de cortes sin desfallecer en el intento, toda una muestra de poderío para dejar en la lona a los modernos que tras una hora tocando ya no pueden ni con los huevos. Por lo que vimos aquella noche, todavía les queda cuerda para rato. Un bolazo anfetamínico total. Y sin dolor de cabeza a la mañana siguiente.

Alfredo Villaescusa

Alfredo Villaescusa

Eclecticismo en vena. No hay nadie que no dispare el viernes por la noche, ni hay quien esquive los disparos.
Alfredo Villaescusa
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