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Crónicas

091: Dulce venganza

«091 logró transmitir todo lo que significa y consiguió que su público saliera de allí con la satisfacción plena de haber vivido, tras la resurrección, otro milagro»

Joy Eslava, Madrid

Texto: Valle. Fotos: Juanma Cantos

No suele ocurrir casi nunca, pero... ¡qué satisfactoria es la venganza cuando es dulce! No obstante, para que se produzca este rarísimo hecho, para que surja de la nada un azúcar que dé dulzor al desquite, es imprescindible que los agraviados asuman la injusticia sin resentimientos, que se marchen con su pena, con el orgullo del trabajo bien hecho, en silencio y... sin rencores.

091 fueron los tristes protagonistas de la mayor injusticia musical que yo jamás he vivido. Tras crear las mejores canciones del pop rock en español y llegar a ser una de las mejores bandas nacionales en directo, nos dejaban en 1996 sin haber logrado ese merecido reconocimiento que otros grupos, en aquellos años, conseguían con cierta facilidad haciendo menos de la mitad.

En el concierto de la Joy Eslava del pasado viernes, José Antonio García, el carismático vocalista de 091, agradecía a su público las plegarias rezadas que posibilitaron la resurrección de la banda. Es cierto, en su honrosa y humilde despedida nunca pudieron adivinar que su ejército no pararía de clamar venganza hasta restituir la justicia, hasta alzarlos al pedestal de la merecida gloria que tan impunemente se les negó. Ellos consiguieron hacerles un gran homenaje con la inolvidable y exitosa gira "Maniobra de resurrección" veinte años después de su despedida. Sin embargo, solo podía terminar de fraguarse la dulce venganza con la presentación en directo de su luminoso nuevo disco, con los primeros pasos de "La otra vida". Como notarios de esta legítima restitución, entre su leal y rejuvenecido ejército que abarrotó la sala, se encontraban el dúo Amaral, que comenzó su insigne trayectoria cuando acabó la de los cero y un legendario Miguel Ríos.

Por todo esto, estoy convencido de que su primer single y la nueva canción con la que ya comienzan sus conciertos, la justiciera "Vengo a terminar lo que empecé", no se conjuga con el vocablo venir sino, como no podía ser de otra manera, con el verbo vengar. Así, se perpetró otro memorable recital que, esta vez, mezclaba lo nuevo con lo eterno y lo deseado con lo necesario. Sonaron desgarradores todos los éxitos de la banda destacando la incorporación al repertorio de una celebrada "Cartas en la manga", también la versión "primigenia", en eléctrico, de su himno "La canción del espantapájaros", pero, sobre todo, me enamoró el misticismo y la fuerza con la que interpretaron "Otros como yo". De todos los conciertos de 091 que he vivido en este siglo y en el anterior, nunca la he disfrutado tanto.

Además, sonaron ilusionantes las canciones nuevas. A la potencia esperada de "Condenado" o "Al final" y a la sensibilidad mágica de "Mañanas de niebla en el corazón", "Naves que arden" o "Soy el Rey", se unió la grata sorpresa de que otro músico de culto, el francés François Pandolfi "Frandol", productor de los cero en este naciente e impresionante álbum, subiera con mucho desparpajo al escenario para tocar con su guitarra junto a ellos una extraordinaria "Leerme el pensamiento".

Tacho González estuvo tan contundente a la batería como en sus mejores tiempos. Jacinto Ríos, al bajo, continúa siendo mi favorito sobre las tablas porque muestra esa chulería reivindicativa que tanto me gusta. Raúl Bernal, a los teclados, es el maestro en la sombra que ya consigue mejorar todos los temas del grupo. José Antonio García, a la voz, volvió a entusiasmar con el dominio absoluto y mezclado de sus dos vertientes: la salvaje y la melódica. Sin embargo, en este concierto, hay que recalcar la entrega y el saber de los hermanos Lapido con sus afiladas guitarras. A los excelsos acordes y punteos del genial poeta José Ignacio, solo podía responder con espectaculares arreglos y riffs su estirpe menor, el rebelde contestatario Víctor.

En definitiva, 091 logró transmitir todo lo que significa y consiguió que su público saliera de allí con la satisfacción plena de haber vivido, tras la resurrección, otro milagro. Porque la verdad es que no, no suele ocurrir casi nunca, pero... ¡qué satisfactoria es la venganza cuando es dulce!

Redacción
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