Comenzaba el siglo XXI con un exceso de rock pesado que empezaba a oler a radio fórmula. Desde las emisoras norteamericanas hasta la todopoderosa MTV sobrevivían a la resaca del nu metal y el negocio pensaba que había conseguido domesticar aquello que se englobaba bajo la etiqueta del heavy metal. Todo parecía cómodo y predecible. Entonces apareció ‘Toxicity’. Los responsables eran cuatro armenios que habían llegado junto a sus familias tras la diáspora y se habían criado en Los Ángeles. Allí habían dado forma a sus ideales, que acabaron compartiendo musicalmente en lo que sería su debut en 1998, ‘System of a Down’, un escupitajo salvaje que ponía las bases de la banda a merced de un público que no tardó en hacerse adicto.
4 de septiembre de 2001, es fue el día en el que aparecía el nuevo trabajo de la banda, sin necesidad de encajar en prime time, pero el destino le tenía reservado un lugar en una historia que comenzaba con desastre el día anterior al estreno.
25 años de 'Toxicity' de System of a Down
El motín de Hollywood Boulevard
La mecha prendió antes de tiempo: 24 horas antes de su aparición en las vitrinas de todas las tiendas de discos, querían regalar a su audiencia un show gratuito. Habían citado a su fandom en un aparcamiento de Hollywood en el que cabían cerca de 3.500 personas, pero el cálculo se les fue de las manos y a las cuatro de la tarde ya superaban las diez mil, cortando el tráfico en Hollywood Boulevard y colapsando todo lo que rodeaba el escenario.
¿Qué harían las autoridades? Ante el desborde y el pánico, dieron orden de crear un cordón de seguridad y anular la actuación cuando tan solo quedaban unos minutos para el concierto. Ni siquiera dejaron subir a Serj Tankian a calmar a los suyos o a dar una mínima explicación ante el sofocante calor californiano que llevaban sufriendo sus fans, quienes tomaron esta decisión como un desafío, una burla que acabó en estampida, derribo de vallas, destrozo de escaparates y cargas de la policía montada. Tampoco se libraron de la batalla los instrumentos de la banda, que acabaron hechos astillas en medio de la vorágine. Así fue como se acumuló la energía alrededor de un disco que rompería moldes.
El veto del 11-S y la conquista del número 1
Siete días después de su publicación, llegaba el desastre al mundo. El 11 de septiembre de 2001 cambiaría a la sociedad para siempre también en lo musical. Junto a las Torres Gemelas se derrumbaban ideales políticos, culturales y sociales. Y en mitad de todo esto, en el número 1 de Billboard, cuatro estadounidenses de origen armenio presumían de ocupar un puesto nada fácil de conseguir, cantando con furia sobre cárceles masivas, injerencias militares o el colapso ético de Occidente.
El aparato mediático se vería afectado por Clear Channel, propietarios de más de mil emisoras de radio en toda Norteamérica, que hizo circular un memorándum interno con la lista negra. 165 canciones tildadas de hirientes para la sensibilidad nacional de artistas como Rage Against the Machine, John Lennon o Black Sabbath; pero el objetivo prioritario fue “Chop Suey!” por sus referencias explícitas a la muerte y al suicidio. Un tema que merecerá un apartado especial en este artículo.
Tankian fue tachado de antipatriota y recibió amenazas de toda índole por un ensayo en el que reflexionaba sobre la geopolítica y la escalada bélica en Oriente Medio.
Ya sabemos lo que ocurre cuando se intenta censurar, si no que se lo pregunten a los Sex Pistols… si SOAD no tenía altavoz en las radios, la juventud se encargaría de agitar los tambores de guerra y acudir a ‘Toxicity’ como refugio, por lo que no lograron despojarles de los puestos más altos de las listas, consiguiendo cifras de ventas millonarias y desafiando el veto de la industria sin dejarse arrastrar por ella.

Dinamita para el Pop
Los patrones de consumo rápido no valen para discos como este. La fórmula estrofa-estribillo-estrofa-puente-estribillo era dinamitada por la banda sin miramientos. Se trata de un álbum que supone un ejercicio desorientador para un cerebro con estos esquemas. Quisieron utilizar la lógica de las suites y la danza folclórica de Europa del Este. Parecía una tarea incomprensible, pero nada más hace falta una escucha para saber que no estamos ante un trabajo menor.
Primero, Malakian afinó sus guitarras en Drop C (lo habitual era hacerlo en Drop D), pero lo llevó más allá al añadir escalas frigias a sus riffs, utilizar la escala menor armónica y los dibujos arabescos y cadencias del folk del Cáucaso, de ahí que las canciones muten constantemente y nos zarandeen con compases de 6/8, 3/4 o 12/8. Una de las grandes muestras es el tema que da título al trabajo, “Toxicity”, que pasa de balada a estribillo marcial y, de ahí, a un final sincopado único.
El bisturí de Rick Rubin
Uno de los mejores productores de estas décadas, Rick Rubin, tuvo la culpa del sonido que muestra el trabajo. Su calma mística no se vio turbada por el cemento que llevaron al estudio. Sabía que no iba a domesticar a la banda. Quería que aprendieran a convivir con su espíritu de fiera. Posiblemente, su obra maestra dentro de este contexto fue armonizar la voz de Tankian con la de Malakian con terceras y quintas. No hacía falta más. Un recurso más folk que metal, pero con un resultado aplastante.
Es verdad que, después, en directo, no era lo mismo, al menos en la ocasión que yo pude verlos en aquel caótico Festimad 2005 en el que todo acabó reventado. El bueno de Daron se limitaba a emitir gritos agudos sin sentido y, a menudo, fuera de tono. Quizás también se vio afectado por lo que ocurría fuera del escenario.
“Chop Suey!” cambió su nombre por la discográfica
Los despachos de Columbia Records, antes de que viera la luz el redondo, eran un hervidero precisamente por la canción que debía presentar el trabajo al mundo, a la que habían bautizado como “Suicide”. Los ejecutivos pensaron que esto sería una muerte comercial anunciada. “¿Quién en su sano juicio iba a emitir una canción con semejante nombre?”, se preguntaban.
Apuntaron directamente al foco y decidieron que tendrían que cambiar de nombre al tema o no habría disco. La respuesta del grupo fue una genialidad mordaz y la rebautizaron como “Chop Suey!” apelando a la gastronomía china-estadounidense (plato básicamente compuesto de sobras revueltas de carne con arroz) y ocultando un juego fonético soberbio: “Chop Suey-cide” (Suicidio troceado). Un desafío que conservó para la posteridad. Por si fuera poco, en el inicio de la pista se escucha a Serj decir claramente “We’re Rolling Suicide” (“estamos grabando "Suicide"”).
Al igual que hacen ellos con “Arto”, la pista oculta que aparece tras “Aerials”, yo también tengo un bonus track, ya que tras la aparición del disco se filtraron los descartes que no habían entrado en él. Un movimiento que llevó a SOAD a regrabar los temas, decepcionados por tener los fans un material que estaba claramente inacabado, publicando su tercer trabajo, ‘Steal This Album!’, en un formato cuya imagen era la de un CD virgen bautizado a mano.
Se cumplen 25 años de aquel momento, de uno de esos que me encantaría volver a vivir. Si alguna vez pierdo la memoria, quiero que me vuelvan a poner este ‘Toxicity’ para escucharlo con los oídos vírgenes de aquel 2001. Sería un argumento sensacional para descubrir el talento innato de estas fieras sin domesticar.
Escucha 'Toxicity' en Spotify:
El veneno del rock me da la vida. Defensor de las bandas que se dejan la piel en la carretera, amante de los vinilos y las Stratocaster. Si escuchas una descarga de decibelios, lo más probable es que yo ande a escasos centímetros de los amplis, si no estás, deja que te lo cuente.


