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Crónica de Rush en Ciudad de México: Veinticuatro años después

Foto: Ocesa / Liliana Estrada

Habían pasado veinticuatro años desde la última visita de la banda al país y once desde que Rush ofreciera su gira de despedida. En el camino, luego de una batalla contra el cáncer, partió Neil Peart, uno de los bateristas y compositores más influyentes en la historia del rock. Durante años pareció imposible imaginar a Geddy Lee y Alex Lifeson compartiendo nuevamente un escenario bajo el nombre de Rush. Sin embargo, el “Fifty Something Tour” demostró que aún había una historia más por contar y que celebrar un legado construido durante más de cinco décadas.

Desde mucho antes del inicio del concierto, podía sentirse que el público entendía el significado de la noche. Entre los asistentes convivían seguidores que habían esperado más de dos décadas para volver a ver a la banda, familias enteras y jóvenes que apenas tendrían la oportunidad de escuchar estas canciones en vivo por primera vez. El Palacio de los Deportes se convirtió en un punto de encuentro entre distintas generaciones.

Aquella misma noche, la selección mexicana disputaba su partido del Mundial 2026 frente a Corea del Sur, pero ese acontecimiento parecía pertenecer al mundo exterior; dentro del Palacio, nada competía con la emoción que provocaba el regreso de la banda.

Foto: Ocesa / Liliana Estrada

Las luces se apagaron y, tras la introducción “Where's Rush?”, la silueta de los músicos apareció entre humo mientras el escenario comenzaba a transformarse con un elaborado despliegue de luces, pantallas y proyecciones. El estallido definitivo llegó con los primeros acordes de "Xanadu". Después de años de espera, no hicieron falta discursos para comprender que Rush estaba nuevamente frente a su público.

La primera parte del concierto recorrió distintas etapas de la carrera de la banda con absoluta naturalidad. "Dreamline", "Subdivisions" y "Headlong Flight" confirmaron que las composiciones conservan intacta su fuerza, mientras que "La Villa Strangiato" volvió a demostrar por qué continúa siendo una de las piezas instrumentales más admiradas del rock progresivo. La interpretación fue recibida con una ovación que reconocía su lugar dentro de la historia del género.

Foto: Ocesa / Liliana Estrada

Pero si hubo un hilo conductor durante toda la noche, fue la presencia de Neil Peart. Rush nunca intentó ocultar su ausencia. Al contrario, decidió convertirla en parte esencial del espectáculo. El primero de dos collages audiovisuales dedicados al baterista precedió a "Bravado", uno de los momentos más emotivos del concierto. Mientras en la pantalla sobre el escenario desfilaban imágenes de Peart a lo largo de su vida y su carrera, miles de asistentes levantaron las luces de sus teléfonos, transformando el recinto en un silencioso homenaje para quien, aunque ya no está físicamente con nosotros, sigue ocupando un lugar central en la identidad y memoria de la banda.

Una de las figuras que más intriga causo durante la noche fue la baterista alemana Anika Nilles. Su tarea no consistía en reemplazar a Neil Peart, porque eso es sencillamente imposible, sino en interpretar un repertorio que exige un nivel técnico extraordinario. Lo hizo con personalidad, precisión y una notable sensibilidad musical. Nunca buscó imitar cada movimiento de Peart, sino honrar su legado tocando la batería con su propio estilo. La complicidad con Geddy Lee y Alex Lifeson fue creciendo conforme avanzó el concierto hasta integrarse de manera completamente natural al sonido de Rush.

Foto: Ocesa / Liliana Estrada

Geddy Lee, próximo a cumplir 73 años en un mes, fue otra de las grandes revelaciones de la noche. Lejos de cualquier idea de desgaste, su voz apareció con una solidez sorprendente, alcanzando registros altos con una claridad que provocó una respuesta inmediata del público, que lo celebró con una ovación prolongada en más de un momento del concierto. Al mismo tiempo, su trabajo en el bajo mantuvo esa combinación tan característica de precisión y libertad que ha definido el sonido de Rush durante décadas.

Por su parte, Alex Lifeson sostuvo el equilibrio sonoro del concierto. Su guitarra volvió a ocupar ese lugar fundamental dentro del lenguaje de Rush, alternando pasajes con una precisión pocas veces vista, siempre al servicio del sonido colectivo de la banda.

El cierre del primer acto con "The Spirit of Radio" dejó al público en un estado de euforia difícil de contener. Sin embargo, la segunda parte todavía guardaba una de las mayores sorpresas de la noche.

Foto: Ocesa / Liliana Estrada

Tras una divertida introducción inspirada en South Park, la banda interpretó de principio a fin ‘Moving Pictures’, álbum de 1982 que redefinió su carrera y que permanece como una de las obras fundamentales del rock. Escuchar consecutivamente "Tom Sawyer", "Red Barchetta", "YYZ", "Limelight", "The Camera Eye", "Witch Hunt" y "Vital Signs" fue la confirmación de la extraordinaria vigencia de un disco cuya influencia continúa atravesando generaciones de músicos.

El segundo homenaje a Neil Peart preparó el terreno para la parte final del concierto. "Time Stand Still" y "Closer to the Heart" aportaron uno de los momentos más cálidos de la velada antes de que Rush recurriera a la monumental suite ‘2112’, interpretando la "Overture", "The Temples of Syrinx" y el "Grand Finale", recordando que buena parte de su identidad artística siempre estuvo ligada a la ambición creativa y a la voluntad de desafiar los límites del rock.

El encore terminó por cerrar el círculo. "Finding My Way", rescatada de su álbum debut de 1974, sirvió como puente hacia "Working Man", la canción con la que todo comenzó para Rush hace más de medio siglo. No pudo existir un final más apropiado, fue como regresar al origen después de recorrer toda una vida.

Cuando las luces del Palacio de los Deportes se encendieron, quedó claro que el verdadero protagonista de la noche no había sido únicamente el virtuosismo de tres músicos extraordinarios. También había sido la memoria. Rush regresó a México sin intentar borrar la ausencia de Neil Peart y encontró precisamente en esa honestidad una de sus mayores fortalezas.

El concierto fue una celebración de su historia, de su presente y de una obra que sigue asombrando a las nuevas generaciones.

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