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Crónica de Luback en Madrid: No es una banda cualquiera

No era un jueves cualquiera ni una cita cualquiera, porque los protagonistas de la velada están a años luz de lo convalidable con el grueso de la escena, tanto nacional como internacional. Esa fue la sensación generalizada de los cientos de personas que dieron a la sala Villanos de Madrid el aspecto de las grandes noches, y no se trata en absoluto de una hipérbole afirmar, después de lo vivido, que Luback está en un escalafón musical privilegiado, en una atalaya sonora de desmesurada calidad e inaudita brillantez que en un mundo justo los llevaría a reventar aforos de todas las coordenadas como una de las bandas del momento.

Echaba de menos visitar el local de la calle Bernardino Obregón de Madrid en las que tantísimas noches de gloria vivimos cuando aún recibía el nombre de sala Caracol, pero lo cierto es que son pocas las propuestas eminentemente rockeras que pisan su escenario desde su cambio de nomenclatura, por no hablar de la nula representación de bandas de metal que han atravesado sus puertas en los últimos tiempos, cuando antes era uno de los locales más socorridos para giras de mediana convocatoria. Cercenar talentos por la densidad del voltaje no debería ocurrir en una ciudad con carencias como las de la capital.

Desde que las luces se apagaron y se encendieron esos focos a contraluz que marcaron la estética del show, la magia rutiló como si estuviéramos, de golpe y porrazo, contemplando un evento histórico ante nuestros ojos. Tal vez habría sido considerado como tal si la misma banda con la misma garra y el mismo genio hubiera pisado un escenario norteamericano o británico hace, qué sé yo, cincuenta años. No en vano, Luback no se bajan del carro de lo que ellos mismos han bautizado como “rock añejo del siglo XXI”, y volvieron a poner de relieve que lo auténtico es sempiterno y no conoce de obsolescencia ni caducidad, menos aún cuando se desempeña con la audacia de los precursores más avezados.

Con un gancho irresistible, del que era imposible escapar, nos aprehendieron con “The Monster”, sacando partido a un sonido tan refinado y equilibrado que, dada la pericia de sus intérpretes, nos llevaba a imaginarnos escuchando el tema en el estudio con todo lujo de arreglos si cerrábamos los ojos. Pero todo, absolutamente todo lo que sonaba, también los coros de las chicas de The Clics, estaba siendo ejecutado con extraordinaria lucidez sobre las tablas en ese preciso momento.

Acto seguido, “We Are” fue defendida con gusto, riqueza y profusión, y culminada por un extraordinario solo de guitarra de ese animal de las seis cuerdas que es Marcus Wilson, cuya versatilidad, habilidad y emoción en su cometido no es ni medio normal. El rock and roll exuberante y más contenido de “Time Flies”, en la que el bajo del también violinista Manuel Fernández resonaba con cuerpo y los teclados y las percusiones de maracas y bombos terminaban de colorearla, desembocó en una de las piezas que más entusiasmo y felicidad despertaron de toda la velada, la fenomenal “Fighting Star”. El vocalista y guitarrista de los madrileños, Cristian del Corral, terminó de hacernos constatar que su garganta, en la que coexisten, desgarro, aspereza, alma y vehemencia, está llamando a estas alturas de su carrera a las puertas de la perfección. ¡Qué manera de clavar cada canción a la voz y también a esa guitarra que mima, exprime y hace hablar!

El propio Cristian dio las buenas noches al personal y pidió un aplauso para las coristas, que descendieron del escenario para la siguiente fase del show. Confesó que estaban abrumados porque éramos muchos y, tirando de cercanía y sentido del humor, comentó que solo esperaba a su madre y finalmente no pudo acudir. Celebró que su deslumbrante último álbum, ‘Human Side On’, sea el primero que ve la luz en vinilo (ya era hora), y nos introdujo en la fantástica “Tears and Joy” asegurando que su letra trata de lo que ellos buscan en la música. Desde luego, no pueden tratar el noble arte sonoro con más deferencia, respeto, amor y dedicación, y así volvió a comprobarse, alcanzando el cénit con otro solo de guitarra de Marcus para arquear las cejas hasta convertirlas en arcos del gótico tardío.

Fue una muy grata noticia que optaran por sacar a relucir “Head Down, High Flight”, una de las dos excelentes canciones que firmaron junto a sus amigos de Tangerine Flavour, que no pudieron estar esa noche, como sí estuvieron otros músicos de la escena madrileña, como el bueno de Charly Fernández, muy cercano al grupo. Cantada entre Cristian y Marcus, la pieza nos elevó y entusiasmó, como también hizo después “Heat, Flames and Fire”, de ese enorme disco que es ‘The Measure of the Step’ (2021) y en la que dijeron explicar de dónde vienen los niños.

El cambio de registro arribó con “Empty Robe”, una canción muy significativa para ellos, dedicada a alguien muy importante que ya no está. Declaró Cristian que a veces alguien muy importante nos deja, y si ha dejado huella es porque lo ha hecho en positivo. En un entorno más folkie y con Alberto Gutiérrez brillando al violín y Cristian en la acústica, el tema nos acunó y envolvió en su calidad y feeling.

Los pasajes acompasados siguieron predominando en “Strenght” antes de que aquello volviese a subir las revoluciones con “Tale of the Gang” y ese adictivo rock que nos lleva casi de viaje exprés al trópico. Fue la antesala del regreso de The Clics a escena, con especial aplauso para Carmen Villaescusa, embarazada de ocho meses. Su hermosa voz se entretejió en primer plano con la de Cristian en la formidable “We Learn”, sentida, profunda, bluesera y onírica, especialmente en el campo de los juegos de voces. El manejo de las dinámicas de Luback está en otra dimensión, en otro universo paralelo que por algún motivo cuántico sin identificar conecta con el nuestro cuando hacen música.

No invitó con ironía y esa buena onda que siempre proyecta Cristian a no ser tan agresivos antes de encarar “You Can’t Fight My Ire”, buenísima y con marcadas trazas funkies, y rememoró después un EP que no pudieron sacar físicamente, ‘Miles Away’ (2023), de la que extrajeron la afanada y atrapante “Guilty or Not”.

Como las temperaturas están siendo terroríficas para la época del año, aunque la sala estaba razonablemente bien climatizada, y el esmero estaba siendo colosal, Cristian echó mano de su petaca para un buen trago de lo que aseguró, “para no alimentar leyendas raras”, que era rooibos. Nadie somos los mortales de sangre roja para cuestionarlo, y aún menos cuando, ni corto ni perezoso, acto seguido se plantaba ante el público con la guitarra desconectada y habiendo dejado el micro atrás para, ante un silencio profundo y sobrecogedor, cantar y tocar sin amplificación alguna, con una capacidad para proyectar sublime. Así dio el pistoletazo de salida a la intensa y penetrante “My Ghost”, de la que dijo con sorna e ironía que se trataba del tema “más alegre” que tenían.

Siendo un día tan marcado, contemplaron la posibilidad de prescindir de versiones, apuntó Cristian, pero luego se retractaron y es por ello que decidieron decantarse por una que les vino como anillo al dedo, la de “Fisherman’s Blues” de The Waterboys, con ese violín juguetón y reluciente de Alberto describiendo una melodía inolvidable, histórica.  Prosiguieron después con “The Witch, the River and the Storm”, que empezó acunándonos y terminó agitándonos como una palmera en el ojo de un huracán.

Para el arranque de los bises, se plantaron todos los protagonistas en el escenario y a capela, con un monumental juego de voces entre todos y todas, nos deleitaron con una pieza llamada “Sad Story” que, tras una buena retahíla de afectuosos agradecimientos y presentaciones, fue sucedida por la vibrante “Need”, con uno de esos riffs de época que a cualquiera le acelerarían el pulso. “Mojo On”, corte de su última placa que no tiene pinta de que vaya a desaparecer jamás de sus repertorios en adelante, dejó el listón por las nubes, dando carpetazo al mejor show de Luback que uno ha vivido, y son ya unos cuantos disfrutados sin ambages ni cortapisas.

Los madrileños seguirán girando durante todo este año y tienen por delante un buen puñado de conciertos y apariciones en festivales, con lo que no se agotan las posibilidades de vivir en primera persona una actuación antológica de una banda que no, no es, ni de lejos, una cualquiera.

Jason Cenador

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