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Crónica de Lenny Kravitz en Icónica Santalucía Sevilla Fest: Groove bajo las estrellas

Foto: Óscar Romero

"Sevilla tiene un color especial", dice la canción. Y es cierto. Pero ese color cambia con cada historia que escribe la ciudad. El 1 de julio, la monumental Plaza de España, convertida un verano más en el espectacular escenario de Icónica Santalucía Sevilla Fest, se tiñó del rojo de la pasión. Entre 18.000 y 20.000 personas, según las distintas fuentes, desafiaron un calor cercano a los 40 grados para asistir a una de las citas musicales más esperadas del verano.

Hay artistas que llenan estadios y hay artistas que trascienden la propia música. Lenny Kravitz pertenece a esa exclusiva categoría. Su aparición sobre el escenario borró de un plumazo el calor, la espera y cualquier atisbo de impaciencia. Bastó su presencia para recordar que las auténticas leyendas no necesitan presentación: simplemente aparecen... y todo cambia. Arropado por una banda de músicos extraordinarios, seleccionados con el mismo nivel de excelencia que exige todo lo que rodea al neoyorquino, Kravitz, a sus 62 años, demostró que el paso del tiempo apenas ha mermado su magnetismo. Elegancia, sensualidad y una presencia escénica fuera de lo común bastaron para adueñarse de la Plaza de España desde el primer acorde.

Foto: Niccolò Guasti

Aunque buena parte del público esperaba con impaciencia la llegada de los grandes clásicos, Lenny Kravitz prefirió dosificar el repertorio. "Bring It On, Dig In" o "TK421" marcaron el camino de un arranque en el que alternó guitarra y bajo con absoluta naturalidad, transitando entre el rock, el funk, el soul y el blues con una elegancia que hacía parecer sencillo lo extraordinario. "¡Sevilla! ¡Gente especial y única! I love you. Estoy muy feliz de estar aquí". Así comenzó un diálogo constante con el público, alternando el inglés y el español. Tras escuchar a miles de voces coreando su nombre, Kravitz se arrodilló en señal de agradecimiento y dejó uno de los mensajes de la noche: "Otro día para amar, otro día para perdonar y otro día para vivir"

"¡Sevillaaaa... qué calor, mamá!", bromeó entre risas antes de que el inconfundible riff de Live desatara una nueva ovación. Publicada en 1998, la canción dio paso a otro de los mensajes que Kravitz quiso dejar durante la noche: "Life is the most precious gift", repitió en varias ocasiones, recordando que la música también puede ser un vehículo para celebrar la vida. Con una banda de auténtica Champions League, el margen para el error era prácticamente inexistente. "I Belong to You" y "Stillness of Heart" fueron la mejor prueba de una compenetración casi telepática, con una banda que sonó sólida, elegante y perfectamente engrasada de principio a fin.

Foto: Niccolò Guasti

Si hubo un momento capaz de detener el tiempo, ese fue "Believe". Kravitz y Craig Ross firmaron hipnótico donde las dos guitarras parecían respirar al unísono. No era una exhibición de virtuosismo, sino una conversación entre dos músicos que se conocen desde hace décadas y que, por unos minutos, lograron que el silencio de la Plaza de España hablara por sí solo. Pero el protagonismo no fue exclusivo de Lenny y Craig. Cada músico tuvo su momento, pero ninguno perdió de vista lo verdaderamente importante: hacer crecer las canciones. Jas Kayser imprimió carácter desde la batería, Hoonch 'The Wolf' Choi sostuvo el peso del groove alternando distintos bajos con absoluta naturalidad, la sección de metales —Big Daddy, Michael Sherman y Ludovic Louis— añadió el inconfundible aroma funk de la casa y George Laks vistió cada tema con unos teclados siempre precisos. La suma de todas esas piezas dio como resultado un sonido impecable, sólido y lleno de personalidad.

Fiel a una costumbre que ya había mostrado en anteriores visitas a España, cuando compartió escenario con Amaral o Rosario Flores, Kravitz volvió a rendir homenaje a la tierra que lo acogía. El elegido fue el cantaor Israel Fernández, cuya participación en "The Chamber" despertó la curiosidad del público. En un estallido de genialidad que nadie vio venir, el neoyorquino rompió los esquemas de su propio directo al fundir las guitarras eléctricas de "The Chamber" con el desgarro flamenco de Israel Fernández. Un choque de titanes, un quejío imprevisto entre el funk y el duende, que regaló a los miles de asistentes el broche de oro más auténtico e irrepetible de toda la noche.

Foto: Óscar Romero

Con el concierto entrando en su último tramo, Kravitz pisó definitivamente el acelerador. Si hasta entonces había construido el espectáculo con inteligencia, ahora llegaba el momento de rematar la faena. "It Ain't Over 'Til It's Over", "Again", "American Woman", "Fly Away" y la explosiva "Are You Gonna Go My Way" terminaron de incendiar una Plaza de España que, desde hacía rato, ya era completamente suya.

"Let Love Rule" bajó el telón entre miles de voces cantando al unísono y una marea de brazos alzados. Pero Kravitz quiso que la despedida fuera mucho más que un último acorde. Bajó del escenario para fundirse con la primera fila, firmando discos, camisetas, libros y estrechando manos mientras las pantallas gigantes recogían rostros de emoción difíciles de fingir. Un final a la altura de un artista que nunca ha entendido el escenario como una barrera, sino como un lugar desde el que acercarse a quienes llevan décadas acompañándolo. Hay estrellas del rock, hay leyendas... y luego está Lenny Kravitz. Porque, después de una noche como esta, resulta inevitable pensar que juega en una dimensión distinta al resto de los mortales.

Ben Marcus

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