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Crónica de Fito & Fitipaldis en Madrid: El rugido eterno de un animal de escenario

Hay conciertos que se disfrutan, conciertos que se recuerdan y, de vez en cuando, noches que, desde el mismo instante en que se apagan las luces, dejan la sensación inequívoca de que pasarán a formar parte de esa memoria colectiva que solo construyen los grandes directos. La primera de las dos citas consecutivas de Fito & Fitipaldis en el Movistar Arena pertenece, sin discusión, a esa categoría privilegiada, porque lo vivido anoche en la capital fue mucho más que la presentación madrileña del esperado “Aullidos Tour 25/26”, fue la confirmación de que Fito Cabrales continúa ocupando un lugar absolutamente singular dentro del rock estatal, el de esos artistas capaces de llenar un recinto mastodóntico y, al mismo tiempo, generar la íntima sensación de estar cantando entre amigos de toda la vida.

Madrid llevaba meses aguardando este reencuentro, y se notaba en el ambiente incluso mucho antes de que el reloj marcara las ocho y media. Los aledaños del recinto eran un hervidero de camisetas con el nombre del bilbaíno, corros de conversación, reencuentros, cerveza en mano y esa mezcla tan reconocible de nerviosismo y excitación que solo acompaña a las grandes ocasiones.

Había parejas que probablemente llevan media vida compartiendo estas canciones, grupos de amigos repasando letras como quien invoca recuerdos y padres enseñando a sus hijos un ritual que ya forma parte de la herencia sentimental de varias generaciones. No era una fecha más del calendario. Era una de esas noches señaladas en rojo. Y, cuando Fito llama, Madrid responde.

Fito & Fitipaldis

Con la puntualidad de quien entiende que el respeto al público también se demuestra mirando al reloj, a las 20:30 exactas se apagaron las luces y una ovación ensordecedora recibió a la banda antes incluso de que sonara la primera nota. Sin necesidad de prólogos grandilocuentes ni artificios visuales innecesarios, “A contraluz” abrió la velada como una declaración de intenciones, desplegando desde el primer compás esa mezcla tan reconocible de elegancia eléctrica, precisión instrumental y aroma clásico que define el universo sonoro de Fito & Fitipaldis.

La aparición de Fito sobre el escenario volvió a poner de manifiesto esa rara cualidad que poseen muy pocos frontman: la de irradiar carisma sin necesidad de impostarlo. No necesita sobreactuar ni recurrir a gestos estudiados, porque su sola presencia transmite una autenticidad que conecta de manera inmediata con el público. Hay en él una combinación de cercanía, oficio y naturalidad que hace que cada gesto, cada sonrisa y cada palabra pronunciada desde el escenario resulten creíbles, algo especialmente valioso en tiempos en los que, demasiadas veces, la pose parece haber sustituido al fondo.

El arranque con “Un buen castigo” elevó inmediatamente la temperatura del recinto y sirvió para constatar que el Movistar Arena estaba dispuesto a entregarse desde el primer minuto. Con “Por la boca vive el pez”, el público se convirtió ya en un inmenso coro colectivo, mientras que “Me equivocaría otra vez” provocó uno de esos momentos en los que resulta imposible no detenerse a pensar en cómo determinadas canciones consiguen trascender su tiempo para convertirse en patrimonio emocional de varias generaciones.

Lo extraordinario, en el caso de Fito, es que sus clásicos no suenan jamás como piezas de museo; conservan una vigencia y una capacidad de emocionar que nacen, probablemente, de haber sido escritos desde un lugar honesto y profundamente humano.

Uno de los aspectos más destacables de la noche fue la naturalidad con la que convivieron los nuevos temas de ‘El monte de los aullidos’ con ese repertorio histórico que forma ya parte del cancionero esencial del rock español. Lejos de generar esos inevitables descensos de intensidad que a veces provocan las canciones recientes en una gira de presentación, composiciones como “Los cuervos se lo pasan bien”, “El monte de los aullidos”, “Volverá el espanto” o “Como un ataúd” encajaron con absoluta solvencia dentro del setlist, mostrando a un compositor que continúa escribiendo desde la madurez, sin repetirse y sin renunciar a la personalidad que ha definido toda su trayectoria.

Esa capacidad para seguir creando material relevante, sin acomodarse exclusivamente en la nostalgia, constituye una de las grandes virtudes de Fito. Mientras muchos artistas de su generación sobreviven refugiados en un repertorio construido décadas atrás, él continúa demostrando hambre creativa, una inquietud que se percibe en cada nueva composición y que conecta de forma natural con una audiencia que sigue encontrando verdad en sus canciones.

Si algo sostuvo esa verdad durante toda la noche fue, como siempre, la excelencia absoluta de una banda sencillamente extraordinaria. La presentación de los músicos permitió reconocer, una vez más, el peso específico de cada uno dentro de un engranaje en el que todo funciona con una precisión admirable.

Alejandro “Boli” Climent aportó la solidez impecable de un bajo siempre al servicio del conjunto; Coqui Giménez volvió a exhibir ese equilibrio perfecto entre contundencia y elegancia que lo convierte en uno de los baterías más solventes del panorama nacional; Javier Alzola llenó cada rincón con un saxofón imprescindible, capaz de dotar de profundidad emocional a cada pasaje.

Mención aparte merece Diego Galaz, cuya versatilidad continúa siendo uno de los grandes tesoros de esta formación. Cambiando con una naturalidad asombrosa entre guitarra acústica, eléctrica, violín o xilófono, cada una de sus intervenciones fue celebrada como una pequeña pieza de orfebrería musical. Junto a él, Jorge Arribas enriqueció el sonido desde el órgano, el piano y el acordeón, mientras Carlos Raya, auténtico arquitecto sonoro del proyecto, desplegó una lección magistral de criterio guitarrero, buen gusto y complicidad con Fito.

No hay en esta banda espacio para el lucimiento vacío ni para el exhibicionismo estéril. Todo está puesto al servicio de las canciones y, precisamente por eso, cada detalle brilla con más fuerza.

Esa química alcanzó uno de sus puntos culminantes con “Whisky barato”, convertida anoche en una auténtica celebración colectiva. Lo que ocurrió durante esos minutos fue una exhibición de complicidad escénica en estado puro: guitarras cruzándose con naturalidad, el violín de Galaz elevando la intensidad emocional, el acordeón aportando textura y una banda disfrutando de forma tan visible que resultaba imposible no contagiarse. El público respondió como cabía esperar, entregado a una fiesta que transformó el Movistar Arena en una enorme celebración compartida.

A lo largo de toda la actuación, Fito se mostró especialmente emocionado, y hubo varios momentos en los que su agradecimiento hacia Madrid sonó más sentido que nunca. En sus breves intervenciones se percibía la emoción sincera de quien sigue siendo plenamente consciente del privilegio que supone mantener esta conexión después de tantos años de carretera.

En esos instantes se condensa buena parte de su grandeza: no hay personaje, no hay distancia, no hay artificio; solo un músico agradecido que continúa viviendo cada concierto como algo extraordinario.

La recta final del concierto fue sencillamente apoteósica. “La casa por el tejado” terminó de incendiar Madrid antes de dar paso a uno de los grandes momentos de la noche, ese instante inevitablemente mágico que llegó con “Soldadito marinero”. Entonces, miles de linternas se encendieron simultáneamente, dibujando un cielo improvisado sobre el Movistar Arena, mientras una multitud acompañaba cada palabra con una emoción palpable.

La imagen fue sobrecogedora, de esas que justifican por sí solas una noche de directo y que recuerdan por qué ciertas canciones trascienden la condición de éxito para convertirse en auténticos himnos generacionales. Porque “Soldadito marinero” pertenece ya a ese reducido grupo de composiciones que forman parte de la memoria sentimental de todo un país, y anoche volvió a demostrarlo con una interpretación que consiguió detener el tiempo durante varios minutos.

Tras una breve retirada, el regreso para los bises fue recibido con un clamor atronador. “La noche más perfecta” abrió el último tramo antes de uno de los regalos más celebrados por los seguidores veteranos: “Entre dos mares”, que devolvió por unos minutos el espíritu inmortal de Platero y Tú al corazón de Madrid. Fue uno de esos guiños que desatan una ovación distinta, más visceral, más cargada de historia.

El cierre con “Antes de que cuente diez” resultó tan natural como inevitable. Todo el recinto en pie, miles de gargantas coreando cada verso y la sensación compartida de estar asistiendo al final perfecto de una noche memorable.

Lo que hace grande a Fito, probablemente, no reside únicamente en su repertorio ni en la solvencia extraordinaria de su banda, sino en algo mucho más difícil de conservar: su fidelidad absoluta a sí mismo. En una época dominada por cambios de rumbo oportunistas, colaboraciones de laboratorio y estrategias diseñadas para alimentar algoritmos, Fito continúa defendiendo el mismo territorio creativo que lleva décadas construyendo, ese lugar donde conviven el rock, el blues, el soul, la carretera y una honestidad artística prácticamente innegociable.

Anoche, Madrid asistió a una nueva demostración de esa verdad. La primera de dos noches. Y, si este arranque madrileño del “Aullidos Tour 25/26” sirvió para algo, fue para recordar que el lobo de Bilbao no solo sigue aullando, sigue rugiendo con la fuerza intacta de quien jamás dejó de creer en sus canciones.

Redacción

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