El paso del tiempo hace inevitable que cada vez queden menos oportunidades de ver sobre un escenario a bandas tan legendarias como Deep Purple. Los años pasan, las leyendas del rock se van apagando y cada concierto de quienes ayudaron a escribir su historia adquiere un valor especial. Desde que echaran a andar en 1968, Deep Purple ha atravesado cambios de integrantes, desencuentros, despedidas y regresos, dejando por el camino algunos de los capítulos fundamentales del hard rock. Su influencia sigue presente en generaciones de músicos, pero reducir su trayectoria a un puñado de himnos sería pasar por alto la inquietud creativa que ha mantenido viva a la banda.
Quizá ahí resida el secreto de su eterna juventud: en no conformarse con administrar un legado irrepetible y en esa voluntad de seguir mirando hacia delante como demuestra ‘Splat!’, su vigesimocuarto álbum de estudio, que vinieron a presentar al Movistar Arena de Madrid.
Jayler
Además, como regalo, la velada arrancaba con Jayler, a los que personalmente tenía muchas ganas de ver desde que el algoritmo de Spotify hiciera bien su trabajo y me los recomendara meses atrás. El cuarteto británico procedente de los Midlands asumió con descaro la tarea de calentar el ambiente, envolviéndose en unas texturas que abarcan desde los primeros Led Zeppelin hasta el fenómeno de Greta Van Fleet. Su álbum debut, ‘Voices Unheard’, deja claro que las raíces del rock setentero tienen continuidad en manos de la juventud. Bastó con escuchar la visceral “Down Below” y las magnéticas “The Getaway” o “No Woman”, para entender por qué sería un error perder de vista a esta banda.

James Bartholomew parece un pequeño Robert Plant que se mueve por el escenario poseído por Steven Tyler. Le siguieron el viaje hipnótico de “Alectrona”, la arrolladora “Riverboat Queen”, quizá su tema más conocido, “Need Your Love”, “Over the Mountain” o la incendiaria “The Rinsk”, donde juguetearon con una parte del “War Pigs” de Black Sabbath. Todavía tienen mucho camino por recorrer, pero abrir para una institución como Deep Purple exige algo más que buenas canciones. Un claro ejemplo para certificar que el relevo generacional y la veteranía pueden convivir en perfecta armonía.
Deep Purple

Pero el plato principal se servía a las 21:00 horas. Así que, tras proyectarse un futurístico video con simbología de la banda, la formación compuesta en la actualidad por Ian Gillan, Ian Paice, Don Airey, Roger Glover y el guitarrista Simon McBride saltaba a las tablas dispuesta a morder con la atronadora e incontestable “Highway Star”, esa oda a la velocidad y la libertad sobre la carretera que es piedra angular de su discografía.
Sin dilación, el groove moderno de Ian Paice a la batería nos adentraba en “A Bit on the Side”, mostrando el incombustible vigor de la banda en el siglo XXI, justo antes de explotar con “Into the Fire”, una gema indispensable que marcó la histórica transición del grupo hacia la pesadez más oscura del metal primigenio.
“Es un placer para mi presentar a nuestro guitarrista, Simon McBride”, nos decía el bueno de Gillan. Acto seguido, McBride se quedaba en solitario bajo un foco cenital para lucir sus credenciales en sociedad y ratificar su maestría a las seis cuerdas con un sensacional solo de guitarra. Recordemos que relevó desde 2022 a Steve Morse, quién estuvo en Deep Purple durante 28 años.
Turno para un binomio del último disco. Por lo que pude ver, tanto “Arrogant Boy” como “Diablo” parecen haber sido acogidas de buena forma por seguidores de todas las épocas. Dos canciones que parecen moverse con una naturalidad pasmosa por el catálogo de Deep Purple, como si siempre hubieran estado ahí esperando su turno para encontrar acomodo en cualquiera de sus discos.

Retrocedemos más de medio siglo para que Don Airey recoja el testigo del legendario Jon Lord, creador de buena parte de la identidad sonora de Deep Purple con su inconfundible Hammond, arrancando la extensa y juguetona intro instrumental de “Lazy”, a la que se unió Ian Gillan con la pandereta, y en la que, al propio Airey, le sirvieron una copa de vino durante la interpretación. Un brindis al espíritu blues y a la libertad improvisadora que convirtió este clásico de ‘Machine Head’ (1972) en una de las grandes exhibiciones instrumentales de la banda.

Y todo esto justo antes de que sonara “Sometimes I Feel Like Screaming”, la joya del catálogo noventero que consolidó una de las melodías más recordadas de la segunda etapa. Una de las primeras composiciones creadas por el virtuoso guitarrista Steve Morse, que tenía como tarea nada más y nada menos que sustituir a un mito tan legendario como conflictivo, Ritchie Blackmore. Simplemente espléndida, aunque a Gillan le cueste en ocasiones llegar a las notas más altas. Con 81 años a sus espaldas... ¿Qué le vamos a exigir? ¡Ya nos gustaría a más de uno llegar así!

Volvíamos a tiempos actuales con la épica “Sacred Land”, una historia de corte folclórico ambientado en las Highlands escocesas, y la píldora festiva de “Lazy Sod”. Acto seguido, presentaron al “maestro Don Airey”, el guardián de las teclas, para que nos deleitara con un solo que demostró que el sonido del órgano es el ADN puro de la banda.
Nos acercábamos a la recta final con aquel legendario riff sobre el que está cimentado “Perfect Strangers”, la obra magna que certificó el glorioso e irrepetible regreso de la formación clásica (Gillan, Blackmore, Paice, Lord y Glover) en plenos ochenta. ¡Cómo suena en directo!

Turno para que el bajo galopante de Roger Glover nos trasladara de lleno a “Space Truckin'”, un estallido de pura efervescencia intergaláctica que sirvió de antesala al clímax de la noche: “Smoke on the Water”. ¿Qué decir del riff más famoso, reconocible e influyente jamás compuesto en la historia de la música? Pues nada, solo intentar saborear cada segundo de él en directo. “Absolutely amazing, totally insane!”, nos agradeció Ian Gillan tras cantar el último estribillo a capela.
Seguidamente, llegaba la catarsis instrumental de “Guinnesis”, con ese innegable aroma a improvisación, donde la banda se gusta, dialoga y se deja fluir. El viaje continuaba con “Hush”, esa mezcla perfecta entre soul y funk psicodélico, teclados serpenteantes y coros de estadio que nos hizo mover los pies mientras gritábamos ese adictivo estribillo. Solo este tema ya merece pagar una entrada.

Y ahora sí, el broche de oro por antonomasia lo ponía “Black Night”, portador de uno de los fraseos de swing-rock más infecciosos creados por la banda. La despedida perfecta, demostrando que Deep Purple no necesitan vivir de su leyenda cuando todavía tienen argumentos de sobra para seguir escribiéndola.
Lo suyo no es un ejercicio de nostalgia, sino la demostración de que algunas formas de entender el rock nunca pierden su razón de ser.
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