Hay discos que pertenecen a una época y discos que, con el paso de los años, terminan convirtiéndose en una época en sí mismos. El maravilloso ‘Mellon Collie and the Infinite Sadness’ (1995) de The Smashing Pumpkins, pertenece a la segunda categoría. Sus 28 canciones, repartidas en dos discos y concebidas como un recorrido por la euforia, la rabia y la melancolía, hicieron del tercer álbum de la banda de Chicago mucho más que un éxito del rock alternativo de los noventa.
Casi tres décadas después, Billy Corgan ha decidido volver a ese universo desde un lugar inesperado: no como una gira convencional de The Smashing Pumpkins, sino como una gran reinterpretación orquestal y operística. Es decir, no estábamos ante una noche de rock al uso, sino ante un aforo íntimo de 3.500 fans y con la inusual estampa de sillas dispuestas a lo largo de la pista. "A Night of Mellon Collie and Infinite Sadness" parte de una premisa tan sencilla como ambiciosa: coger un álbum construido sobre el contraste entre guitarras abrasivas, melodías pop y atmósferas íntimas y trasladarlo a un territorio sinfónico. El resultado no pretende reproducir el disco original, sino descubrir qué había debajo de aquellas canciones.
Pero esta gira ha abierto un gran debate, algo que pude comprobar en primera persona. Una gran parte del público que se presentó en el Palacio de Vistalegre pensaba que Billy Corgan estaría al frente del escenario durante todo el concierto, desgranando el disco de principio a fin. Sin embargo, Corgan ha decidido ceder el protagonismo absoluto a un despliegue de 56 músicos en la orquesta sinfónica, respaldados por un imponente coro de cuarenta voces y un elenco de sopranos y tenores. El líder de los Pumpkins se reservó el papel de maestro de ceremonias esporádico, limitándose a aparecer únicamente en cinco de los temas más célebres, convirtiendo el resto de la velada de pura ópera contemporánea. Algo que generó desconcierto y malestar entre gran parte del público que lo percibió como una omisión importante de información en la venta de las entradas ya que el evento se vendía bajo el nombre de Billy Corgan en letras grandes.
Centrándonos en la parte musical, la apertura del primer acto llegaba con “Mellon Collie and the Infinite Sadness”, que nos dejó claro desde el primer instante que estamos ante otra lectura del álbum. La pieza instrumental, ya de por sí concebida como una introducción, adquirió una dimensión cinematográfica gracias a las cuerdas que construyeron lentamente ese pasaje sonoro que parece suspendido entre la nostalgia y la solemnidad. Algo que se magnificó entrelazándose casi sin pausa alguna con “Tonight, Tonight”. Sin Corgan aún en escena, fueron los tenores y las sopranos quienes elevaron el tema a una categoría de épica teatral. Seguidamente la orquesta tradujo la distorsión original de “Jellybelly” a una percusión feroz y cuerdas frenéticas, que poco a poco se fueron desvaneciendo hasta aterrizar en la intimidad de “Galapogos”.
Ahora sí, ataviado con su clásica e imponente sotana negra, Billy Corgan emergió de las sombras tras el escenario con los primeros compases de “Thirty-Three” provocando la primera ovación de la noche. Un contraste cuanto menos curioso al juntar la grandilocuencia coral con la presencia física de Corgan, ese tono vocal inconfundible y melancólico que se sostenía apenas por pinceladas sinfónicas. Su voz, inmediatamente reconocible, devolvía al concierto una conexión directa con el pasado. Al acabar, y sin dirigirse al público, abandonó el escenario permitiendo que la maquinaria orquestal enlazara “Beautiful” con la intensidad creciente de “Muzzle”. Tras ellas, las voces líricas volvían a juguetear con la casi circense “Lily (My One and Only)” y “Stumbleine”.
Entonces aparece “Zero”, y con ella regresa Billy Corgan para uno de los temas más reconocibles de todo el repertorio. La presencia de la orquesta modifica por completo el carácter de la canción ya que donde antes había músculo y distorsión, ahora hay una teatralidad en lo que bajo mi punto de vista es una de las mejores demostraciones de que este experimento no busca reproducir el pasado, sino deformarlo hasta encontrar algo nuevo. Con esa energía, Corgan desapareció de nuevo para que la sinfónica cerrara el primer acto con la monumental y expansiva “Thru the Eyes of Ruby”.
Tras quince minutos de descanso, el segundo set comenzaba recuperando la intimidad con “In the Arms of Sleep”, la antesala perfecta para que “1979”, con Billy Corgan nuevamente al frente, cambiara por completo el ambiente. Arropado por la sinfónica, el líder de The Smashing Pumpkins despojó a la canción de cualquier rastro de nostalgia noventera, revelando ese esqueleto inquebrantable del que está hecha. Y es que es increíble ver como la canción más universalmente pop de ‘Mellon Collie and the Infinite Sadness’ conserva su capacidad para conectar con el público. El vocalista dejó de nuevo las tablas para que la noche se sumergiera en una fase de virtuosismo musical por parte de la orquesta, mi enhorabuena desde aquí a todos ellos. Siguieron la melancólica “By Starlight”, que se convirtió en una especie de balada nocturna, “X.Y.U." y “Bullet With Butterfly Wings”, con un coro operístico canibalizando la rabia grunge, en la canción que quizá más evidencie el desafío de trasladar una canción tan asociada a guitarras y distorsión al lenguaje sinfónico.
Nos acercábamos al final con el cuarto momento en el que Corgan se dejaba ver en escena. De nuevo con su sotana negra perfilada por un foco cenital, nos deleitó con una maravillosa interpretación de “To Forgive” y esa cercanía especial a una de las canciones más introspectivas del álbum. Después llegó “Cupid de Locke”, la extensa “Porcelina of the Vast Oceans”, que en vez de parecer una pieza monumental de rock psicodélico aparece ahora casi como un movimiento sinfónico. Y cuando parece que todo ha terminado, regresa “Tonight, Tonight”. Esta vez sí, con Billy Corgan al frente, ejerciendo de epílogo para cerrar este ejercicio de nostalgia que tres décadas después sigue habitando en el interior de muchos de nosotros. La diferencia es que ahora esas canciones ya no pertenecen únicamente a 1995. Es, en cierto modo, volver al disco pero sin intentar competir con él mismo.
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