Bunbury ratifica con ‘De un siglo anterior’ el cambio de rumbo musical que nació con ‘Cuentas pendientes’ hacia las raíces latinas, encontrando el yacimiento definitivo de una música que, siendo de otro siglo, suena atemporal. Diez temas sin prisa, donde hay aire, pausas dramáticas y una riqueza de detalles que penetran en el cerebelo tras varias escuchas.
En este mercado saturado de producciones clónicas, Enrique Bunbury ha buscado el menos es más, el revolver las tripas gracias a la sensibilidad conseguida, entre otras cosas, por la sutileza de los arreglos y una voz que, desde mi punto de vista, es otra, he escuchado su música desde que era un chaval y con este trabajo ha conseguido un registro que no había escuchado antes. Por supuesto, quedan los dejes y la actitud vocal a la que nos tiene acostumbrados, pero hay nuevos matices que no recuerdo haber oído hasta ahora, todo un alivio tras la incertidumbre de una voz que nos dio un buen susto hace años.
El álbum comienza con “Creer que se puede creer”, un tema que cabalga y que marca la pauta de lo que vendrá: menos electricidad y más madera. En seguida llega una de mis favoritas, “Un brindis al sol”, con un peso distinto y puente perfecto entre su etapa anterior y este nuevo artista que bebe del polvo mexicano que impregna todo el trabajo, grabado en el Desierto de Los leones de México.
En esta honestidad interpretativa aparecen temas como “La voz”, quizás el corazón conceptual del disco, rematada por la riqueza en la coproducción de su aliado Ramón Gacías. El tiempo se convierte en protagonista silencioso y Bunbury lo abraza con una madurez que asusta por su transparencia, “La próxima vez no habrá próxima vez” muestra su fascinación por los ritmos mediterráneos mezclados con percusión seca, pidiendo vivir el presente para, acto seguido llevarnos a “De un siglo anterior”, pieza de orfebrería muy alejada de las tendencias actuales de la industria, suena a clásico.
La banda híbrida que ha logrado reunir mezcla una amalgama de los históricos del Huracán Ambulante y la solvencia de Los Santos Inocentes, otorgando al redondo un sonido orgánico que te lleva al trote o te arrastra, como en “Peor que como estamos (es difícil ya que estemos)” creando una tensión cómoda para un tema con un pie en la crítica social y el desencanto personal.
El violín de Ana Belén Estaje nos transporta en “En el arcén” a una road movie reflexiva, dejando melancolía e introspección pura antes de encarar el tramo final que llega con uno de los puntos álgidos: “Zamba para olvidar”, pieza que ahonda en el folclore argentino, un riesgo que no deja pasar Bunbury ante la dificultad de caer en el pastiche, pero el resultado es sobrecogedor con una interpretación contendida pero fascinante, parece que estás en la misma habitación que la banda escuchando cada imperfección, una gozada para los amantes de este género.
El punto más alto de la desnudez del disco es “La cima”, minimalista, solemne y esencial, preparando el terreno para “Un par de acordes, una mentira y la redención”, una resolución directa a ritmo de ranchera para recordarnos de qué está hecha su profesión sin caer en la amargura, un cierre coherente para un disco cuya lírica es menos críptica que en entregas anteriores. Así se ve este manifiesto de un hombre que se mira en el espejo de un trabajo en el que se reconoce como el nuevo Bunbury. Un disco que exige atención y que logra sonar clásico e innovador a la vez, confirmando la mutación definitiva hacia el latinismo.
El veneno del rock me da la vida. Defensor de las bandas que se dejan la piel en la carretera, amante de los vinilos y las Stratocaster. Si escuchas una descarga de decibelios, lo más probable es que yo ande a escasos centímetros de los amplis, si no estás, deja que te lo cuente.
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