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30 años de ‘Electric’ de The Cult: Devoción por los clásicos

6 abril, 2017 11:37 am Publicado por  Deja tus comentarios

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La obsesión por no repetirse puede ser a veces un tanto estresante. Sobre todo para un grupo, The Cult, acostumbrado a llevar a sus seguidores hacia nuevos parajes sonoros disco tras disco. Al gothic rock de los inicios los británicos ya le insuflaron psicodelia y misticismo a borbotones en ‘Love’ y en una senda radicalmente opuesta profundizaron poco después de la mano de Rick Rubin, que les prestó una inestimable ayuda a la hora de desechar la oscuridad y abrazar un rock duro seco y sobrio como el de AC/DC, pero sin renunciar a la amplitud de miras de Led Zeppelin. Alfredo Villaescusa revisa este hermanamiento musical entre dos tradiciones materializado en 'Electric'.


“Es necesario llevar en sí mismo un caos para poner en el mundo una estrella danzante”, decía el controvertido filósofo Nietzsche para intentar explicar que las auténticas obras artísticas no surgen del puro orden o de las mentes cuadriculadas, sino de esos momentos de incertidumbre en los que aparecen diversas bifurcaciones y uno debe elegir un camino y perderse hasta las últimas consecuencias. Echarle un par, como diríamos en lenguaje coloquial, abandonar la zona de confort y asomarse al abismo sin llegar a caerse.

A una situación similar se enfrentaron los británicos The Cult tras el éxito de su álbum ‘Love’ allá por finales de los ochenta. Habían logrado la simbiosis perfecta entre el post punk tribal de los comienzos de su carrera y el rock mesiánico que encarnaban The Doors o The Velvet Underground. Y al contrario de lo que suele suceder en tales casos, la estrategia también había funcionado en términos comerciales al permanecer durante más de veinte semanas en las listas de ventas y convertirse en un primer pelotazo serio cuyas ondas llegarían hasta el otro lado del charco.

Cuando algo funciona, ¿para qué cambiar? Eso debieron pensar Ian Astbury y compañía al encerrarse en el lujoso estudio The Manor en Oxfordshire para grabar un disco que se titularía ‘Peace’, muy en la línea de esa estela buenrollista hippy que inaugurara ‘Love’. Pero el resultado no convenció en absoluto a los miembros de la banda por su falta de riesgo, era más de lo mismo, de hecho, hasta repitieron con el productor Steve Brown para que aquello se asemejara más todavía a una continuación de su trabajo anterior.

El propio Billy Duffy lo rememoraba en 2013 de la siguiente manera: “Las canciones eran demasiado largas, excesivas y autoindulgentes. Habíamos entrado en el estudio demasiado pronto, ya que la discográfica solo quería que siguiéramos poniendo huevos de oro. En realidad, deberíamos haber seguido ensayando y haber pasado un proceso de preproducción. Sabíamos que algo no estaba bien, pero no sabíamos lo que era. Me acuerdo de volverlo a escuchar en los estudios Townhouse y pensar: “¡Estamos perdidos!””.

Billy de día, Ian de noche

A esta etapa de inseguridades habría que sumar las crecientes desavenencias entre el guitarrista Billy Duffy y el vocalista Ian Astbury, que según el bajista Jamie Stewart parecían “evolucionar hacia planetas distintos”. La creciente atención depositada en ellos tras ‘Love’ a algunos les pilló con el pie cambiado, en especial a Astbury, al que le costó digerir el precio de la repentina fama y renunciar a rutinas instaladas casi desde tiempos inmemoriales, caso por ejemplo de esa cercanía que mostraba con sus fans a los que les permitía incluso dormir en el suelo como unos tirados cualquiera o entrar por la puerta trasera en los conciertos.

El método de trabajo que seguían en esa época era, cuando menos, peculiar. Duffy curraba durante el día mientras que Ian no se asomaba por el estudio hasta la noche y, cuando aparecía por allí, descubría que las canciones iban tomando derroteros muy distintos a su pretendido regreso a las raíces stonianas. En otras ocasiones, las excentricidades estaban a la orden del día, como cuando convencieron al productor Steve Brown para que registrara el sonido de una puerta abriéndose, ya que “sonaba como un delfín”.

La pedrada mística de Ian por esa época trajo consigo un retraso en la elaboración de las letras y eso impacientó tanto a Brown como al resto de la banda, cansados ya de juguetear sin rumbo con un conjunto indefinido. Tal vez por eso, la posibilidad de que Bill Price remezclara el futuro single “Love Removal Machine” se consideró todo un soplo de aire fresco. Por aquel tiempo también invitaron a Ian y Billy a una gala en América para recoger el Premio John Lennon a la excelencia compositiva por “She Sells Sanctuary” y entre los asistentes estaba un joven gurú del rap de 23 años que cambiaría de un plumazo su trayectoria hasta entonces.

Cuando Rick encontró a The Cult

Ya durante la gira de ‘Love’ al otro lado del Atlántico, al grupo le había llamado la atención el trabajo de Rick Rubin con Beastie Boys, que por aquel entonces era todo un capo del hip hop, aparte del dueño de la discográfica Def Jam; jamás se le había pasado por la cabeza participar en un álbum netamente rockero. La propuesta de remezclar “Love Removal Machine” conllevó una inesperada respuesta por parte del productor, que ajeno a las atmósferas sobrecargadas de efectos y barroquismos varios, les sugirió empezar de cero, regrabar todo otra vez.

Para alejarse de la oscuridad, cambiaron la bucólica campiña inglesa por los famosos Electric Ladyland Studios de Nueva York y, con el espíritu de Hendrix revoloteando por ahí, no les costó meterse en faena y despojar de elementos accesorios las composiciones del todavía llamado ‘Peace’ hasta acomodarse a los tres o cuatro minutos habituales de las radiofórmulas. De hecho, cuenta la leyenda que incluso prohibieron los solos de guitarra de más de treinta segundos.

Uno de los que tuvo que hacer mayor esfuerzo en ese sentido fue Billy Duffy, que se veía poco menos que desnudo sin poder recurrir al arsenal de pedales de efectos que utilizaba hasta entonces. “Me sentía muy mal equipado para tocar en ese disco. Rick Rubin me intimidaba al respecto y me sentía muy incómodo. Me decía “Aquí tienes una Les Paul, que está alquilada, y aquí un Marshall”. Y recuerdo sentarme allí durante tres horas tocando el riff de “Lil’ Devil” de manera diferente…”. Y entonces fluyó una fuerza imparable tan sincera como primitiva.

A ello contribuyó sin duda el ambiente que se respiraba por aquel entonces en Nueva York, la ciudad que nunca duerme que todavía no se había recuperado de la excitación bohemia warholiana. Así lo recordaba Ian Astbury: “Vivías y morías en la calle, era como ‘Taxi Driver’. Esa energía se trasladó a la música”. Al grabar casi puerta con puerta, no era extraño el compadreo con los raperos de la escudería Def Jam, que a menudo solían invadir el estudio de The Cult precisamente a la hora de la comida. Ni siquiera valió ese rumor de que los miembros del grupo eran veganos.

Rock o música mariquita

Como hemos dicho, el salto al vacío de The Cult desconcertó a muchos, incluso a los propios componentes, pero su giro hacia el hard rock clásico no fue un movimiento para nada inadecuado teniendo en cuenta el contexto de finales de los ochenta, cuando el mundo del hard rock / heavy metal estaba experimentando una transformación radical.

El thrash metal era ya una realidad consolidada con piedras angulares como el ‘Master of Puppets’ de Metallica o el ‘Reign in Blood’ de Slayer marcando el terreno a coetáneos y generaciones venideras. Y en el otro extremo, no tan furiosos pero con igual voluntad transgresora, el glam metal angelino eclosionó por todo lo alto con Guns N’ Roses y ese tratado de macarrismo llamado ‘Appetite For Destruction’, un decálogo de autodestrucción y nihilismo que recogía el espíritu punk del 77 y miraba hacia Aerosmith tanto en términos estilísticos como en politoxicomanías varias.

En este contexto no resultaba extraño que Rick Rubin animara a los británicos a potenciar su lado más salvaje y rockero. De hecho, la primera vez que se encontraron el afamado productor y el vocalista, Rubin le puso a Astbury una cinta de VHS en la que Blue Cheer interpretaban el “Summertime Blues” de Eddie Cochran y a continuación le espetó: “¿Quieres tocar música mariquita inglesa o quieres hacer rock?”.

Con este enfoque en mente, ‘Electric’ contó al final con versiones bastante endurecidas del material previo de ‘Peace’, caso de la avanzadilla de “Love Removal Machine”, al tiempo que se prescindían de otras composiciones más vinculadas con el gothic rock primigenio como “Zap City” o “Love Trooper”. Ya solo el tríptico formado por “Wild Flower”, “Peace Dog” y “Lil’ Devil” ofrecía una rotunda declaración de intenciones con sus riffs clásicos hasta la médula ajenos a cualquier tipo de sofisticación. Un viraje que se observaría además no solo a nivel musical sino también estético, al sustituir los fulares y las extravagantes camisas con chorreras por los tejanos desgastados y las botas camperas de moteros.

El poso psicodélico seguía presente en cierta manera con “Aphrodisiac Jacket” mientras que la acelerada “Bad Fun” o “King Contrary Man” más bien se hacían eco de las tendencias predominantes en el mundo del metal con la vista puesta hacia Anthrax o Metallica, cuya influencia en aquellos momentos era casi ineludible. Su revisión del mítico “Born To Be Wild” de Steppenwolf no fue del todo comprendida, aunque desde luego no desentonaba lo más mínimo en ese conjunto tan aguerrido que apelaba a las esencias rockeras. En “Outlaw” y “Memphis Hipshake” quizás bajan un poco el pistón, aunque no convendría desdeñar el solo que se marca Duffy en la última pieza del disco.

En medio de tanto riff inapelable y estribillos para canturrear un sábado por la noche, lo suyo sería que las letras acompañaran a la música en este viaje al corazón, las agallas y la sencillez. Lo cierto es que tampoco responden a un patrón determinado, pues “Wild Flower” por ejemplo apela a la pulsión sexual y a los instintos más básicos, mientras que “Peace Dog” parece un alegato antibelicista hippy o “King Contrary Man” evoca esa recurrente transacción con el Maligno típica del blues de vender el alma. Que nadie busque disquisiciones filosóficas por aquí más allá de las que puedan propiciarse en la barra de un bar.

Ian Morrison

Con artefactos tan contundentes como el primer adelanto “Love Removal Machine”, ‘Electric’ subió como la espuma en las listas tanto de Estados Unidos como de Reino Unido y eso allanó el terreno para una gira frenética de más de dieciocho meses que estuvo a punto de mandar al traste a la banda. “Llegábamos a una ciudad y la tomábamos por completo. Era como algo de los Rolling Stones, ya que estábamos rodeados por mujeres guapas, artistas, poetas, actores, otros grupos de rock… También había drogas. Cuando estábamos en Londres salíamos por el Limelight y teníamos sitios reservados en la zona VIP. Eso era el cénit, el punto máximo en Londres. Echando la vista atrás, tampoco había ningún mérito en eso, supongo, pero en aquellos momentos no te dabas cuenta”, recuerda Astbury.

portada-the-cult-electric-1987La maquinaria siguió su curso por Norteamérica de la mano de Billy Idol primero y luego de Guns N’ Roses, pero la vida en carretera comenzó a levantar tensiones. No ayudó tampoco el hecho de que algunos lugares enamorados de la elegancia de ‘Love’ no recibieron con tanto entusiasmo el rock tosco de ‘Electric’, pero el principal problema de la época era el desconcertante comportamiento de Ian, que desesperado por atraer la atención cada noche acababa destrozando el set de batería. “Era algo tipo Jim Morrison, llevar las cosas al límite. Estaba en una burbuja y no tenía nada a lo que aferrarme, para los otros, ahí estaban los coches, las chicas o el fútbol, lo mío tenía más que ver con la mitología del rock y Jack Kerouac”.

Aquella dinámica alcanzó el culmen cuando tuvieron que reemplazar la batería de inmediato por tocar dos días seguidos en el mismo sitio y cayeron en la cuenta de que las bromitas de Ian empezaban a costar un ojo de la cara. A excentricidades tales como caminar desnudo por el borde del balcón a las dos de la mañana o emborracharse hasta destrozar algún garito, había que sumar ahora el aspecto monetario. Y eso era algo que el resto de los componentes no iban a dejar pasar.

Con las facturas acumulándose en el cajón y el mal rollo revoloteando por el ambiente, decidieron suspender el tramo japonés de la gira y regresar a casa mientras todavía permanecían unidos. Aquello debía explotar por algún punto y en cierta manera lo hizo cuando prescindieron de los servicios del batera Les Warner y despidieron a su mánager para mudarse a Los Ángeles. Ya estaba preparada la pista de aterrizaje para su reencarnación en estrellas del rock de estadio. Pero eso ya es otra historia.

Gracias a ‘Electric’, el público metalero descubrió a The Cult y los seguidores góticos más aperturistas se apuntaron al carro del hard rock, pero al margen de filias y fobias personales, la verdad es que los británicos se marcaron todo un tanto con esta inesperada devoción por los clásicos para escuchar a pleno volumen hasta que revienten los altavoces. Tenemos, por una parte, los artistas consistentes como AC/DC que apenas varían un ápice a lo largo de su trayectoria, y luego están osados tipo Bowie incapaces de facturar dos discos iguales. Y a una distancia media se sitúan los que se adaptan a las circunstancias. Los que mueven un péndulo según sople el viento. Los supervivientes.  


The Cult estará de gira por la península ibérica el próximo mes de junio. ¡Imprescindibles!

23 de junio - Download Festival (Madrid)
24 de junio - Azkena Rock Festival (Vitoria-Gasteiz)

Redacción
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