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Crónicas

Toundra + El Altar del Holocausto: "No vamos a daros datos, vamos a hablaros de sensaciones"

«Cuando se está disfrutando de un gran grupo que está haciendo un directo cojonudo, al público todo nos parece poco»

18 enero 2019

Teatro Albéniz, Gijón

Texto: Toni de Lola. Fotos: Jose Antonio Fernández

El doblete con El Altar del Holocausto y Toundra a alguien le podría parecer raro, casi forzado e incluso un poco antinatural, pero si no te quedas en las meras etiquetas, verás que ambas bandas poseen similares actitudes en el escenario y es eso lo que precisamente hace que el concierto no chirriase.

Los salmantinos – en formato trío – ya nos iban preparando para su Celebración nada más acceder a la sala, luces bajas, música ambiental cercana al gregoriano… durante un buen rato hasta que justo salieron con su habitual actitud: lenta procesión, silencio, distanciamiento, concentración, recogimiento… plegarias a su Dios del doom y a sus Santos del post. El escenario invita a ese recogimiento: calaveras de animales, cruces, muchas cruces, y ellos bajo esas eternas túnicas y capuchas blancas que cuando gritan al público (su forma más cercana a lo que solemos llamar comunicarse) tamizan sus voces de forma que casi tienes la necesidad de obedecer.

Seleccionaron muy bien los temas con los que tenían que convertirnos a su religión, aprovechando cada segundo para convertirnos a su causa, para proclamar sus enseñas.

Su filosofía D.I.Y. (Doom It Yourself) se acentuó hasta el punto de tener que interactuar más de lo deseado con el público, demasiado locuaz, demasiado ruidoso, poco respetuoso frente al Altar, y que los continuos gestos pidiendo silencio cayeran en saco roto: es más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja que un advenedizo calle en un concierto.

Un amago de wall-of-death, llamadas a los “Hermanos” y retirada a sus aposentos con la satisfacción de haber cumplido con el deber de difundir la palabra.

Podéis ponerle peguitas al concierto de Toundra en Gijón. Sí, claro que podéis. Al setlist (que ¡cómo puede faltar “tralará”! o ¡poner “tararí” antes “tariro”!), pero si vais de ese palo, mejor que dediquéis vuestro tiempo a otras cosas (“¿cosas de haters?” Sí, Peter, cosas de haters) y dejéis de leer esta reseña, lo digo por vuestro bien que luego os entra el rollo ese y mejor dejarlo aquí.

De antemano os decimos (atención, spoiler) que no vamos a daros datos, si no que vamos a hablaros de sensaciones.

Emoción: de ver a Toundra en casa, cercanos, bueno, más bien lo que ellos entienden por “cercanos”, que ya es mucho. Estuvieron durante todo el concierto interactuando con el público, Esteban a tope y Macón de menos a más, a muchísimo más, Alberto un poco más frío y Álex… bueno poco puede hacer desde ahí.

La banda salió a escena después de una ecléctica selección musical que contrastó enormemente con la oscuridad y quietud previas a El Altar, y desde antes del primer acorde ya estaba claro por dónde iba a ir la cosa.

Entrega: si de costumbre lo dan todo sobre el escenario, ayer, empujados y jaleados por Esteban (coño, que estaba en casa y eso tiene que hacerse notar) se dejaron hasta la última gota de sudor, hasta el último aliento. La cara de Girón transmitía felicidad, alegría y sobre todo, ganas de pasarlo bien, de quedar ante los suyos como lo que son, una banda enorme (de esas que mi tía diría “Uyyy si no parecen españoles… bueno sí por las caras, pero no por cómo tocan”) que tiene que estar por derecho propio en la cima.

Los temas en directo adquieren una nueva dimensión fruto de la evolución a la que los someten. No se trata tan solo de hacerlos más largos, de estirar las notas y los pasajes, se convierten en un ser vivo que se adhiere al ADN de Toundra y dentro de ellos consigue evolucionar de diversas formas: unas veces se enfurece, otras se relaja, en ocasiones se carga de electricidad y en otras se acomoda en un modo más acústico. Esto hace que los asistentes a sus conciertos tengan que estar atentos de comulgar con ellos para coger al vuelo esos sutiles, pero poderosos, cambios que introducen y que eso haga poder ir a verles de continuo sin el consabido tufo a repetitividad.

Compartimos energía Toundra y público. La nuestra les hace ir un paso más allá en cada tema, poniendo ellos de su parte una furia que nos llega no sólo en modo de canciones, de tremendas canciones, sino también de una actitud desprovista de toda pose y, por favor, no confundáis con poner poses, que de eso ellos saben un rato (ese modo de dejarse caer hacia atrás a lo Rudolf Schenker de Esteban, cómo levanta su guitarra Macón…) y precisamente por carecer de actitud pose, es por lo que nos gusta Toundra por encima de muchas otras bandas.

Claro que nos hubiese gustado que durase algo más el concierto, porque cuando se está disfrutando de un gran grupo, con enormes canciones, que está haciendo un directo cojonudo, al público todo nos parece poco, pero, ¡que esta gente tiene familia!

Ya tenemos ganas de que vuelvan, eso sí, acercaos más a vuestra gente y unos minutos de firmas no vendrían mal, caballeros. Para la próxima.

 

 

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