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Crónicas

Roskilde Festival 2019: Pasado, presente y futuro de la música

«Tras casi medio siglo, Roskilde se ha ganado nuestra confianza absoluta»

Del 3 al 6 de julio

Roskilde (Dinamarca)

Texto: Juan Luis Herranz. Fotos: Steffen Joergensen, Peter Troest y Kristian Gade

En un año en el que los grandes festivales europeos generalistas no parecen haber encontrado la fórmula para agotar sus abonos, el gigante danés ha vuelto a demostrar que su marca está por encima de carteles  más o menos potentes y ha vendido todo el papel (noventa mil entradas diarias) con un par de meses de antelación. En esta edición, tal vez la menos heavy de la última década, hubo mucho y bueno donde rascar. Un año más, JUAN LUIS HERRANZ se desplazó allí para traernos sus impresiones.

Miércoles 3 de Julio

Tears for Fears. Foto de Kristian Gade

La primera jornada, como siempre, arranca motores a las cinco de la tarde, una tradición que han mantenido inalterable desde hace años. Eso permite ir un poco más relajado al estar menos horas dentro del recinto. Empezó nuestra ración musical con los británicos Tears for Fears en el escenario Arena. Sorprendió lo lleno que estaba para tratarse de un grupo clásico, pero se dieron cita varias generaciones de público allí, dispuestos a disfrutar de auténticos clásicos como “Everybody Wants To Rule The World”, “Sowing The Seeds Of Love” o “Shout”, que cerró setenta y cinco minutos en los que Roland Orzabal y Curt Smith, demostraron que el que tuvo, retuvo.

El primer plato fuerte del festival vino a continuación en el icónico escenario Orange. El premio Nobel de literatura, Bob Dylan, junto a su banda, regresaba al festival trece años después de su última visita. Su perpetuo ‘Never Ending tour’ nos traía en este 2019 un repertorio bastante clásico y en el que las habituales deconstrucciones de sus canciones esta vez no resultaban tan exageradas. Así, canciones como “Simple Twist Of Fate”, “Highway 61 Revisited”, “Like A Rolling Stone” o “Blowin’ In The Wind” resultaban reconocibles casi desde el arranque, provocando el delirio del personal. Inusitadamente sonriente y con una banda de músicos que quita el hipo, demostró ser el que para un servidor es el mejor cantautor de la historia de la música popular. Emocionante.

Bob Dylan. Foto de Steffen Joergensen

La gran revelación hispana en los últimos meses, la catalana Rosalía conquistó el festival en el tercer escenario, el Avalon, que se quedó francamente pequeño ante la avalancha de gente que congregó. Y resultó impactante ver cómo un público mayoritariamente nórdico que puebla el festival, se conocía todas las canciones de principio a fin. Ella apostó por un show colorido y con bailarinas, donde el mayor instrumento musical es su voz. Por lo menos se puede decir que, aunque se opine que es un producto prefabricado, en el extranjero también lo están comprando y abrazando como propio. Inusitado escuchar el “Te estoy amando locamente” de Las Grecas en un festival como este. O ver como toda la gente tararea el famoso “trá-trá” de “Malamente”.

Y de una diva a otra, aunque no le encuentre la gracia a la neoyorkina Cardi B, hay que reconocer que llenó el Orange, así que algo tendrá. Actuación corta (no deja de ser una artista con un disco) y algo insípida, así que buscamos algo más de chicha, y la encontramos con Power Trip. Ritmos monolíticos que entraron de manera perfecta en la madrugada danesa. Uno de los descubrimientos del festival sin lugar a dudas.

Y para rematar la jornada, uno de esos grupos perfectos para altas horas de la mañana, Carpenter Brut. El proyecto del francés Frank Hueso, acompañado por guitarra y batería, es un auténtico vendaval festivo con sus sintetizadores, sus proyecciones de película de serie B y la potencia de sus riffs en directo. Reconozco haberme dejado la voz cantando su versión del “Maniac” de la película “Flashdance”, que resultó un perfecto colofón para una gran jornada inaugural.

Jueves 4 de Julio

La primera jornada larga del festival estuvo algo condicionada por la lluvia, que estuvo presente desde primeras horas de la mañana hasta bien entrada la tarde. No es que cambiara nuestros planes (al fin y al cabo, la mayoría de actuaciones son bajo carpa), pero es cierto que no se dieron las mejores condiciones para el disfrute hasta que sobre las nueve de la noche dejó de jarrear. Pero nuestro paseo musical comenzó mucho antes, sobre las tres de la tarde, con la norteamericana Sharon Van Etten. Un concierto que bordeó la frontera entre lo aburrido y lo sublime, esto último cuando la protagonista se enfundaba su guitarra eléctrica con los temas de su reciente disco, ‘Remind Me Tomorrow’.

Testament. Foto de Peter Troest

Y tras ella, el que puede considerarse como el mayor reclamo heavy de esta edición, Testament. Es evidente que con la aparición en Dinamarca de un festival temático como el Copenhell, que se celebra en la capital un par de semanas antes que Roskilde, estos tienen un abanico más reducido donde elegir en el apartado más cañero, pero la banda de Chuck Billy, Alex Scholnik y Eric Peterson demostró una vez más que, si no se encuentran en el Big 4 del Trash metal, bien podrían estar en el Big 5. Además, recurrieron a su época más gloriosa (hasta 4 temas del disco ‘The New Order’) para delirio de sus seguidores “oldschool”. Ochenta minutos coronados con “The Formation Of Damnation”, dejando claro que tienen vida para rato.

Parquet Courts nos hizo cambiar de rumbo en cuanto a guitarras, mucho más livianas (no dejan de ser un grupo de indie rock), pero también tremendamente divertidas. Se agradecen grupos de este estilo en el que las melodías guitarreras son las que mandan sobre las canciones.

Robert Plant & The Sensational Space Shifters. Foto de Steffen Joergensen

Cuanto más arreció la lluvia, más aprovechamos para disfrutar de las bondades de la zona de voluntarios del festival, siempre llena teniendo en cuenta que la frecuentan unas quince mil personas durante los cuatro días. Esta zona, dentro del backstage del festival, es una de la que representan mejor el concepto de Orange Feeling acuñado por Roskilde, “Hermandad y unidad”. Tras este pequeño respiro, recuperamos fuerzas para la parte final del día. Robert Plant and the Sensational Space Shifters, salieron al Arena ante un público completamente entregado desde el minuto uno. El que fuera vocalista de Led Zeppelin, mantiene un estado vocal más que aceptable y cuando recupera algún tema de su vieja banda como “Black Dog”, “Going To California” o “Ramble On” provoca el delirio de un público que sabe que se encuentra ante historia viva de la música. Ya que cada vez parece más improbable un regreso de la banda, hay que aprovechar estas píldoras aunque Page y Jones no se encuentren encima del escenario.

Nos asomamos un ratito por el Orange, donde la artista local andaba reventándolo con su electropop, pero como no terminó de convencernos, regresamos al Arena para ver al combo de hiphop Brockhampton. De la improbable mezcla entre Backstreet Boys y Beastie Boys (sí, como leeís) sale este colectivo que literalmente arrasó con lo que se le puso por delante. Los chicos tienen grandes canciones y sus rimas fluyen de manera perfecta. Habrá que ver si se acercan más a los segundos que a los primeros, porque eso significaría una gran noticia para los que echamos de menos a la banda de Mike B, Ad-Rock y el tristemente desaparecido Adam “MCA” Yauch.

Volvimos al Orange para ver qué podía ofrecer Travis Scott, teórico cabeza de cartel del día, pero no nos sedujo nada su propuesta, por lo que apostamos por cerrar el día con un doble combo que resultó tremendamente satisfactorio. Primero, los británicos Shame en el Avalon con su postpunk de manual, tremendamente divertido y bailable y, para cerrar a eso de las dos y media de la madrugada, los australianos Amyl and the Sniffers, que ofrecieron el concierto más divertido del festival en el pequeño escenario Gloria, perfecto para una propuesta como la suya, muy de pub, pintas y bailes. Amyl Taylor podrá ser físicamente pequeña, pero resulta de lo más grande encima de un escenario. Su disco homónimo de este año es de los que más he escuchado, y en directo refrendaron que es uno de los grupos de nueva hornada a seguir con mayor atención.

Viernes 5 de Julio

Bring Me The Horizon. Foto de Peter Troest

Y llegó el viernes y con él, el sol a Roskilde. Arrancamos con la delicadeza de Aldous Harding para calentar motores, pero había muchas ganas de un concierto cañero en el Orange, así que allí nos fuimos con el olor a fuego que trajeron Bring Me The Horizon. Hay mucha gente que parece haberse bajado del carro de la banda liderada por Oliver Sykes. Que si antes eran más potentes, que si se han dulcificado para llegar a las grandes masas…. Ojalá las grandes masas oyeran mucho más a grupos como este. Cierto es que, al repartir su repertorio entre temas de sus tres últimos discos, quieren dejar claro que apuestan claramente por su sonido más accesible al gran público, y si a eso le añadimos un concepto de show con pirotecnia y coreografías, el resultado es que el gran público acaba por abrazarles como uno de los suyos. Temas como “Mantra”, “Mother Tongue”, “Antivist” o “Throne” son pelotazos en cualquier caso, así que saltos, pogos y brazos en alto tomaron el protagonismo que habíamos echado de menos hasta ese momento.

En un plano opuesto, nos movimos al Avalon para disfrutar de Spiritualized. Soy muy fan de Jason Pierce. Mucho. Así que, evidentemente, entré en un trance durante su hora de actuación. Arrancar con el trío “Come Together”, “Shine A Light” y “Soul On Fire” nos puso en una órbita de la que no bajamos hasta que sonó la última nota de “Oh Happy Day”.

Vampire Weekend. Foto de Peter Troest

En el Orange llegó el turno para los norteamericanos Vampire Weekend, que regresaban nueve años después de su anterior aparición en el festival y con tres discos más bajo el brazo. Guitarras desenfadadas, la voz de Ezra Koenig y el encanto del indie pop bien hecho son sus cartas de presentación. Entreteniendo con temas como “Cape Cod Kwassa Kwassa”, “Cousins” o “A-Punk” y aburriendo algo más en otros, completaron una actuación irregular pero disfrutable en todo caso.

Turno para una de las bandas de las que más se está hablando en el universo indie, Black Midi. Su disco ‘Schlagenheim’ apenas tenía dos semanas en el mercado y era un buen momento para verles, además en un escenario pequeño como el Pavillion. Estuvieron muy intensos e interesantes. Quizás no sean para tanto, pero es posible que cuando pulan un par de detalles puedan crear una carrera sólida, siguiendo en esa dirección que mezcla post-punk y math rock a partes iguales.

En el Orange, una leyenda del hip hop, Wu Tang Clan. Llegaron a última hora sustituyendo a Chance The Rapper y está claro que sus mejores tiempos ya pasaron, pero mantuvieron el tipo a pesar de alguna destacada ausencia (Method Man y Raekwon), tirando de recursos como atacar temas superconocidos (Beatles, Nirvana o House Of Pain) para levantar al público.

Underworld. Foto de Steffen Joergensen

En el Arena, turno para otra leyenda, en este caso de la electrónica, Underworld. Y estos no decepcionaron en absoluto. Karl Hyde y Rick Smith lo dieron todo encima del escenario y el público respondió a su energía. La parte final, en la que todos teníamos en la cabeza las imágenes de la película ‘Trainspotting’, fue para enmarcar, y es que “Born Slippy (Nuxx)” es una de esas canciones generacionales que van más allá de estilos musicales.

El cierre en el Orange corrió a cargo de la estrella nórdica Robyn. La sueca planteó un show para bailar y dejarse llevar, así que eso fue lo que hicimos sobre todo con una apoteósica “Dancing On My Own”, que bien valió toda su actuación, con sesenta mil personas entregadas a la artista.

Como siempre apostamos por algo más cañero para cerrar el día, y eso nos lo aportaron Death Grips. Ver tocar la batería a Zach Hill es como una experiencia religiosa, y se montaron buenos pogos al ritmo que marcaba Steffan Burnett, que no dejó de moverse en todo momento. Rabia y gritos para cerrar una jornada muy satisfactoria.

Sábado 6 de Julio

Y, casi sin darnos cuenta, encarábamos el final del festival, signo de que lo estábamos pasando muy bien y no queríamos que terminara. Khruangbin y su psicodelia de calidad nos animó a arrancar la jornada. El escenario Avalon aplaudió una propuesta perfectamente ejecutada por el trío que nos dejó con ganas de más. Catfish and the Bottlemen, por su parte, ofrecieron lo que se esperaba de un grupo británico de indie rock. Resultaron divertidos por momentos y algo más tediosos en otros.

Tuvieron que ser Whores los que nos sacaran del tedio con su sludge metal de alto octanaje. Reconozco que no les había escuchado en profundidad, pero es algo que voy a corregir de inmediato, porque entraron en el top 3 de conciertos más cafres de esta edición, algo que a media tarde siempre viene bien.

Un rato tuvimos para ver a una nueva artista británica de hip hop llamada Flohio, que apunta maneras pero a la que aún le falta crear un universo propio reconocible. Es joven, así que todo se andará.

Janelle Monae. Foto de Steffen Joergensen

En la franja más concurrida de la tarde se solapaban tres propuestas interesantes (y conseguimos desdoblarnos). Janelle Monáe dejó claro en el Orange que es una de las artistas herederas del legado musical de Prince y Michael Jackson. Un animal escénico con un show extraordinario y una voz privilegiada. En la carpa Avalon, Philip H. Anselmo & The Illegals lo reventaron con el repertorio de canciones de Pantera. Es cierto que, para un servidor que tuvo el privilegio de ver a Pantera en su momento, no deja de ser un acto de nostalgia, porque la ausencia de Dimebag Darrell y Vinnie Paul no se puede cubrir de ninguna manera, pero dejarte la voz a ritmo de “I’m Broken”, “A New Level”, “Fucking Hostile” o “Walk” tampoco ocurre todos los días, así que me dejé llevar y acabé disfrutando. Mientras tanto, en el Arena, Noel Gallagher’s High Flying Birds repasó lo mejor de la carrera en solitario del hermano Gallagher talentoso y recuperaron los clásicos de Oasis que siempre gusta oír (“Wonderwall”, “Don’t Look Back In Anger” o “Little By Little”) y corear.

Tras esta tour de force, solo quedaba encarar la recta final, y nada mejor que hacerlo de la mano de unas bestias pardas como Converge. Jacob Bannon es un animal y es imposible no dejarse llevar a través de sus gritos. Son siempre una garantía de diversión y liberación de adrenalina.

The Cure. Foto de Kristian Gade

Y llegó el momento del cierre en el Orange. Uno de esos conciertos para celebrar toda la edición, y que este año corrió de la mano de The Cure. Robert Smith está en un estado de forma vocal espectacular y la banda, desde la entrada del guitarrista de David Bowie, Reeves Gabrels, suena más potente que nunca. Un repertorio extraordinario, sin dejarse en el tintero prácticamente ninguno de sus hits más reconocibles, pasando por todas sus épocas y uniendo a varias generaciones entre el público. Destacaría a un Simon Gallup colosal a las cuatro cuerdas y, de entre las canciones, que sé yo, “Pictures Of You”, “Fascination Street”, “Just Like Heaven”, “A Forest”, “Friday I’m In Love” “Close To Me” o el inevitable “Boys Don’t Cry” como colofón a dos horas y cuarto en las que la MÚSICA (en letras mayúsculas) fue la única protagonista para cerca de ochenta mil personas. Momentos mágicos que ocurren en el Orange.

Pido disculpas por no llegar a ver nada de Behemoth pero, para cuando terminó Robert Smith, también habían terminado los polacos su actuación, la cual parece haber sido muy comentada por temas extramusicales. Sin embargo, pudimos cerrar el festival en ese escenario, el Arena, de la mano de una de las bandas que mejor han fusionado rock y el hip hop en la historia, Cypress Hill. La banda de Sen Dog y B-Real contaron con el prodigioso Mix Master Mike a los platos para ofrecer un concierto de ensueño, sobre todo en la parte final, donde no faltaron “How I Could Just Kill a Man”, “Insane In TheBrain”, “I Ain’t Going Out Like That”, “(Rock) Superstar” y la inevitable “Jump Around” de House Of Pain, que se convirtió en la última canción que escuchamos en esta edición de 2019.

Con la mirada ya puesta en 2020, año en que se celebrará el cincuenta aniversario del festival, nos despedimos de una evento en el que, más que nunca, pasado, presente y futuro de la música popular se dieron cita, lo cual nos deja muy buen sabor de boca. Si nos aceptan una petición para el año que viene, estaría bien disfrutar de un par de cabezas de cartel de marcado corte guitarrero heavy (Metallica, Tool, System of A Down, Deftones, Ghost…) para satisfacer nuestros gustos más potentes. En cualquier caso, tras casi medio siglo, Roskilde se ha ganado nuestra confianza absoluta. Nos vemos en doce meses.

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1 comentario

  • Juandie says:

    La mayoría de bandas rockeras dieron los mejores recitales en el mejor festival de Dinamarca sobresaliendo las de BOB DYLAN, THE CURE o los potentes TESTAMENT que pusieron la calidad y el Thrash Metal a un festival de lo más variado en su propuesta.

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