Pamplona todavía conservaba el eco de los Sanfermines cuando, a las 19:30 en punto, el Navarra Arena abrió sus puertas. Iruña cambió de piel: pasó del blanco sanferminero al negro rockero, de la faja roja a la camiseta de Led Zeppelin. Entre el público, ya entrado en canas, convivían distintas generaciones: quienes habían descubierto a Billy Gibbons en sus primeros vinilos y quienes tan solo lo conocen a través de las redes sociales o las plataformas musicales.
ZZ Top no envejece, tan solo continúa su camino. Cerca de sesenta años después de su nacimiento en Houston, el trío sigue ocupando un lugar reservado en la historia del rock. No necesitan reivindicar su legado, porque ya llevan décadas escribiéndolo sobre los escenarios y disco a disco. Billy F. Gibbons, Frank Beard y ahora Elwood Francis guardan una manera de entender el blues-rock que ha sobrevivido a modas, cambios generacionales e incluso a la muerte de Dusty Hill. Sus canciones ya forman parte de la memoria colectiva de varias generaciones.
Wolfmother
Pero antes de los tejanos, Wolfmother se encargó de poner el Navarra Arena a temperatura de ebullición. La banda australiana apareció sin artificios. Tres músicos, dos de ellos con camisetas de ZZ Top, y bajo un enorme telón de los de Texas, como si apenas fuesen unos privilegiados aficionados encargados de abrir la noche.

Nada más lejos de la realidad. Wolfmother dejó claro por qué son los teloneros adecuados para una banda histórica. Su sonido, combinado entre los tintes setenteros y la modernidad, transitó con naturalidad entre el hard rock, el stoner, el blues e incluso el punk. Andrew Stockdale volvió a exhibir esa capacidad para pasar de riffs ásperos a melodías casi psicodélicas, mientras el bajo sostenía una base distorsionada, en muchos momentos, que, además de imprimir fuerza, conseguía mantener los tonos graves.
El Navarra Arena todavía se estaba llenando, pero cada tema de Wolfmother sumaba más gente a una pista que ya iba perdiendo huecos entre los primeros gritos de “rock and roll”. Antes de despedirse, Stockdale inmortalizó al público con su móvil y dejó un sencillo “gracias”, en castellano, mientras la distorsión se quedó sonando para ir apagándose poco a poco.

ZZ Top
El descanso fue breve. Bastaron unos minutos para que el murmullo se transformara en expectación. Entre el público ya se podían ver barbas postizas y sombreros de todo tipo, pequeños homenajes a una de las iconografías más reconocibles de la historia del rock. Tras una breve presentación, y con un escenario adornado con un curioso montaje de amplificadores de colores, monopatines, luces y un telón grafitero, entró Billy F. Gibbons por la derecha, acompañado de Elwood Francis y del batería John Douglas, que sustituye temporalmente a Frank Beard mientras continúa convaleciente.

ZZ Top abrió con "Got Me Under Pressure". A partir de ahí quedó claro que la banda sigue dominando un lenguaje que inventó hace décadas, porque, además, esa es probablemente su mayor virtud: nunca ha perseguido modas, ni falta que le ha hecho. Los de Texas han perfeccionado una misma receta durante casi sesenta años, que se dice pronto. Blues eléctrico, boogie, rock sureño y un sentido del espectáculo tan sencillo como eficaz.
Billy Gibbons, con 76 años, es el maestro de ceremonias de ZZ Top. No necesita correr por el escenario ni encadenar solos interminables. Le basta un riff, una secuencia de blues, para recordar que su presencia y su forma de tocar, con ese tono denso, el uso magistral de los armónicos y la economía de notas, han influido en multitud de grandes guitarristas, como reconocieron en su día el mismísimo Jimi Hendrix, Dimebag Darrell (Pantera) o Josh Homme (QOTSA). Era una maravilla verle tocar y dialogar con las múltiples guitarras que fue sacando, como si simplemente estuviera jugando con ellas.

A su lado, Elwood Francis, antiguo técnico de la banda, ya ha dejado de ser —o está en proceso de dejar de ser— el sustituto de Dusty Hill. Cinco años después de asumir un papel casi imposible, ya forma parte del ADN visual y sonoro de ZZ Top. Como Gibbons, sus cambios de instrumento fueron constantes. Algunos bajos tan extravagantes como el de quince cuerdas con el que salió en la primera canción o el ya mítico forrado de pelo complementaban a la perfección a Gibbons y convertían a ambos en una maquinaria perfectamente engrasada de movimientos sincronizados, algo que hizo de la banda un icono durante los años ochenta.
Porque, si algo conserva ZZ Top, es precisamente esa teatralidad discreta, en la que los tres apenas abandonan su posición (bueno, Francis sí se retiró hacia atrás en varias ocasiones), pero donde cada giro de guitarra, cada paso lateral y cada movimiento compartido está medido al milímetro. Es una coreografía repetida cientos de veces y, precisamente por eso, ejecutada con una precisión casi artesanal.

El repertorio fue recorriendo distintas etapas de su carrera sin apenas respiro. Sonaron himnos como "Gimme All Your Lovin'", "Sharp Dressed Man", "Legs" o "Cheap Sunglasses", pero también hubo espacio para regresar al blues polvoriento de "Jesus Just Left Chicago" o "Waitin' for the Bus", ambas pertenecientes al mítico 'Tres Hombres' (1973), que funcionan prácticamente como una sola pieza y que nos recordaron que, mucho antes de convertirse en estrellas de la MTV, ya eran una de las mejores bandas de carretera de Estados Unidos. Si bien, en mi opinión, hubo detalles discutibles, como esas secuencias de explosiones graves que aparecían de vez en cuando y rompían la limpieza del sonido, contrastando con ese carácter orgánico y sin artificios que siempre ha definido a ZZ Top.
El tramo final fue una auténtica celebración. Hubo cambio de trajes de luces y varios falsos adioses, en los que Billy Gibbons se marchaba del escenario mientras los otros dos músicos lo retenían y lo convencían para tocar una más. "Brown Sugar", "Tube Snake Boogie" y "Thunderbird" convirtieron el Navarra Arena en un enorme bar del sur de Texas. Y, como no podía ser de otro modo, ZZ Top se despidió con el himno que los hizo inmortales, "La Grange", entre burbujas y sonrisas, dejando la sensación de haber asistido al concierto de una banda que ya forma parte del patrimonio del rock.

Y, en fin, un concierto de este empaque invita a pensar que un bolo de ZZ Top no busca sorprender con novedades, sino recordar que hay canciones capaces de sobrevivir a cualquier época y músicos cuya mayor virtud consiste en seguir sonando exactamente a ellos mismos. Y eso, casi seis décadas después de arrancar en Houston, sigue teniendo un mérito extraordinario.
Una cultura que atraviesa mi día a día: en las bandas que me sostienen, en los vinilos que me acompañan y en cada espacio desde el que intento aportar algo, ya sea en mi blog Entre Besos y Raíces o en medios como Arainfo y MariskalRock.
He publicado Rock y Rasmia, y en ello sigo: aprendiendo, aportando y escribiendo, sin dejar nunca de escuchar.
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