Una vez más, la imponente sala Mamba de Murcia fue testigo de un auténtico ritual de puro rock, en otra calurosa noche donde la electricidad y la pasión se fundieron en un abrazo ensordecedor, con dos tríos de hard rock crudo impecables.
Ciclonautas
Para encender la mecha y calentar el ambiente de lo que prometía ser otra velada inolvidable, los encargados de abrir la ceremonia fueron los teloneros Ciclonautas. Este potente trío de stoner rock con una innegable alma argentina demostró desde el primer compás que son una auténtica apisonadora sonora.
La banda brilla con luz propia gracias a la deslumbrante maestría de sus tres pilares, quienes se complementan a la perfección: Mai Medina a la voz y guitarra, desbordando un carisma y una actitud magnética; el incombustible Javier “Txo” Pintor al bajo, construyendo un muro de graves infranqueable y un groove hipnótico; y el magistral Alén Ayerdi a la batería, el latido salvaje y el auténtico motor rítmico del conjunto.

Tras una envolvente e inquietante intro pregrabada que presagiaba la tormenta perfecta, desataron la euforia con la arrolladora “En mi espacio sideral”, una pieza sublime extraída de su último disco ‘Ecdisis’. Continuaron para encadenar sin tregua la enérgica y luminosa “El sol”, perteneciente a su aclamado álbum ‘Camping del hastío’.
Al terminar esta última sacudida, Mai Medina, ejerciendo de inmejorable maestro de ceremonias, se dirigió a la sala con una cercanía palpable: “Gracias, muchachada, un placer estar acá. Disfruten mucho, anímense”. Y vaya si nos animamos. La implacable maquinaria comandada por la firmeza de “Txo” al bajo siguió rodando a pleno rendimiento con la fabulosa “Bombo sicario”, también hilvanada de ‘Camping del hastío’, y con la afilada y punzante “Chinche verde”, de regreso a los surcos de su último álbum ‘Ecdisis’.

A lo largo de su rotunda actuación, el trío aprovechó maravillosamente la ocasión para desplegar un rico abanico de composiciones de sus diferentes trabajos, dejando patente una madurez musical envidiable, especialmente en sus composiciones más recientes. La travesía continuó bajando las revoluciones con la intensa y emotiva balada “Banderas negras” de ‘Ecdisis’, donde la característica y carrasposa voz de Mai le infundió ese matiz desgarrador y melancólico tan especial que fue directo a clavarse en el núcleo de la canción.
Tras asegurarse de nuestra absoluta complicidad preguntándonos si estábamos a gusto, la banda arrancó con el formidable medio tiempo “Eterno aprendiz”, una joya sonora rescatada de ‘Camping del hastío’. Instantes después, en un gesto de fraterna comunión, el vocalista nos deseó salud y dedicó el siguiente corte a esa gente que ya no está con nosotros, mandando un beso al cielo para interpretar con sumo tacto y elegancia la preciosa “Huellas”, también de ‘Ecdisis’.
La recta final de su arrebatador turno arrancó con un electrizante y virtuoso solo de batería que sirvió de preámbulo perfecto para la visceral “El animal”. Fue en este interludio donde el inconmensurable Alén Ayerdi demostró por qué es uno de los mejores parches del panorama rockero, derrochando técnica y pegada.
En un momento verdaderamente humano y entrañable, el propio batería interrumpió momentáneamente la fiereza del show para ponerse a pie del escenario y desearle un sentido cumpleaños feliz a su inseparable compañero, el guitarrista y cantante Mai, quien se mostró visiblemente emocionado ante el detalle. Contagiado por la magia del instante, todo el público se unió para cantarle al unísono en su día especial.
Retomando el pulso eléctrico, descargaron la vibrante “Mi estupidez”, una magnética pista de ‘Ecdisis’ impregnada de un riff y ritmo cadencioso muy a lo Queens of the Stone Age. El tramo definitivo nos arrolló con “Dele al play”, un regreso triunfal a ‘Camping del hastío’, seguida de un majestuoso “¿Qué tal?”, extraído de su debut homónimo.
Para coronar su imperial paso por el escenario, nos obsequiaron con la ácida, irreverente y corrosiva “Bienvenidos los muertos”, la joya que da nombre a su segundo disco. Con sus marcados y pesados toques de rock, Ciclonautas encajaron a la perfección como el preámbulo ideal de Wolfmother, facturando una hora de concierto intachable, solvente y sumamente contundente con la que, indudablemente, conquistaron los corazones de una nueva y nutrida base de fans.
Wolfmother

Con el terreno perfectamente abonado por la banda invitada y un público al borde del éxtasis, llegó el ansiado plato fuerte; la sala era un auténtico hervidero, rozando el sold out, para recibir a Wolfmother. Con la excusa perfecta de conmemorar el histórico 20º aniversario de su mítico disco debut, la banda australiana capitaneada por el incombustible Andrew Stockdale tomó las tablas para demostrar que su fuego interno y su energía siguen siendo tan salvajes como el primer día. Gran parte de su apoteósico repertorio fue una sentida oda a sus raíces, interpretando de manera casi íntegra y cronológica el reverenciado ‘Wolfmother’ por su mencionada onomástica.
El pistoletazo de salida lo dio la arrolladora “Dimension”. Desde el mágico primer acorde, Andrew se metió al respetable en el bolsillo con una facilidad pasmosa, haciendo que toda la sala cantara el pegadizo estribillo a pleno pulmón. Al terminar el embate, el carismático y “pelocho” líder jugaba cómplice, haciendo amagos para que la gente le siguiera con las palmas.
Un detalle hermoso que marcó la cálida tónica de la velada fue su genuina cercanía; con un sincero y escueto “gracias”, pronunciado en español, después de cada corte. Acertadamente, prescindió de largos y tediosos discursos, yendo directo al grano y enlazando los temas a la perfección, lo que dotó a la descarga de un dinamismo y un ritmo verdaderamente envidiables que no dejaron a nadie tomar aliento.
La comunión sónica continuó volando alto con “White Unicorn”, aclamada al instante por un mar ensordecedor de palmas desde los primeros compases. Fue precisamente en el interludio psicodélico de este mismo tema cuando Andrew aprovechó para presentar a su impecable sección rítmica. Tras contar a viva voz y con garra “uno, dos, tres, cuatro”, introdujo a James Wassenaar al bajo, quien lucía con orgullo una camiseta de AC/DC, y al infalible Brett “Wolfie” Wolfenden a la batería, dejando claro el tremendo empaque y la rocosa solidez que posee la formación actual, tras innumerables cambios de formación.

Entonces llegó el inevitable momento de la locura absoluta con “Woman”, con su hipnótico riff setentero. Es, sin duda alguna, una de sus composiciones más universales y conocidas, si no la que más, y en su traslación al directo se convierte en un espectáculo incontestable, un torbellino que arrasa con todo. Inmediatamente después atacaron a degüello con “Apple Tree”, consolidando una realidad que ya resultaba innegable a esas alturas de la sagrada noche: el grupo gozaba de un sonido de la hostia. Los temas sonaban asombrosamente rotundos y muy fieles a las grabaciones originales, pero permitiéndose las licencias justas para la improvisación instrumental, lo que les insufló una vida, una frescura y una originalidad únicas sobre las tablas.
Hasta ese glorioso punto, el trío estaba desgranando su laureado debut respetando su estricto orden original. Sin embargo, a partir del quinto asalto decidieron cambiar las tornas de manera sorpresiva para descargar “Midnight Train”, aquel contundente y pesado single pandémico que lanzaron al mundo en pleno aislamiento.

Tras aplastar nuestros oídos con el enorme peso de “Pyramid”, el séptimo lugar del repertorio lo ocupó el siempre exitoso medio tiempo “Mind's Eye”. Durante el desarrollo de este corte, especialmente en la vertiginosa parte más acelerada, se hizo patente la enorme e hipnótica complicidad que existe entre el cantante y el batería, funcionando ambos como el auténtico motor incombustible del show.
El viaje espacio temporal continuó dando un salto a su segundo y venerado disco, ‘Cosmic Egg’, regalándonos dos piezas maestras que fueron recibidas con los brazos abiertos: el exitoso “New Moon Rising” y la no menos carismática “California Queen”. Esta última fue toda una exhibición de virtuosismo y músculo, brillando intensamente por sus marcados y vertiginosos cambios de ritmo hasta desembocar en esa agónica segunda parte, que transcurre lenta, densa y deliciosamente “sabbathiana”.
Para la décima bala de la noche, la banda sacó a relucir su arsenal más festivo con la brevísima “Feelin Love”. Este enérgico, bailable y canalla corte, extraído de su explosivo último álbum ‘Rock Out’, mantuvo la temperatura de la sala a punto de ebullición, dejando el terreno perfectamente en llamas y abonado para el tramo final del concierto.
La pista era, a estas alturas, un auténtico y sudoroso hervidero. El rotundo éxito de la convocatoria se palpaba en el espeso ambiente y la energía fluía libremente con un público entregado en cuerpo y alma en cada compás. De este modo, siguieron cabalgando adelante con la épica “Where Eagles Have Been” y la preciosa joya semiacústica “Vagabond”, rescatando de nuevo legendarios cortes del debut que fueron recibidos con enorme entusiasmo.
Fue tal la catarsis que, en la parte central de la pista, se formó un pequeño pero intenso pogo donde la gente iba cantando, dándolo absolutamente todo, dándose golpes amistosos e innumerables vueltas, bailando incansablemente y tarareando a voz en grito los imborrables riffs de las canciones, divirtiéndose a lo grande sin llegar a molestar en ningún momento al resto de asistentes. Era una estampa visual propia de un aguerrido concierto de metal, aunque lo que realmente emanaba de los altavoces era un genuino hard rock setentero aderezado con potentes toques de stoner rock, la incuestionable seña de identidad de la banda.

El decimotercer embiste de la noche hizo total honor a su nombre: “Colossal” sonó simple y llanamente así. Fue el marco idóneo para constatar empíricamente que tanto el manejo de la guitarra como la garganta de Andrew se mantienen en un envidiable estado de gracia. El australiano demostró ser un guitarrista ciertamente virtuoso y un vocalista muy solvente, rasgando el aire y llegando con pasmosa facilidad a los tonos más agudos de la partitura.
Acto seguido, la locura colectiva se desató literalmente con el himno “Joker & the Thief”. El inconfundible y serpenteante riff inicial de este exitosísimo sencillo, que muchos nostálgicos recordarán por haber sido parte de las sintonías de cabecera utilizadas por un famoso programa televisivo de cambios de vestuario, hizo saltar sin gravedad a todo el recinto.
Durante el lisérgico interludio de la canción, Andrew aprovechó para sacar su teléfono móvil personal y grabar al frenético público inmerso en la más pura euforia. Al finalizar la apoteosis, dejó la guitarra estratégicamente apoyada frente al amplificador emitiendo un denso acople, ese característico y punzante feedback ensordecedor con el que abandonaron momentáneamente el sagrado escenario.
La sala Mamba, sumida en la penumbra, no dejó de aclamarlos ni un solo segundo mientras seguía sonando el insufrible acople, entonando el clásico e infalible cántico de “oe, oe, oe” hasta que el todopoderoso trío regresó triunfante para el ansiado bis. El primer regalo de este epílogo fue la luminosa “Love Train”, coronándose como la última pieza en sonar de su aclamado primer disco.
Como glorioso colofón final, nos brindaron una fidelísima, musculosa y espectacular versión del eterno “Rock and Roll” de Led Zeppelin, logrando la magia de que todo el público coreara al unísono aquel icónico y legendario “lonely, lonely, lonely”. Quizás, si hay que poner un mínimo pero a la velada, el único sabor agridulce fue quedarse con las ganas de escuchar en directo su otra monumental adaptación del “Paranoid” de Black Sabbath, la cual sí habían estado interpretando asiduamente en paradas anteriores de la gira, como ocurrió recientemente en Madrid.
Pese a esa pequeña espinita, la banda se despidió de una audiencia extasiada y empapada en sudor tras haber arrasado y triunfado sin ningún tipo de paliativo. Como ya he dicho, contaron con un sonido sencillamente espectacular que resonó con furia hasta el último rincón del local, dejaron meridianamente claro su indiscutible dominio escénico y su estatus de leyenda contemporánea.
Y mientras las luces de la sala comenzaban a encenderse y la exhausta multitud empezaba a desalojar el recinto con sonrisas de oreja a oreja, los altavoces escupían pregrabado a modo de inmejorable epílogo la monumental “War Pigs” de Black Sabbath, poniendo el broche de oro y cerrando una velada sencillamente redonda e histórica de dos de los mejores tríos de ases del panorama del rock actual.
Comencé a colaborar en “La Heavy” (cuando se llamaba “Heavy Rock”) y en su hermana gemela, “Kerrang!” (edición española), a finales de los 90, retomándolo en el nuevo milenio también en MariskalRock.com. También he escrito en el diario ABC y en publicaciones locales como “Siete Días Yecla”, además de haber trabajado durante un tiempo en el Gabinete de Comunicación del Ayuntamiento de mi querida Yecla. Tengo un blog, Brotando Music, donde podréis encontrar poco a poco los enlaces de todo el material que publico aquí, así como nuevo contenido inédito. Entre mis próximos planes está escribir un par de libros, uno de ellos sobre una de mis bandas favoritas.
Actualmente vivo en Yecla, aunque Alicante, Madrid, Murcia, Valencia… son ciudades también muy importantes para mí, por diferentes motivos. ¡Nos vemos en los conciertos… y que brote la buena música!
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