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Crónica de Turf + Kanaku y El Tigre en Barcelona: Más allá de la música

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La noche no se sintió como un concierto, sino como un reencuentro entre viejos amigos. Cuando los primeros acordes de "Caracoles" empezaron a sonar, una magia especial cubrió el lugar. Pero lo que hizo esta fecha inolvidable no fue solo la música, sino la hermosa energía que se respiraba en la cancha: una división espontánea, casi como un clásico de la Libertadores, con peruanos y argentinos compartiendo el mismo espacio.

Kanaku y El Tigre

Los de un lado y los del otro, lejos de cualquier roce, convirtieron el recital en un duelo de cariño y pasión, demostrando que la música de Kanaku y El Tigre tiene ese poder de hacernos sentir en casa, sin importar de qué lado del mapa vengamos. Con "¿Quién es tu novio?" y "Bubucelas", el ambiente se encendió.

Kanaku y El Tigre

Era un espectáculo ver a la hinchada argentina aportar su clásico "Aguante" y sus saltos, mientras el bloque peruano respondía con un fervor lleno de orgullo y sonrisas. La banda, desde el escenario, parecía disfrutar de este partido amistoso, guiándonos con la dulzura de "Abre los brazos", un recordatorio de que allí todos éramos uno solo. El momento de mayor conexión llegó con "Hacerte venir", una interpretación tan íntima que logró silenciar los cánticos de tribuna para dejarnos llevar por la atmósfera, y con "Donde las almas", un viaje emocional que puso a peruanos y argentinos a mirarse con complicidad, reconociendo la belleza de una letra que cala hondo en cualquier corazón.

Hacia el final, la calidez de "Tu verano o tu invierno" preparó el terreno para el gran abrazo colectivo que fue "Bicicleta". En ese momento, la división de la cancha desapareció por completo: ya no había locales ni visitantes, solo un mar de gente cantando a pleno pulmón, celebrando la libertad de estar vivos y compartiendo ese instante de felicidad pura. El broche de oro llegó con la energía desbordante de "Si te mueres" y el viaje psicodélico de "Pulpos". Entre sintetizadores y aplausos, Kanaku y El Tigre se despidieron de una cancha que, aunque empezó dividida por la pasión de sus banderas, terminó unida por el ritmo de sus latidos.

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Hay bandas que cumplen años y bandas que celebran la vida. Turf, en su trigésimo aniversario, pertenece definitivamente al segundo grupo. Lo que se vivió en la Sala Razzmatazz 2 no fue un simple concierto de rock; fue un ejercicio de exorcismo colectivo, una kermés psicodélica y, por encima de todo, la confirmación de que Joaquín Levinton es el último gran showman de la estirpe del rock argentino.

Bajo el concepto de su tour "Polvo de Estrellas", la puesta en escena transformó la sala industrial barcelonesa en un plató televisivo de los años 70 pasado por un filtro ácido: visuales vibrantes, colores flúor y una energía que desbordó el escenario desde el primer minuto. La banda salió a comerse el mundo con "Gatitas y ratones". La base rítmica de Fernando Caloia en la batería y el bajo punzante de Carlos "Tody" Tapia sentaron las bases de lo que sería una noche de baile ininterrumpido. Levinton, enfundado en un vestuario que gritaba estrella de rock por los cuatro costados, hipnotizó a la audiencia desde la primera estrofa de "No se llama amor".

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Con "Disconocidos", la psicodelia pop se hizo carne. La guitarra de Leandro Lopatín serpenteaba entre los sintetizadores de Nicolás Ottavianelli, creando esa atmósfera de late night show lisérgico que la banda buscaba para esta gira. Pero el primer gran momento de la noche llegó con "Cuatro personalidades", que cerró con un extracto de "Parte de la religión", un guiño elegante al maestro Charly García que el público, mayoritariamente argentino, recibió con un rugido de aprobación.

La noche subió de temperatura con "Casanova" y "Malas decisiones". Fue aquí donde ocurrió uno de los hitos más emotivos: la participación de una fanática de nombre Cristina oriunda de Barcelona. Joaquín, con su habitual carisma, la presentó para que se sumara a la interpretación del tema. La sala entera estalló en un coro unánime de "Cristina, Cristina", demostrando que Turf no solo trae su música, sino que también sabe conectar con la fibra local de la comunidad.

Cuando llegó el turno de «Magia blanca», el ritual cambió. El recinto se convirtió en un mar de luces de smartphones. La balada, interpretada con una sensibilidad exquisita por Ottavianelli en los teclados, generó ese nudo en la garganta previo a la euforia. Si algo define a Turf es su capacidad para convertir un estribillo en un himno de estadio. Con "Sentimientos encontrados" (canción grabada originalmente con Los Auténticos Decadentes), el sello del "fútbol musical" se hizo presente. Las camisetas volaron por los aires y el sudor empezó a condensarse en el techo de la Razzmatazz.

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Tras un aplauso cerrado para el "cantante ilusionista" en "Contacto", llegó el momento de Kurt Cobain. Aquí, Levinton sacó a relucir su versión más britpop, con pandereta en mano y una pose que recordaba a los mejores años de Liam Gallagher, logrando que cada alma en la sala coreara el estribillo como si la vida le fuera en ello. Pero el clímax físico estaba por llegar. Durante "Loco un poco", Joaquín decidió que el escenario le quedaba chico. Tras elogiar la belleza de Barcelona, bajó a la pista, se subió a la barra de la sala agitando a los presentes y terminó haciendo crowdsurfing de regreso al escenario sobre un mar de manos que lo sostenían como a un mesías del pop.

La sala se transformó en una discoteca gigante con "Todo x nada", un trabalenguas rítmico que preparó el terreno para el gran himno: "Pasos al costado". "Qué copado, muchas gracias por venir", soltó un Joaquín genuinamente conmovido. En este punto, la energía era tal que se produjo una imagen cinematográfica: entre la lluvia de cerveza y el pogo, una chica con muletas las alzó en el aire, sosteniéndose en la pura adrenalina del momento. Fue la prueba irrefutable de que la música de Turf tiene poderes curativos.

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La recta final fue un homenaje a la historia del rock nacional. Primero, con una versión de "Lamento boliviano" (de Alcohol Etílico que popularizaron los mendocinos Enanitos Verdes), que puso a prueba la resistencia de las cuerdas vocales del público. Y luego, el regalo inesperado: cumpliendo el deseo de muchos nostálgicos de la época de Pity Álvarez, la banda arremetió con "Quieren rock", de Intoxicados. La locura fue total.

El epitafio de la noche no podía ser otro que "Yo no me quiero casar, ¿y usted?". Una fiesta argentina por todo lo alto, con la banda demostrando que, a 30 años de su inicio, sigue más vigente que nunca en el inconsciente colectivo. Turf en Barcelona no fue solo un concierto; fue el abrazo necesario para una comunidad que, aunque desperdigada por el mundo, encontró en la voz de Levinton y los suyos el camino de regreso a casa por un par de horas. Larga vida a los reyes del "paso al costado".

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