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Crónica de Guasones en Barcelona: Rock intacto y visceral

El desembarco de Guasones en Barcelona no fue un concierto: fue una irrupción, una grieta en la noche por donde se coló, intacto y visceral, el pulso del rock platense hasta volver la sala un territorio suspendido, un eco vivo de La Plata latiendo a miles de kilómetros.

Desde el primer acorde, la electricidad no solo sonó: respiró, avanzó, se apoderó del aire. La apertura de "Pobre tipo" fue un relámpago que no anuncia la tormenta, sino que la desata. Entre el estruendo, el saludo a José Tedesco dejó de ser cortesía para volverse veneno. Su nombre flotó sobre el escenario como un fantasma herido, vibrando en la tensión de las cuerdas y el pulso de los parches, integrándose a la noche no como un invitado, sino como una herida abierta que el tiempo se negó a cerrar.

La banda, ajustada como un mecanismo orgánico, dejó que el viaje se desplegase sin fisuras: "Espejo roto" reflejando las grietas, "Me muero" ardiendo en intensidad, "Me estás tratando mal" como un lamento colectivo que dejó de ser canción para convertirse en confesión compartida. Y entonces, cuando el terreno ya estaba encendido, Facundo Soto tomó el centro no como figura, sino como canal: voz, cuerpo y guitarra al servicio de una energía que parecía excederlo. Con "Ya estoy subiendo" y "Estupendo día" la escena se agrandó, se volvió más alta, más luminosa, hasta que el gesto se volvió íntimo (camiseta negra, acústica en mano) y "Nada que ganar" encendió a la multitud desde un lugar casi ritual, donde cada acorde era un latido colectivo.

El agradecimiento fue apenas un susurro antes del abismo contenido de "Down": Soto a capela, sosteniendo el silencio como si fuera materia, estirando el instante hasta que el público, convertido en una sola voz, lo sostuvo con él, en un canto que parecía no querer terminar nunca. Y cuando finalmente la banda irrumpió, lo hizo como una ola que rompe después de una calma insoportable. Entonces llegó "Cien años" y con ella algo más que música: banderas argentinas elevándose como señales de pertenencia, camisetas del Diego transformadas en símbolos, en amuletos que sellaban la comunión entre escenario y público. Ya no era una sala: era un estadio contenido en cuatro paredes, una patria momentánea hecha de acordes y memoria.

La intensidad siguió creciendo con "El huracán", donde el ritmo no solo avanzaba, sino que empujaba, mientras Esteban Monti, firme como un ancla, sostenía los coros con precisión y entrega. Pero la noche también sabía mutar: "Fui silbando" trajo un aire distinto, más suelto, casi errante, derivando en un pasaje donde las fronteras del rock se disolvían en un pulso cercano al jazz, como si la banda se permitiera respirar en otra lengua sin perder su identidad.

Y en ese vaivén llegó "Leila", uno de los momentos más humanos, más cálidos: la presencia de Gonzalo Serodino no fue solo la de un invitado, sino la de un hermano convocado por la música. Su guitarra blanca dibujó líneas que recordaban a Chuck Berry, encendiendo sonrisas, palmas, complicidad, hasta desembocar en un final donde la batería cerró como un golpe de puerta perfecto. Entre bromas y autocrítica, el fuego volvió a avivarse con "Estrellas": un inicio desordenado, casi caótico, como si cada instrumento buscara su propio camino, y luego, en la segunda embestida, la sincronía absoluta, la explosión, chicos en hombros, cuerpos saltando, la euforia desbordada. En medio de ese torbellino, Soto se detuvo un instante para mirar hacia atrás y nombrar a Maxi Tymczyszyn, compañero de décadas, como quien reconoce el origen en pleno clímax.

El tramo final no fue un cierre: fue una avalancha. "Heaven or Hell" abrió la puerta y "Amaneciendo" ofreció un respiro que no era pausa, sino profundidad. Entonces el grito —"¡A ver, Barcelona, carajo!"— dejó de ser arenga para convertirse en desafío, y "Eso estaba bien" se volvió un coro masivo donde nadie quedó afuera. "Pequeños ojos" hipnotizó como un hechizo antiguo, guiando a la multitud sin resistencia, y cuando "Flores negras" estalló, el aire ya estaba lleno de cerveza, de manos, de voces, de una celebración sin filtros.

Con "Tan distintos", la noche alcanzó su punto de combustión: la promesa de “prender fuego Barcelona” dejó de ser metáfora y se volvió sensación real, con Soto dirigiendo el micrófono hacia una multitud que devolvía cada palabra multiplicada. Y entonces, sin tregua, el golpe final: "Como un lobo", "Farmacia", "Infierno blanco", una trilogía que avanzó como un tren sin frenos, llevándose todo por delante. Ni los límites de tiempo ni los tropiezos técnicos lograron romper el hechizo: la banda sostuvo la entrega hasta el último aliento, hasta la última cuerda vibrando.

El cierre, sin embargo, no fue estruendo, sino gratitud: la canción "Gracias" como epílogo necesario, como gesto de devolución. Facundo Soto recorrió el escenario como quien quiere abarcarlo todo por última vez, fundiéndose con el público en un único grito, en una sola respiración. Y cuando la última nota se desvaneció, lo que quedó no fue silencio, sino una marca: una huella ardiente, indeleble, grabada a fuego en el asfalto barcelonés, donde por unas horas la distancia dejó de existir y la música fue territorio, memoria y destino.

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