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Crónica de Saxon en Madrid: Incombustibles y piedra filosofal

Ya lo dijo Biff sobre el escenario justo antes de abordar completo el ‘Wheels of Steel’: “En 1980 no había móviles, ni Facebook, ni TikTok ni leches. Solo revistas y radio”… Y 46 años después, algunas noches volvemos de verdad a aquello, con Saxon de nuevo triunfando sobre el escenario y los chalecos vaqueros de parches y los temazos de rotundo heavy rock de antaño siendo protagonistas.

Uno de los últimos reductos de banda auténtica y de conciertos a la vieja usanza que nos quedan es ir a ver a Saxon y volver a descubrir la misma honestidad de siempre: puro corazón y cinco melenudos viejos demostrando cómo se hace esto. Y los de enfrente, muchos de la misma quinta (o casi), siempre arrodillados ante los sajones y sus enseñanzas sobre el escenario. Tenía cierto miedo de encontrarme a un Biff desmejorado, a una banda sonando por primera vez más lenta, o con menos arrojo, y a unos Saxon menos rotundos, en definitiva. En algún momento llegará, pero todavía no enfilan la cuesta abajo, ¡al revés! Están rejuvenecidos, aún más sabios y poderosos, y continúan tocando desbocados.

Es impresionante verlos (y escucharlos) aún más duros, todavía más auténticos y demostrando que, efectivamente, morirán con las botas puestas. En realidad, siendo ellos, como siempre, pero sin bajar ni un tono, sin escatimar un grito, sin dejar de moverse e interactuar con el público, y sin dejar de sorprendernos, en este caso recuperando completo un disco antiguo de principio a fin. ¡Y tocándolo tal cual!, a la misma velocidad, con la misma fiereza y recuperando del fondo del cajón canciones que, de verdad, no habían tocado posiblemente en cuarenta años o más.

Es la magia de los grandes, de los que han dado forma real a este movimiento, y por eso son únicos y referencia de todos. Ellos se lo creen los primeros y lo disfrutan como el primer día, que las sonrisas sobre el escenario no se pueden impostar, ni fingir las expresiones satisfechas viendo cómo toda la sala corea tus canciones y rinde pleitesía a una de sus bandas fetiche. Son Saxon, y no bajan el pistón ni el batería con sus 73 años ni el cantante a sus 75 ni los guitarras a sus 66 ambos ni el bajista, más “joven”, a sus 59 y sin camiseta, fibroso y sin escatimar una gota de sudor, una carrera, un cabeceo…

Melenas, pantalones ajustados, botas, guitarras clásicas y sobre todo actitud, mucha verdad y autenticidad. Son ellos, sin más, como en el 1980, y como cuando consiguieron salvar con muchos arrestos y dignidad los difíciles 90 y primeros 2000. O como cuando se adaptaron hace poco con el guitarrista de sus compadres Diamond Head a la salida reciente de Paul Quinn, mano derecha de Biff desde el inicio.

Y frente a ellos, lo mismo, los que siempre hemos estado delante de Saxon, porque además estábamos todos: los amigos de los 80, los compañeros de los 90, los que nos vemos siempre en los conciertos especiales, los que ya van a menos bolos “pero a Saxon o Judas por supuesto que sí” (o a “Motör” en su momento), y los que hemos visto a Saxon en todas las giras desde aquellos mediados 90 (en mi caso) hasta ahora, peleando en el barro, tocando en lugares infaustos, en puestos feos en los festivales o también de cabeza de cartel. Y en salas pequeñas, medianas y grandes, en los eventos de relumbrón o en momentos difíciles en los que “solo” venían aquí Doro, Dio, Primal Fear, Maiden, Helloween, Motör… y Saxon.

A veces se nos olvida su lucha, y la nuestra, porque el heavy metal de verdad no muriera. Y solo por eso ya hay que rendir pleitesía eterna a los británicos. Hoy es “fácil”, pero ellos y nosotros estuvimos siempre de la mano en la pelea cuando no era tan sencillo. Ahora se les puede echar en cara, con la boca pequeña, que se han olvidado un poco de los discos tan importantes de los 90 y 2000 cuando la escena era “otra cosa” y, sin duda, la situación, más difícil para todos. Y ellos no pararon de sacar discazos erre que erre y uno tras otro.

Pero, aun así, homenajear los clásicos de los primeros 80 nunca disgusta, y más siendo fieles a eso, a lo que propugnan: “Vamos a tocar entero ‘Wheels of Steel’ en este caso”, pues tal cual: de principio a fin, a su velocidad, sonando igual y con la misma actitud y entusiasmo. Y con canciones que de verdad hacía muchos años que no tocaban en directo, algunas posiblemente nunca más desde entonces.

Fue absolutamente mágico poder escuchar “Stand Up and Be Counted”, “Street Fighting Gang”, la tremenda “Suzie Hold On” (Biff con “gafas de molar” mediante), o esa cañerísima “Machine Gun” para terminar ese bloque… Ojito a cómo sonó, y cómo existía un tema así entonces, y ahora (que hablamos del 80 y todos los grupos duros como Metallica, Slayer, Kreator, Megadeth, Pantera… aprendieron todo de sonar duros y rápidos de canciones como esta).

Empezamos a eso de las 21:00, ya con la sala a reventar, como en las mejores noches, y un escenario bastante sobrio, eso sí, con las paredes de amplis con el águila de Saxon, y el logo clásico en el gran telón tras la enorme batería de Nigel Glocker. “Hell, Fire and Damnation”, tema título del último disco, y en cuanto se terminó de ecualizar el sonido y de sonar perfectas las guitarras, a disfrutar de los dos primeros superclásicos de la noche, tanto “Power and the Glory” y “Solid Ball of Rock”, ¡casi nada! Cierto que “Solid” fue la única concesión a esa fantástica segunda etapa de la banda, y nos supo a gloria.

 

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Cuatro viejos melenudos (cuestión nada baladí, como siempre digo) y un batería con la máxima dignidad, capilar y de tocar, que los temas de Saxon, sin ser necesariamente técnicos, sí tienen que sonar rotundos y poderosos, y varios son muy rápidos, y Nigel sigue perfecto al pie del cañón. Algo de miedo nos daba Biff, como decía, tras operaciones y problemas físicos serios recientes, pero nada, está perfecto y como siempre: algo más delgado tal vez, pero con el mismo arrojo y prestancia habitual. Y sí, con su eterno abrigo largo, un pañuelo para el cuello, melena de sabio venerable al viento (quizás cabeceando un poco menos que antaño, pero sin escatimar tampoco) y cantando de lujo. Muy, muy bien, ¡bravo!

Me encantó ver a Brian Tatler salir con guitarra de flecha blanca (aunque luego cambiaría según el tema a su eterna Les Paul anaranjada) y a Nibbs Carter con el Rickenbacker “a lo Lemmy” (que alternaría con su clásico Thunderbird). Y a Doug Scarrat con chupa de cuero ajustada que solo se quitaría hasta el final. Y Nigel, por cierto, aunque esto solo lo vimos al final, con camiseta dedicada a Phil Campbell, concretamente de su álbum en solitario ‘Old Lions Still Roar’, que obviamente el detalle no era casual. Y nosotros entregados, por supuesto, mientras seguían cayendo temazos como “Sacrifice” o “Madame Guillotine”, los únicos guiños actuales que quedaban, o esa inmortal “Heavy Metal Thunder”, sonando arrolladora y sin escatimar nada… ni la banda ni Biff ¡ni nosotros abajo! Ellos inventaron esto (o fueron unos de los inventores, vaya), y hoy siguen dando lecciones maestras al respecto. ¡Es increíble!

Tras “Dallas 1 PM”, otras de las imprescindibles, era el momento del bloque dedicado a ‘Wheels of Steel’, y lo primero era la tralla de “Motorcycle Man”. Y a partir de ahí, el LP completo, en bloque y temazo tras temazo y sorpresa tras sorpresa. Cómo digo, un lujo sobre todo recuperar las nada habituales, las mentadas antes, y “Freeway Mad” o “See the Light Shining”, tan NWOBHM.

Y comenzó el vuelo de chalecos de parches e incluso de disfraces de cruzados con el logo de Saxon, que Byfford se partía de risa. Por supuesto, se acabaron poniendo los chalecos de parches y estuvieron varios temas tocando con ellos (el que se puso Nibbs seguro que acabó todo sudado), y al final Biff los firmó todos, incluso alguna bandera, y luego los devolvieron a la gente, ¡por supuesto!

Tras la brutal “Machine Gun” (¡cómo sonó!), era el momento de enfilar la última parte del concierto, y aquí ya no hubo concesiones: “Crusader”, que ellos saben que es un tema muy querido en España; “And The Bands Played On”, siempre mágica y con toda la sala botando; “Denim and Leather” (tras la frase irónica de Byff de “¿no estáis cansados? ¡Que es domingo y es tarde!”), y el fin de fiesta imperdible con “Princess of the Night”, que la habremos escuchando mil veces pero sigue emocionando como el primer día. Y más con ellos en primera línea, sin escatimar nada y demostrando que de verdad morirán en batalla… tocando heavy metal y siendo Saxon siempre.

Algún día faltarán y el vacío será jodido. Mientras tanto, disfrutemos de las veces que queden, como hacen ellos. Y en los libros de historia se acabará reconociendo de una vez la importancia seminal de Saxon en el heavy metal y el rock duro. Sin ellos no hubiera habido ni NWOBHM ni thrash metal ni heavy clásico ni metal actual ni nada. Que a nadie se le olvide. ¡Amén!

David Esquitino

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