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Crónica de Nashville Pussy en Bilbao: Epítome de salvajismo

Hay grupos que han venido tanto por la península que son casi como de la familia. Son aquellos con los que uno ya incluso ha perdido la cuenta de todas las veces que les ha visto, del mismo modo que tampoco se anda apuntando en ningún sitio las ocasiones en las que se coincide con los amigos. Una relación forjada a lo largo de varios años con la sinceridad por bandera, sabiendo lo que se ofrece y sin esperar nada más. Ni nada menos.

En el caso de los norteamericanos Nashville Pussy estaba garantizado en sus bolos un apabullante torrente de electricidad, que no es moco de pavo, cualquiera no se encuentra en posesión de legar semejante manjar a los fieles. Otros sueltan material de garrafón o los consabidos trucos de trilero de alargar las canciones, se enredan en charlas interminables sin venir a cuento o pierden tiempo obligando a la gente a dar palmas como en el circo.

Deberían encerrarse en una urna como un auténtico tesoro esas bandas que destilan electricidad como valor supremo. Quizás no inventen la rueda, pero ni falta que les hace. Basta su llamada para que se congreguen los fans del rock n’ roll de zonas limítrofes y así fue con el bolo de Blaine Cartwright y compañía en el recinto bilbaíno de D8 Sorkuntza Faktoria, aunque el personal no fue ni de lejos parecido al que acostumbraba a recalar en el Kafe Antzokia.

Nashville Pussy

Ante una nutrida muchedumbre los incendiarios Nashville Pussy arrancaron a degüello, como solo ellos saben hacer. No presentaban ningún disco, a pesar de que en breve lanzarán el EP ‘10 Inches of Pussy Season 1’, su regreso al estudio tras ocho años. Quizás pertenezcan a ese tipo de grupos que opinan que cuando se posee una trayectoria reseñable cargada de clásicos deja de tener demasiado interés eso de grabar un álbum cada poco tiempo.

Esta gira demostraba de un plumazo que los de Atlanta pertenecían a esa gloriosa estirpe que podría pasarse lo que les resta de carrera sin editar nada nuevo. El inapelable arranque con “Pussy’s Not a Dirty Word” y “Shoot First and Run Like Hell” valía de sobra para poner al personal en modo entusiasmado, algo reforzado por los movimientos de la guitarrista Ruyter Suys, de un lado para otro, arrodillada para marcarse punteos, sudando la camiseta pero bien, poca gente se entrega tanto en las distancias cortas como esta señora.

El repertorio escogido certificaba que no habían venido para perder el tiempo, sino para volver a dejar una impresión perdurable en los seguidores. “Come On Come On” consigue su propósito de elevar la intensidad de la cita y “Go Home and Die” parecía mandar un sutil mensaje a los que no comulgaran con su credo. Aquí no se venía a flipar con masturbaciones de mástiles ni otros ejercicios onanistas, sino que se apelaba a algo mucho más primario como las agallas.

“Rub It to Death” era un claro ejemplo de esto último, de esa vertiente de los norteamericanos cercana al punk que no requería explicación, o se sentía o no, no había más vuelta de hoja. No existían demasiadas presentaciones, pues la parroquia venía con la lección de sobra aprendida. Eso sí, a veces ellos iban tan enfilados que tenían que amenizar la espera con musiquita mientras Blaine cambiaba de instrumento. “Testify” fue cantada sin guitarra, pero sin ningún tipo de problema, el vendaval de Ruyter valía de sobra para llenar cualquier hueco sobrante.

Estrenaron la novedad “Jacking Off and Taking Names”, que formará parte de su próximo trabajo, no explorarán diferentes perspectivas dentro del género, podíamos estar tranquilos. Y una de las tradiciones en sus bolos es pegar lingotazos a la botella de whisky, algo que Blaine cumple religiosamente antes de la muy apropiada “Hate and Whiskey”. A beber agua al establo.

El frontman evocó uno los grandes placeres de la vida al pensar en una barbacoa antes de “Till the Meat Falls Off the Bone” y no tardó en reproducir otro clásico numerito de sus shows, el de echar cerveza en su sombrero y luego beber de él sin derramar ni una gota. Luego se lo puso como si nada y a tirar millas. Eso sí que era puro virtuosismo y no el de Yngwie Malmsteen.

Con eso ya habían cumplido en gran parte, por lo que se retiraron brevemente tras una curiosa presentación en la que Blaine se definió como “el Jesucristo del rock n’ roll”. ¿Haría un milagro similar al de los panes y los peces? Bueno, tal vez este profeta no tenga ambiciones tan altas, le bastaba con regresar al escenario para cascarse unos bises impepinables.

“Piece of Ass” engrandeció el listado sin desperdicio que habían ofrecido en la velada y “Why Why Why” desató como nunca las gargantas de la parroquia. Solo se necesitaba una bendición urbi et orbi tan contundente como “Go Motherfucker Go” para poder ir en paz con nuestro espíritu. Hasta León XIV habría agitado la cabellera. Ruyter dio de comulgar con la botella de whisky a un entusiasmado fan de las primeras filas antes de arrancar las cuerdas de la guitarra como una fiera desatada y hambrienta. Enorme, uno de esos detalles que ya no se estilan.

En los pacatos tiempos contemporáneos, donde la mayoría de las cosas ofenden a alguien, habría que poner en valor más que nunca bandas indómitas como Nashville Pussy, un derroche de electricidad sin cortapisas y sin remilgos políticamente correctos. Todo un epítome de salvajismo no apto para pieles finas.

Alfredo Villaescusa

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