Crónicas

Ghost + Uncle Acid & The Deadbeats + Twin Temple en Madrid: El futuro ya está aquí

«Realmente, lo que Ghost estaba profetizando era su auge definitivo, un éxito masivo y desbocado que ha sumido a Tobias Forge y sus misteriosos acólitos en un círculo virtuoso del que será difícil que salgan»

8 mayo 2022

Palacio Vistalegre, Madrid

Texto: Jason Cenador | Fotos: Alfonso Dávila

Dicen que últimamente los discos de Ghost son un tanto proféticos. Si ‘Prequelle’ giraba en torno a una plaga y poco después acaeció la pandemia de coronavirus, ‘Impera’ versa sobre el auge y la caída de los imperios, y tristemente una cruenta guerra asola Ucrania en nuestros días, preludio, ojalá, del derrumbe del tiránico régimen que domina en la imperialista potencia invasora. Lo que no es menos cierto es que, realmente, lo que Ghost estaba profetizando con estos álbumes era su auge definitivo, un éxito masivo y desbocado que ha sumido a Tobias Forge y sus misteriosos acólitos en un círculo virtuoso del que será difícil que salgan.

Tobias Forge (Ghost)

¿Era esta, acaso, la última posibilidad de ver a Ghost en un recinto relativamente mediano? Teniendo en cuenta cómo el tsunami de ‘Impera’ ha arrasado las listas de ventas de medio mundo occidental, encaramándose al número uno en un buen puñado de países, España incluida, tiene toda la pinta de que sí. De entre las bandas que debutaron después de 2010, los suecos están, sin duda, entre ese puñado de elegidos para perpetuar el rock de masas en vivo. Cierto es que, para nuestro regocijo, el pasado de nuestra música están aún muy presente (no hay más que ver las cabeceras de los principales festivales europeos), pero el futuro ya está aquí, y esto no solo implica que en los años venideros tendremos bandas de primerísima línea cuando los titanes más veteranos se batan en retirada, sino que la transición está siendo progresiva y, pese a lo que muchos ladren, real y efectiva. El relevo generacional es de todo menos una quimera o un giro drástico de guión.

Twin Temple

Era domingo y hacía calor. Las terrazas del entorno de Vistalegre estaban a rebosar, pero bien merecía la pena apurar el último trago para plantarse puntuales a disfrutar de Twin Temple. Si la cosa iba de bandas genuinas, diferentes y llamativas, el grupo de apertura no podía allanar mejor el terreno. Los californianos llaman a su estilo “doo-wop satánico”, y básicamente entretejen un agradable, liviano y impolutamente logrado rock and roll de corte sesentero y cincuentero con algún que otro deje jazzístico en los vientos con letras de adoración satánica entre cuyas líneas asoman mensajes de liberación individual, feministas y en favor de la diversidad sexual.

Twin Temple

El combo encabezado por la cantante Alexandra James y el guitarrista Zachary James exprimió su apenas media hora de show con temas como la instrumental intro “In Lvx”, “Sex Magick” o la inverosímil versión en español de su último single, Let’s Have a Satanic Orgy”, que se traduce, claro, como “Tengamos una orgía satánica” y cuya letra sin filtros y generosamente explícita no pasó desapercibida para el personal.

Su concierto no solo fue impecable musicalmente hablando, con una ejecución fina y deslumbrante, sino que también fue inusitadamente visual, con la teatralización de sus protagonistas en primer plano. Como prueba, lo que aconteció en el final que, “Satan’s a Woman” y “I’m Wicked” mediante, llegó de la mano de la instrumental “In Nox”. En ella, los dos líderes del conjunto protagonizaron una suerte de ritual con un cáliz y una cruz invertida, que culminó con un sexual mordisco de él a ella en el cuello, todo mientras los vientos y la base rítmica se explayaban en una espiral a caballo entre el rock and roll, el jazz y el prog. No tardaremos en verlos como cabezas de cartel.

Uncle Acid & The Deadbeats

Los segundos en liza fueron los psicodélicos, poderosísimos y fenomenales Uncle Acid & The Deadbeats, que dejaron bien clarito que se trata de uno de los grupos en mejor estado de forma y con más proyección en terrenos del stoner, el doom y el retro-rock. Fueron dinamita pura en escena, y el disfrute que se adueña de su ser hasta parecer absolutamente abducidos por la electricidad cuando tocan sus instrumentos lograron contagiárselo a una audiencia que perdió por momentos la prisa en que llegase el momento de que tocara la banda protagonista de la velada. Todo a su tiempo; el camino que trazaron los grupos de apertura era para disfrutar con detenimiento y fascinación.

Lo del grupo inglés fue un chorreo de principio a fin, una oda al rock directo, con nervio, con enjundia, con contundencia y, por encima de todo, con entrega, actitud y dedicación. Abrieron fuego con la cadenciosa, densa y martilleante “Mt. Abraxas”, para después pisar el acelerador más en “Mindcrawler”. De broma saludaba el vocalista a los presentes presentando la banda y diciéndonos que estaban ahí para arruinarnos la noche, pero nada más lejos de la realidad: la mejoraron. A continuación, la exultante “Shockwave City”, un temazo tremendo, marcaba la única alusión a su último álbum, ‘Wasteland’, del que ya han pasado cuatro años. Va siendo hora, tío ácido, de ponerse las pilas también en estudio, ¿o qué?

Uncle Acid & The Deadbeats

Sin dejar de lado su absorbente gravedad, “13 Candles” hizo gala de un poso de rock and roll más clásico, como si a Status Quo le diéramos una cerilla y un bidón de gasolina, aunque su parte final nos trajo a la cabeza a Thin Lizzy con esas luminosas guitarras dobladas, perfectamente ejecutadas por unos músicos que lo viven mucho y que tienen las cervicales a prueba de bombas.

Más espesa y doom, aunque igualmente resultona, fue “Pusher Man”, tras la que tocó de nuevo darle al asunto un poco más de vidilla rítmica con “I’ll Cut Down”, cuyas líneas vocales portaban un indisimulado aire a Ozzy Osbourne. Y como de influencias iba la cosa, esbozaron el riff del “Paint it Black” de The Rolling Stones antes de dar paso a la definitiva “Melody Lane”, con la que cerraron por todo lo alto un conciertazo de primerísimo nivel exhibiéndonos su faceta más hardrockera.

Tobias Forge lo vive y nos lo hizo vivir - Ghost

Y llegó el momento. En un Palacio Vistalegre a rebosar a cuyos asistentes poco les importaba llegar tarde a casa un domingo por la noche y pasadas las diez y cinco, las luces se apagaban (y las escaleras de las gradas se convertían en un escenario propio de una gymkana multiaventura) para que se encendiera la emoción desbordante al son de los primeros compases de la misma intro que inaugura ‘Impera’, esa ‘Imperium’ sobrecogedora que anticipaba el delirio en el que desembocaría la gala de Ghost.

Tras el telón, se adivinaban las intimidantes siluetas de los Nameless Ghouls que prendían la mecha de “Kaisarion” con esas guitarras melódicas y excitantes que dan paso a un himno inefable. Una detonación pirotécnica coincidió con la caída del telón y ahí estaban esos misteriosos personajes en primer plano demostrando que, aunque sus identidades sean una incógnita, no lo es su soberbio nivel técnico. Pese a que toda la atención se posa sobre el genio creador del que ya es uno de los conceptos más impactantes de la historia del rock, los muchos músicos que lo acompañan tenían su generosa cuota de protagonismo escénico y en absoluto actuaban como meras comparsas del líder. Eso sí, cuando Tobias Forge entró en escena, aquello se vino abajo y la adrenalina se disparó como la Coca-cola con unas cuantas pastillas de Mentos.

El tema es perfecto para arrancar con toda la munición en los cargadores, un blitzkrieg musical de manual que nos apabullaba sin remisión, una aceleración de cero a cien digna del Lamborghini de un comisionista. Con el entusiasmo por las nubes, el movimiento de batería que sienta las bases de “Rats” hizo de aquello un hervidero. Eso es empezar a lo grande un concierto y lo demás son tonterías.

Un Nameless Ghoul en acción - Ghost

Con el bajista haciendo sonar con una distorsión digna de Motörhead su instrumento en el centro de la escena, acometieron después “From the Pinacle to the Pit”, primera alusión de la noche a aquel ‘Meliora’ que está grabado a fuego en la mente de los seguidores y seguidoras de la banda, hasta el punto de tener tanto protagonismo en el repertorio como ‘Prequelle’ y más incluso que ‘Impera’, que pese a ser su más reciente álbum y el que más alto ha llegado hasta la fecha todavía está ciertamente infrarrepresentado en estos primeros compases de la tanda europea del no en vano llamado ‘Imperatour’.

Atrás quedan los tiempos en los que Tobias Forge, poseído por su personaje, utilizaba ante la audiencia ese peculiar tono de voz propio de sus cambiantes personajes. Ahora la persona, el frontman, la estrella del rock prepondera sobre el personaje, y se dirige al público con naturalidad, efusividad y carisma. La timidez y la ocultación de su personalidad no casan ya con tamaña cuota de popularidad.

Ghost

Hizo Forge alusión a que los últimos dos años habían sido “una mierda”, pero por encima de todo estaba la celebración por todo lo alto del hecho de que “ahora estamos aquí”. Con el respetable en el bolsillo, nos volvieron locos echando mano de “Mary on a Cross”, tan irresistible, pegadiza y maravillosa como siempre, culminada por el propio vocalista cantando su mágico estribillo al ralentí y a capela ante un gentío totalmente entregado a la causa. El concierto empezaba a tomar cariz de apoteósico, y aún quedaba telita por cortar.

Un teclado casi eucarístico en medio de una oscuridad fantasmagórica dio paso a un largo momento en el que dos guitarristas emplazados a sendos extremos de la escena se retaban con solos mientras Tobias Forge hacía uno de sus diversos cambios de atuendo entre bambalinas. Se cocía así el comienzo de una sublime “Cirice”, inevitable para el fan de la línea dura de Ghost y definitoria en muchos sentidos del concepto musical que hizo de Ghost una banda diferente al margen de sus extravagancias estéticas.

No era ajeno Tobias Forge a que miles de personas se habían dado cita para rendirle pleitesía en un domingo, y bromeó varias veces con si se trataba “el típico domingo en Madrid”. Eso sí, nos instó a actuar como si se tratara de un viernes y nos preguntó si nos gustaba beber vino y cerveza o ir de fiesta en tal día. La fiesta la ponían ellos, desde luego, y aún más: se propusieron llevarnos a la mismísima luna. Y así fue: con “Hunters Moon” lograron que despegásemos los pies de la tierra y orbitásemos sobre el planeta en un éxtasis que solo es posible ante las canciones que marcan un antes y un después, ante los temas que portan el pedigrí de emblemáticos.

Primera avanzadilla de ‘Impera’, el corte es ya un clásico, y no se atreverán de cargárselo de sus repertorios jamás. La rúbrica sobre tan asertiva sentencia la puso la enfervorecida reacción de un público que se dejó la voz en una canción monumental que encadena fases inusitadamente efectivas en lo que Forge ha confesado que es una nítida influencia de los Def Leppard del ‘Hysteria’.

Las guitarras se afilaron aún más para arremeter con la poderosa “Faith”, que precedió a otra genialidad absoluta de ‘Impera’, esa “Spillways” excitante a más no poder cuyos teclados no rememoran a los tiempos de vino y rosas de Bon Jovi en los ochenta.

Otra charla desenfadada de un frontman en su salsa, feliz de vivir el sueño por el que peleó durante buena parte de sus 41 años de existencia, dio paso a la mucho más robusta y metalera “Ritual”, en la que destacó el juego de luces y que vino sucedida por otro momento de esparcimiento para los instrumentistas, entre los que, por cierto, había nada menos que dos teclistas. Escatimar ya no es una opción.

Ghost

Irrumpió entonces como un soplo de aire fresco “Call Me Little Sunshine”, otro de los nuevos clásicos del que jamás se desprenderán pasen los años que pasen. Más les vale. En directo es una delicia, una oportunidad perfecta para llevar al cénit la química entre banda y público, volcado, como cabía esperar, en la parte que repite con aires hímnicos a lo Queen aquello de “you will never walk alone, you can always reach me”. El tema es el paradigma del claroscuro, con un Tobias Forge ataviado con su traje de papa demoníaco mientras el mensaje de la letra es más bien luminoso. Una joya más de una corona que, por su peso, precisaría ya de andamiajes para poder vestirla sin desnucarse.

Un notable giro de ciento ochenta grados conducido sobre los raíles de la instrumental “Hellvetesfönser”, que no tocaron entera, vino a demostrar la sostenida polivalencia de Ghost y las diferentes aristas que han contribuido a atrapar en sus redes a un abanico de público cuando menos diverso llegó justo después. Si “Spillways” o la parte final de “Call Me Little Sunshine” son la viva imagen de su vertiente más liviana, accesible y digerible para el público rockero de toda condición, “Year Zero” representa la más avasalladora lugubridad, la oscuridad asfixiante, la adoración de las tinieblas en una sinfónica y aplastante liturgia diabólica a la que resulta imposible no rendirnos. Las abrumadoras llamaradas que se disparaban en la parte trasera del escenario no hicieron sino ensimismarnos más.

 

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Sumidos ya en esa montaña rusa por la que los cambios de tercio pasan de ser la excepción a convertirse en norma, la siguiente en encandilarnos fue “He Is”, un medio tiempo que tiene reservado un lugar privilegiado en el corazoncito de los acérrimos de Ghost. Fue la antesala de otro de los momentos de la noche, en el que, sobre un tupido colchón instrumental en el que saltaban como niños pequeños los músicos de la banda dado rienda suelta a su caudalosa habilidad interpretativa, básicamente el corte instrumental “Miasma” de su anterior trabajo, unos operarios transportaron al centro del escenario un ataúd del que salió un músico caracterizado de Papa Nihil que se marcó un solo de saxofón ante la incredulidad de los presentes.

Acto seguido, Tobias Forge se adueñó del escenario vistiendo un vistoso traje de lentejuelas que ya no se quitaría hasta el final del show, y se metió en el bolsillo al público antes de acometer “Mummy Dust”, una de las piezas más fornidas de la jornada, en la que uno de los Nameless Ghouls empuñó un keytar para el solo de teclado. Confieso que a estas alturas había ya perdido la cuenta de los músicos implicados en la ceremonia, pues mientras los focos se posaban sobre este intérprete, los otros dos teclistas permanecían en su posición. ¿Era el que tocó el saxo? ¿Otro? ¿Cuántos seres infernales futuristas de esos hay? Por lo menos, por Carabanchel no nos cruzamos con ninguno después.

Culminó el tema con un diluvio de confeti que dejó hecho unos zorros el escenario, pero no hubo problema, porque Tobias llamó a un operario de nombre Jesús que, con el típico tubo soplador de los barrenderos, lo adecentó en pocos segundos para que Ghost volviese a la carga con la que quedaba por sonar de este fantástico EP que es ‘Seven Inches of Satanic Panic’, “Kiss the Go-Goat”. Por algo hemos visto alusiones a Abba en algunos de los medios generalistas que, sorprendentemente y por fin (nos congratulamos por ello), han prestado la mínima atención a una banda que, sin que en sus burbujas mediáticas lo hubieran ni mentado, ha llegado a la cima también en nuestras latitudes. Modestia aparte, qué importantes son, somos, los canales especializados.

 

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Tobias Forge seguía a lo suyo, feliz, exultante, y no escatimaba en cachondeo, agradecimientos a los trabajadores aquel día ni adulaciones hacia el público, al que en un vacilón baile de cifras le anunció que quedaban tres temas más. El primero de ellos fue la versión de “Enter Sandman” de Metallica, anécdota de la gira y que tanto satisfizo a la propia banda de San Francisco cuando formó parte de aquella ‘Metallica Blacklist’.

Pero la cosa tenía que acabar en la cúspide con temas propios de una banda que quién sabe si el paso del tiempo situará al mismo nivel de leyenda. Es por ello que dos pesos pesados como son “Dance Macabre”, tal vez el detonante que propulsó su faceta más hardrockera sin ningún disimulo, y la no menos contagiosa “Square Hammer” terminaron por vaciar nuestros depósitos de energía en un domingo que no podíamos invertirla de mejor manera. Y aunque Tobias Forge, el querido líder, el brillante camarada del rock and roll, sea el único desenmascarado, se despidieron como lo que fueron durante toda la actuación, una banda en su máximo apogeo.

Jason Cenador
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