Dentro de este orden natural que ofrecen las Noches del Botánico de Madrid en mitad del caos urbano, allí donde no tiene cabida nada que suponga un minúsculo atisbo de basura, llegaban Garbage a imponer la suya propia, aquella que nos lleva cautivando desde hace ya más de tres décadas. Una banda que se alimenta de verdades que muchos prefieren enterrar, de ahí que las proclamas de Shirley Manson en favor del progreso o del colectivo LGTBIQ+ resonaran con una fuerza atronadora ante una audiencia que acogía su discurso con el sentimiento de encontrarse en el lado bueno de la historia.
El silencio del atardecer se rompía con el tema principal de ‘Twin Peaks’. Un pulpo en la gran pantalla nos sumergía en los secretos oscuros de una serie que marcó a esa generación que recibía con aplausos a la banda. Ellos correspondían con el estruendo de “There’s No Future in Optimism”, el manifiesto que abre su último trabajo, ‘Let All That We Imagine Be The Light’ (2025).

Ya lo contaban en ese inicio, el optimismo es una moneda que no va a comprar nuestra redención, pero poco a poco nos liberaban a través de temas como “Hold” o “Empty”, que consolidaban esa arquitectura de guitarras que sonaban a sintetizador, unas texturas que hacían casi imposible distinguir los sonidos; pero eso es algo que siempre ha caracterizado a los escoceses. Nada de guitarras limpias a no ser que sea imprescindible.
El repertorio retrocedía hacia sus cimientos con “I Think I’m Paranoid” y una “Stupid Girl” que rescató las voces de los que deseábamos revivir aquel momento en el que aparecía ese disco de plumas rosas que muchos nos compramos solo por ese tema, pero del que fuimos descubriendo su importancia mientras daba vueltas en nuestro reproductor. Un corte de cinismo y misterio, basado en el bajo repetitivo de “Train in Vain” de The Clash, que bordaba Nicole Fiorentino, exbajista de Smashing Pumpkins, banda directamente conectada con el batería Butch Vig, productor de aquellos maravillosos primeros años de los de Corgan, así como de uno de los discos más importantes de la historia, el ‘Nevermind’ de Nirvana.

Historia viva haciendo historia sobre las tablas de este sagrado festival que era testigo de esas pulsiones más viscerales del rock alternativo, dando volantazos entre lo nuevo y aquel primer single, “Vow”, que conserva esa furia primitiva rabiosa en la que las guitarras de Steve Marker y Duke Erickson fueron capaces de cortar el aire del lugar.
Aceleraciones y deceleraciones llegaban también con una cover fantástica de The Cure, “Lovesong”. Aunque yo sea un gran devoto de la original, esta tiene un toque que me cautiva, quizás por haber sabido respetar las reglas que marcó Robert Smith en aquel lejano 1989.

Antes de ese momento, Shirley nos había sumergido en su voz desnuda, su densidad más electrizante y la fuerza de saber que su sola presencia encendía una llama incandescente, acogiéndonos a una recta final que suponía una lección magistral de músculo con “Boys Wanna Fight” o “Cherry Lips (Go Baby Go!)”. Hay que reconocer que escuchar este tema en ese entorno es algo surrealista, pero estábamos ante un himno de supervivencia pop.
El trío final, “When I Grow Up”, “Push It” y “The Day I Met God”, fue otro torbellino discotequero, con una Manson que no tenía reparo en parar para hablar sobre la fuerza de las mujeres de su edad o agacharse a firmar gorras y discos a los que estaban sufriendo el bochorno estival en primera fila.

El cierre se antojó hasta corto con “Special” y el deseo de que una ligera lluvia refrescara el ambiente, y “Only Happy When It Rains”, algo que no sucedería, pero que animó la noche sobre este eterno festival abrazando la oscuridad como la única forma de honestidad posible, tal y como reza la canción.
Tres décadas encapsuladas en una hora y media en la que Garbage nos mostró que han aprendido a bailar sobre un pasado que nos sigue afectando (quiero pensar que de manera positiva). Al mirar al espejo siempre quiero ver a ese yo al que los escoceses le parecían de otro mundo. Puede que también sea hoy.
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