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Crónica de Eric Clapton + Andy Fairweather Low and The Lowriders en Madrid: Clapton acrecienta su leyenda y homenajea a los grandes del blues

Para ser conscientes de la relevancia y trascendencia de la figura de Eric Patrick Clapton, debemos hacer un pequeño repaso a su biografía y sus logros conseguidos. Estamos ante un músico que cimentó su carrera tras pasar por grupos fundamentales en la historia del rock como fueron: The Yardbirds, John Mayall & the Bluesbreakers, Cream, Blind Faith y Derek and the Dominos, antes de consolidar su fructífera andadura en solitario.

Respecto a sus galardones, es miembro del Salón de la Fama del Rock Roll por partida triple: como miembro de The Yardbirds, de Cream y como solista, además de haber obtenido el premio Grammy a la carrera artística. Siempre se ha situado en los primeros puestos de las listas de los guitarristas más grandes de todos los tiempos, obteniendo además unas ventas de más de 280 millones de discos durante su dilatada trayectoria.

Para calentar el concierto, y ante un cuarto del aforo que luego se completaría en su totalidad, salía con algo de retraso respecto al horario anunciado el guitarrista galés Andy Fairweather Low and the Lowriders. Pudimos verle cuando giró con Roger Waters, además de hacerlo también con Eric Clapton y con Bill Wyman‘s Rhythm Kings.

Cumplió a la perfección su cometido de entretener y hacer amena la espera. Durante sus treinta y cinco minutos de actuación, tiró de clásicos del blues, soul y swing, destacando el medley que hizo con “Tequila” de The Champs, “Peter Gunn” de Henry Mancini y “Apache” de The Shadows, recibiendo una gran ovación desde las primeras filas.

Eric Clapton

La puesta en escena fue bastante austera, con tres enormes pantallas en la parte posterior, una pequeña alfombra y unos juegos de lámparas que bajaban del techo. El músico británico, que vestía traje y camisa blanca, salió un par de minutos antes de las nueve de la noche, volviendo a pisar la capital madrileña tras hacerlo por última vez hace un cuarto de siglo, durante dos noches consecutivas dentro de su Reptile World Tour, en el antiguo Palacio de los Deportes, unos pocos meses antes de su devastador incendio. Todavía recordamos con claridad su brillante despedida con la estremecedora “Over the Rainbow”.

Todo el foso aparecía despejado, tras ser denegado a los fotógrafos la oportunidad de inmortalizar con sus cámaras su posible último paso por esta ciudad. Coincidimos con varios de ellos en la zona de prensa, y nos mostraron su malestar por no poder tomar imágenes del artista, algo no muy frecuente, pero que ocurre con algunos músicos.

Para abrir el show, elegían “Badge”, una canción del disco ‘Goodbye’ de Cream, que Clapton compuso junto a George Harrison en su época veinteañera y que contiene un riff en el puente con uno de los sonidos más emblemáticos de este power trío.

Tiempo después para “Key to the Highway”, un clásico blues de carretera al que han recurrido muchos artistas del blues, que grabó Charlie Segar en 1940, pasando después por un adictivo “I’m Your Hoochie Coochie Man”, que compuso Willie Dixon y grabó Muddy Waters, el padre del Chicago Blues y una de las máximas inspiraciones para la escena del blues británico, como ha reconocido el propio Clapton.

La canción de Bob Marley “I Shot the Sheriff” la llevaron muy bien a su terreno desde que se grabara en 1974 en su álbum ‘461 Ocean Boulevard’, funcionando muy bien en directo y consiguiendo conectar plenamente con el público.

Los músicos que le acompañaban eran el guitarrista zurdo Doyle Bramhall II, Nathan East al bajo, Chris Stainton a los teclados, Tim Carmon al Hammond, Sonny Emory a la batería y Katie Kissoon y Sharon White a los coros. Todos unos virtuosos y excelentes intérpretes, que tuvieron su momento para el lucimiento personal.

 

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Clapton, con su voz rasgada y sus fraseos de guitarra característicos, desprendía a través de su Fender Stratocaster ese feeling que solo está a la altura de los elegidos. Desde que a mediados de los sesenta Giorgio Gomelsky, el manager de Yarbirds, le llamara “mano lenta” por esos aplausos lentos que el público hacía cuando rompía una cuerda y tenía que cambiarla en el escenario, ese apodo quedó instalado como su alias artístico.

Y llegó el momento del set acústico, sentándose Clapton en solitario y cambiando la Fender por una Martin, se enfrentó a “Kind Hearted Woman Blues”, que era la primera referencia a Robert Johnson de la noche.

Los músicos se fueron incorporando para acompañarle en “Nobody Knows You When You’re Down and Out”, una canción escrita por Jimmy Cox, con unas líricas que tratan de los efectos nocivos de la fama y el dinero. Tras “Golden Ring”, y en medio de un pequeño solo de Clapton, desde las gradas se escuchó a un espontáneo gritando: “¡Ole tus huevos!”, sin que ello desconcentrara al guitarrista ni al resto de músicos.

 

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Se nos hizo un tanto extraña la interpretación en acústico de su gran éxito “Layla”, de cuando militaba en Derek and the Dominos, ya que esa melodía de guitarra sin la electricidad pasa a otro plano, aunque no deja de ser una pieza maestra, se toque en el formato que sea. Los solos de piano y contrabajo realzaron esta canción, que recibió una de las grandes ovaciones de la noche.

Otro de los momentos cumbres llegó con esa bellísima y desgarradora canción que es “Tears In Heaven”, que cualquier seguidor de Clapton sabe que surgió de la trágica muerte de su hijo Conor, de 4 años, tras caer desde el piso 53 en un rascacielos de Manhattan.

Volvieron a enchufar las guitarras con “Holy Mother”, una canción que surgió como una luz al final del túnel, en una etapa autodestructiva de Clapton, tras regresar al hotel después de ver en el cine “Purple Rain”, el debut cinematográfico de Prince.

 

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Su devoción por el Rey del Delta Blues, Robert Johnson, del que llegó a grabar un disco en 2004, ‘Me and Mr. Johnson’, quedó manifiestamente expuesta cuando llegó la mítica “Cross Road Blues” y continuó con un blues lento como “Little Queen of Spades”, donde se sucedían los distintos solos, creando esa conexión y complicidad entre los músicos que el público supo agradecer con aplausos.

Después de unos pequeños escarceos con la guitarra, llegaban esos acordes tan reconocibles de “Cocaine”, la canción que compuso el músico estadounidense J.J. Cale, uno de los fundadores del sonido Tulsa, cuya letra jugaba con la ambigüedad sobre el consumo de drogas, llegando a estar fuera de su repertorio cuando Clapton se rehabilitó de sus adicciones.

 

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Cuando todos los músicos se retiraban para hacer un pequeño descanso previo al bis que realizan en esta gira, “Before You Accuse Me”, un seguidor desde las primeras filas tuvo la “feliz” idea de lanzar un vinilo que impactó en el pecho de Clapton, ante su sorpresa y gesto de contrariedad.

Apenas un minuto después, las luces del Palacio de los Deportes se encendieron, los técnicos y pipas subieron al escenario para recoger todo, y esto significaba que el concierto había finalizado tras una hora y veinte minutos de actuación. Una especie de “coitus interruptus” que se reflejaba en la cara de asombro e incredulidad de un público que, en su mayoría, no sabía por qué nos habíamos quedado sin la propina.

A pesar de este sabor agridulce final, Eric Clapton, a sus 81 años y con sus limitaciones físicas, sigue siendo el Dios de la guitarra. Un músico que dejará una profunda huella el día que nos falte y que ha sabido construir una sólida y meritoria carrera musical con su capacidad para expresar sentimientos puros a través de las seis cuerdas.

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