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Crónicas

David Byrne + María Rodés: Dando lecciones

«Un gesto necesario de un artista necesario, que abraza el riesgo y, a lo largo de su extensa trayectoria, siempre ha sabido reflejar el valor de la diferencia»

10 julio 2018

Real Jardín Botánico Alfonso XIII, Madrid

Texto y fotos: Sergio Julián (@sergio42)

Hay veces que terminas un concierto con una sensación de euforia aplastante. No solo me refiero a esos ritmos, coros o melodías que sigues llevando de regreso a casa, sino a la convicción de que aquello que has vivido trasciende la propia música. Son palabras mayores, lo sé, y por eso cuando ayer terminó el concierto de David Byrne en el ciclo Noches del Botánico decidí darme un descanso físico y emocional antes de tratar de plasmar en palabras lo vivido.

Pues bien, me he despertado y ahí sigue cristalino el recuerdo de uno de los mejores conciertos del año, en el que teatro, danza, arte visual y música arrebataron nuestros sentidos durante unos 110 minutos cargados de intensidad.

María Rodés

Antes, cerca de las nueve de la noche, María Rodés ofreció un bonito recital, con interesantes guiños a lo Devendra Banhart cuando introducía elementos de baile a su propuesta principalmente intimista y de raíces. Se vio acompaña de Juliane Heinemann (guitarrista), Pep Terricabras (batería), Baldo (teclista), quien endulzó sus composiciones con un delicado teclado eléctrico a la vez que se encargaba del bajo en otras pistas; y Santi Careta (guitarrista), más centrado en ambientes y en texturas que en llevar el peso melódico de las canciones.

Cautivó desde los primeros compases de su actuación con su reinterpretación de “El día que nací yo”, en la que la guitarra eléctrica rozaba el sonido de sitar entre cadencias flamencas. Destacaron “Luciérnaga en el suelo”,  “Pléyades” y la copla “Con las manos vacías” del disco ‘Maria canta copla’, que le permitió ser invitada de David Byrne en la edición 2014 del Meltdown Festival. Tras lanzarse a cantar “Pena, penita, pena” en solitario junto a su guitarra acústica, terminó con “Chocará conmigo” y un aviso: “Disfrutad del concierto, es la hostia, yo he visto las pruebas y os va a encantar”.

Mientras se producía el cambio de backline, o más bien, la retirada del de Rodés y la preparación de la escenografía, consistente en una caja fabricada a base de largas cortinas metálicas, el sonido de pájaros que sonaba por la PA se transformó en tormenta. La gente recargaba fuerzas con sus cervezas, aunque estoy seguro que alguno que otro mantuvo el gaznate seco hasta llegar a casa: 4€ por una cerveza doble de Alhambra puede estar justificado viendo el panorama que tenemos por la capital, pero… ¿una botellita de agua puede costar 2€ cuando no se permite la entrada desde fuera? Es para pensárselo. Sin duda, esa es la única nota negativa para una organización de 10, que ha sabido exprimir al máximo un recinto para crear una experiencia bonita, cómoda y sin agobios. Todo un oasis, y más cuando últimamente en otros recintos de la capital vemos con los aforos límites siguen oscilando, volviendo a niveles previos a la tragedia del Madrid Arena. Pero lo nuestro es jugar con fuego, ¿no?

Cuando me quise dar cuenta, ya estaba todo preparado. Una silla acompañaba a una mesa y una especie de cerebro de plástico en el centro del escenario. Las cortinas habían bajado, al contrario que la expectación por el bolo, capaz de reunir a un heterogéneo público dominado por personas de una edad ya avanzada, incluyendo a unos abueletes jubilados que rememoraban entre tema y tema a ver el haber visto a David Byrne con los Talking Heads en el pasado. Y es que su legado es largo y su huella en el arte, indeleble. Con su proyecto principal ya se encargó de manifestar su repulsa ante el rock vacío de la época, comenzando a crear un sonido sintético a base de guitarras limpias, bases reiterativas y una lírica con mensajes nítidos dentro de su sencillez. Actuaban en el extinto club CBGB con una única norma: las luces tenían que ser blancas, sin ningún efecto, cuando subieran y tendrían que apagarse cuando se abandonaran. Entre tanto, la exploración marcó a su líder, nuestro protagonista, quién viajó por los cinco continentes recogiendo experiencias, sonidos (especialmente notables en el fantástico ‘Speaking in Tongues’) y el entendimiento del directo como una representación, para la cual la influencia japonesa fue determinante para el impactante directo del 84 ‘Stop Making Sense’.

David Byrne

Todo es un legado que continúa presente. Pervive, pero desde una elegancia notoria, una solvencia sonora soñada desde aquellos lejanos ochenta . Todo se manifiesta en el directo de ‘American Utopia’, según él, es su montaje más ambicioso en décadas. Todas las expectativas se confirmaron cuando “Here” hizo acto de presencia con Byrne ataviado con la misma chaqueta gris que el resto de sus músicos. Se lanzó en solitario al escenario, demostrando su hipnótica presencia escénica y su gran estado de forma. Cantaba, como quien recita, mirando al cerebro, creando ángulos y movimientos con sus dos coristas (y excelentes bailarines, por cierto). Entre tanto, las paredes de esta peculiaridad caja se erigían para quedarse en esta posición el resto del show. “Lazy” de su ‘Grown Backwards’ (2004) reflejó que la voz y los coros iban a tener un papel fundamental en su directo, declaración que quedó subrayada cuando le siguió “I Zimbra” del ‘Fear of Music’ (1979), el tema más antiguo rescatado de Talking Heads, olvidando ’77’ y ‘More Songs About Buildings and Food’. Sobre el escenario, hasta un total de 11 músicos con la percusión como la gran protagonista (6). Todos ellos, junto a los coristas, guitarrista, bajista y teclista, participaban en el espectáculo sin cables ni restricciones, moviéndose a lo largo del escenario y escenificando los diferentes temas acompañados de un juego de luces cargado de ingenio.

Los “gracias” en español de Byrne se intercambian con la adictiva “Slippery People” o “I Should Watch TV”, posiblemente la mejor canción de su proyecto conjunto con St. Vincent que ya fue presentado en el Circo Price de la capital en 2013. Los músicos, en formación, arrinconan a Byrne en una de estas frágiles paredes, en las que se vislumbra con una luz lo que sería el brillo del televisor. Bravo. La tontorrona y dramática “Dog’s Mind” enlaza con la bailable “Everybody’s Coming to my Place”, con solo de guitarra incluido. Ambas pertenecen a su último disco de estudio en solitario ‘American Utopia’, con una buena representación e integración en el show. Sorprende comprobar cómo existe una línea trazada, coherente, entre este último corte y las siguientes que sonaron: “This Must Be The Place (Naive Melody)”, versionada y exprimida en la creación artística por grupos contemporáneos como Arcade Fire; y la siempre fantástica “Once In A Lifetime”, una de las obras cumbres de los neoyorquinos que presentó a un tambaleante Byrne en los fragmentos spoken word. La mezcla entre lo sintético y lo melódico brilló en “I Dance Like This”, y “Bullet” creó un momento mágico por su puesta en escena: los focos se apagaron y una única luz cálida sostenida en mitad del escenario por Byrne iluminaba las paredes. Finalmente, la bombilla se marcha del escenario caminando sola, supongo que llevada por alguna especie de imán.

Las sombras frontales de “Like Humans Do”, “Blind” y la brutal “Burning Down The House” condujeron a los dos bises: el primero fue protagonizado por “Dancing Together” y “The Great Curve”, canción que vino seguida de una de las ovaciones más largas que he visto recientemente. En el segundo actualizaron “Hell You Talmbout”, composición de la fantástica Janelle Monae junto al colectivo Wondalan en el que se enumeran personas asesinadas por la violencia racial. Aunque David Byrne comenzó conduciendo el tema acompañado únicamente de percusión, terminó cediendo el protagonismo a mujeres y personas de color de su elenco: un gesto necesario de un artista necesario, que abraza el riesgo y, a lo largo de su extensa trayectoria, siempre ha sabido reflejar el valor de la diferencia. Necesitamos más seres humanos como él, aunque en ocasiones parezca de otro mundo.

Sergio Julián Gómez
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Redactor at Mariskal Rock & La Heavy
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